Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (53)

Capítulo vigésimo sexto: Los que se juntan sin permiso con los excomulgados

Si algún hermano se atreve, sin orden del abad, a tomar contacto de cualquier modo con un hermano excomulgado, a hablar con él o a enviarle un mensaje, incurra en la misma pena de la excomunión (Capítulo 26, versículos 1-2).

Del único capítulo del Maestro sobre la suerte de los excomulgados, Benito había extraído dos. He aquí un tercero, singularmente breve, que resume un parágrafo tres veces más largo de la otra Regla (RM 13,54-59). La única innovación de Benito es la cláusula: “Sin autorización del abad”, que reserva el caso a los hermanos enviados al excomulgado para incitarlo al arrepentimiento (RB 27,2).

Como en anatema del Antiguo Testamento, la excomunión se propaga por contagio: entrar en contacto con aquel que la ha recibido, es envolverse en la misma pena. Pero no se trata de una ley ciega. Obvias razones imponen esta severidad. Como lo explicaba ya Casiano (Instituciones, 2,16), romper el aislamiento del excomulgado, es hacer su pena ineficaz y hacer fracasar el esfuerzo emprendido por salvarlo. El discernimiento debe iluminar el amor. La verdadera caridad no consiste en sacar al desgraciado de su soledad, sino en dejarlo allí.

 

Capítulo vigésimo séptimo: Con qué solicitud debe el abad cuidar de los excomulgados

Cuide el abad con la mayor solicitud de los hermanos culpables, porque “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos”. Por eso debe usar todos los recursos, como un sabio médico. Envíe, pues, “sempectas”, esto es, hermanos ancianos prudentes que, como en secreto, consuelen al hermano vacilante, lo animen para que haga una humilde satisfacción, y lo consuelen “para que no sea abatido por una excesiva tristeza”, sino que, como dice el Apóstol, “experimente una mayor caridad”; y todos oren por él.

Debe, pues, el abad extremar la solicitud y procurar con toda sagacidad e industria no perder ninguna de las ovejas confiadas a él. Sepa, en efecto, que ha recibido el cuidado de almas enfermas, no el dominio tiránico sobre las sanas, y tema lo que Dios dice en la amenaza del Profeta: “Tomaban lo que veían gordo y desechaban lo flaco”. Imite el ejemplo de piedad del buen Pastor, que dejó noventa y nueve ovejas en los montes, y se fue a buscar una que se había perdido. Y tanto se compadeció de su flaqueza, que se dignó cargarla sobre sus sagrados hombros y volverla así al rebaño (Capítulo 27, versículos 1-9).

En el Maestro, el excomulgado debía implorar perdón al abad, recordándole el ejemplo de Cristo, médico venido no para los sanos sino para los enfermos (Mt 9,12), y buen pastor (Jn 10,11), que deja su rebaño en la montaña para buscar la oveja perdida (Mt 18,12; cf. Lc 15,4). Al igual que Cristo, el pastor del monasterio debe cargar con el extraviado a sus espaldas (Lc 15,5).

Este llamado al abad, que el Maestro encarga al excomulgado (RM 14,1-19), Benito lo al abad dirige en nombre de la Regla misma. No se trata, como en la otra legislación, de obtener que el superior perdone al culpable y lo reintegre a la comunidad con una emotiva ceremonia de reconciliación. Lo que Benito pide al abad, es imitar a Cristo, haciendo todo el esfuerzo posible para convertir al pecador. En el Maestro, se daba por supuesto el arrepentimiento de aquel. Benito, en cambio, tiene presente el caso contrario: el de un hermano que no quiere ceder, o al menos “duda” en hacerlo.

Por lo tanto, en este capítulo, uno de los más notables de la Regla, aparecen una situación y una pastoral nuevas. Se percibe aquí el realismo de Benito y su amor por los pecadores. La experiencia le enseña que muchos excomulgados tardan en arrepentirse. En lugar de echarlos al cabo de tres días, como incorregibles, a la manera del Maestro (RM 13,68-73), se toma en serio el curarlos.

He aquí, por tanto, al abad convertido en médico. El tratamiento que se le prescribe aplicar, dejándose entrever ya en el capítulo precedente, es enviar al recalcitrante, hermanos capaces de doblegarlo con buenos consejos. Estos hermanos ancianos y sabios son llamados senpectas, término cuyo sentido no es seguro. Algunos ven en él un término médico (“cataplasmas de mostaza”, “apósitos”). Más probablemente se trate de un término griego que significa “que juega con[1]” (sympaictes): sin mencionar la misión que ellos han recibido del superior, estos socios[2] vienen “como en secreto”, al modo de consoladores, y deslizan sus consejos de sumisión sin parecerlo. Entrando así en el juego del abad, consiguen que el obstinado se humille y de satisfacción. Las Vidas de san Pacomio relatan que Teodoro, su discípulo jugó el rol de mediador entre el superior y un hermano frecuentemente sancionado que quería partir (Vida copta, 62; Primera vida griega, 66).

Estos hermanos solidarios, son calificados de “ancianos” y de “sabios” (seniores sapientes) a causa de la asonancia de estos términos con senpectas. En cuanto a su tarea de brindar consuelo, es sugerida a Benito por san Pablo, que no quería que los pecadores de Corinto fuesen abrumados por la tristeza y pedía para ellos un redoblamiento de la caridad (2 Co 2,7-8). La “oración de todos por él”, que Benito agrega aquí, anuncia lo que será prescrito en el capítulo siguiente.

Dos imágenes se presentan en el último parágrafo: la del alma enferma y la oveja perdida. Pero la primera, que recuerda el inicio del capítulo, está mucho menos desarrollada que la segunda. Las figuras pastorales de los evangelios, son introducidas por un pasaje del Antiguo Testamento, citado de forma extremamente libre (Ez 34,3-4). A las malas ovejas de Israel que censuraba Ezequiel, se opone el Buen Pastor de la Nueva Alianza, anunciado por el mismo profeta: en la persona de Cristo, Dios mismo ha venido a apacentar a su pueblo.

El abad debe hacerse instrumento de ese misterio de salvación. Para él como para Cristo, cargar la oveja sobre sus espaldas no es una imagen, se requiere de él “compartir la miseria” del extraviado para imitar a Cristo (Hch 4,15). Esta bella exhortación recuerda y completa el directorio del abad, donde Benito insistía ya sobre el cuidado de las almas, en particular de las que carecen de flexibilidad e inteligencia. El monasterio no es un círculo selecto de hombres de élite, sino una enfermería donde Dios se inclina con amor sobre los heridos.

 


[1] Jugar en el sentido de desempeñar una determinada función (N.d.T.).

[2] Lit.: compadres (N.d.T.).