Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (54)

Capítulo vigésimo octavo: De los que muchas veces corregidos no se enmiendan

Al hermano que, a pesar de ser corregido frecuentemente por una falta, y aun excomulgado, no se enmienda, aplíquesele una corrección más severa, esto es, castígueselo con azotes. Pero si ni aun así se corrige, o tal vez, lo que ojalá no suceda, se llena de soberbia y pretende defender su conducta, el abad obre como un sabio médico: si ya aplicó los fomentos y los ungüentos de las exhortaciones, los medicamentos de las divinas Escrituras y, por último, el cauterio de la excomunión y las heridas de los azotes, y ve que no puede nada con su industria, aplique también lo que es más eficaz, esto es, su oración y la de todos los hermanos por aquel, para que el Señor, que todo lo puede, sane al hermano enfermo.

Mas si no sana ni con este medio, use ya entonces el abad del hierro de la amputación, como dice el Apóstol: “Arranquen al malo de entre ustedes”. Y en otro lugar: “El infiel, si se va que se vaya”, no sea que una oveja enferma contagie todo el rebaño (Capítulo 28, versículos 1-8).

Prosigue la historia del pecador. El caso considerado aquí es el de la reincidencia: después de la excomunión, el culpable recae en su falta. Queriendo, obstinadamente, salvarlo, Benito le propone dos nuevos medios de salvación: los golpes y la oración común. Después de estos no queda más que la expulsión.

No prevista por el Maestro, esta hipótesis de la reincidencia es para Benito una nueva ocasión de mostrar su amor por las almas. En la otra Regla, los golpes eran una pena vindicativa, precedente a la expulsión. En la suya, se convierten en una pena medicinal, con la cual se espera salvar al enfermo. Lo mismo ocurre con la expulsión. El Maestro la presentaba como un castigo por el orgullo. Benito la convierte en un remedio, si no para la oveja enferma, al menos para el rebaño que corre el riesgo de contaminarse (cf. Mt 5,30).

De las dos metáforas del capítulo precedente -el hombre enfermo y la oveja extraviada- la segunda aparece al final amalgamada con la primera en la imagen de la “oveja enferma”. El resto del capítulo es enteramente médico. Esta asimilación del cuidado de las almas a la medicina es cosa corriente, pero Benito parece recordar particularmente una página de Orígenes (Homilías sobre el libro de  Josué, 7,6). En cuanto al sustrato escriturístico, no se limita a las dos citas finales (1 Co 5,13; 7,15). En el versículo 2, lleno de soberbia, es también una expresión paulina (1 Tm 3,6), y la esperanza de “salvación” puesta en “el Señor que todo lo puede” (RB 28,5) hace pensar en una cita de Cristo (Mc 10,26-27: cf. Lc 1,36).

Confianza en la omnipotencia de Dios, persuasión de que la oración individual y colectiva, es un medio de obrar “más eficaz” que los otros: estos rasgos revelan el espíritu de fe que Benito muestra en otros pasajes. La “oración de todos los hermanos” ha sido ya requerida en favor del impenitente. Aquí viene en auxilio del que ha vuelto a caer. El Maestro no ignoraba esta forma de ayudar a los hermanos en dificultad, pero la prescribía en ocasiones diferentes: la reconciliación del penitente y los esfuerzos por aliviar al hermano tentado.

Si bien las dos citas escriturísticas del final del capítulo, vienen de la misma epístola y de los capítulos relacionados, se refieren a hechos distintos. “Eliminen el mal de entre ustedes” es en san Pablo una cita del Antiguo Testamento (Dt 13,5), que justifica, como en Benito, la exclusión de un gran pecador no arrepentido. La Regla ha usado muchas veces pasajes de las Cartas a los Corintios concernientes a este asunto. Estos textos son aplicados por Benito tanto para la excomunión como para la expulsión. La comunidad eclesial solo dispone de la primera de estas opciones. El monasterio, por la vida común intensa que allí se lleva, puede aplicar una y otra.

“Si el infiel se va, que se vaya”. Esta segunda cita del Apóstol no tiene nada que ver con el excomulgado de Corinto. Se trata del hombre o de la mujer no creyente que se separa del conjunto de los cristianos. Apuntando originalmente a la ausencia de fe en Cristo, el término “infiel” designa, en su aplicación monástica, la falta de fidelidad al llamado de Cristo. Fe y fidelidad: dos formas del mismo amor hacia la misma persona.