Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (57). ¡Feliz Pascua de la Resurrección del Señor!

Capítulo trigésimo primero: Cómo debe ser el mayordomo del monasterio (primera parte)

A continuación de la sección disciplinar, que se vincula con el capítulo de los decanos, Benito ubica, al igual que su antecesor, los directorios de los responsables de la despensa y las herramientas. A los ojos del Maestro, estos oficiales encargados de lo material estaban lejos de tener la misma dignidad que los jefes de decenas, asistentes del abad en la obra educativa que polarizaba la vida común. Para Benito, al contrario, los decanos parecen tener mucho menos importancia que el mayordomo. Al capítulo breve y sumario concerniente a los primeros, sucede aquí el tratado singularmente largo, insistente y rico de sustancia que regula la conducta del segundo.

Esta inversión de proporción se debe ante todo al interés nuevo que Benito otorga a las relaciones fraternas. Absorbido por sus preocupaciones de educador, el Maestro se interesaba casi únicamente, en el plano espiritual, en la acción jerárquica del abad, maestro de la escuela del Señor, y de sus repetidores-supervisores, los jefes de decenas. A diferencia de estos, el mayordomo era un hermano entre los otros, encargado de una tarea puramente material, aunque cargada de responsabilidad religiosa, en razón del origen divino de los alimentos a él confiados, de los cuales se contentaba con regular minuciosamente los detalles prácticos.

Para Benito, al contrario, este oficial juega un rol clave en un dominio apenas considerado por el Maestro, pero esencial a sus ojos: las relaciones fraternas. La importancia del mayordomo radica en que él controla la alimentación de los monjes, es decir sus necesidades primordiales de seres vivientes. Benito también ha hecho de él el prototipo del servidor de sus hermanos, así deben ser todos los miembros de la comunidad encargados de una función. El directorio que traza aquí para el mayordomo no es menos largo ni menos apremiante que el que compondrá al final de su Regla (RB 64,17-22) para el mismo abad. Ambos textos presentan además muchos rasgos en común.

Elíjase como mayordomo del monasterio a uno de la comunidad que sea sabio, maduro de costumbres, sobrio y frugal, que no sea ni altivo, ni agitado, ni propenso a injuriar, ni tardo, ni pródigo, sino temeroso de Dios, y que sea como un padre para toda la comunidad.

Tenga el cuidado de todo. No haga nada sin orden del abad,  sino que cumpla todo lo que se le mande. No contriste a los hermanos. Si quizás algún hermano pide algo sin razón, no lo entristezca con su desprecio, sino niéguele razonablemente y con humildad lo que aquél pide indebidamente.

Mire por su alma, acordándose siempre de aquello del Apóstol: “Quien bien administra, se procura un buen puesto”. Cuide con toda solicitud de los enfermos, niños, huéspedes y pobres, sabiendo que, sin duda, de todos éstos ha de dar cuenta en el día del juicio.

Mire todos los utensilios y bienes del monasterio como si fuesen vasos sagrados del altar. No trate nada con negligencia. No sea avaro ni pródigo, ni dilapide los bienes del monasterio. Obre en todo con mesura y según el mandato del abad (Capítulo 31, versículos 1-12).

El retrato del mayordomo comienza con una larga lista de cualidades que recuerda las descripciones del obispo y del diácono en las Cartas Pastorales. Ubicando la elección del mayordomo y las cualidades requeridas en el otro extremo del capítulo (RM 16,62-66), el Maestro se contenta con exigir que sea capaz de dominar sus apetitos, y no aprovecharse de su situación para concederse suplementos en los alimentos y bebidas. La misma preocupación está presente en dos de los epítetos de Benito (“sobrio, frugal”), pero el resto de la enumeración tiene otro tono.

Dos rasgos que se encontrarán en el retrato del abad (RB 64,9. 16), hacen pensar en modelos bíblicos: “No sea agitado” recuerda al Servidor del Señor según Isaías (Is 42,4); y la “sobriedad” era exigida por san Pablo (Tt 1,8). Análogo al portero por su “sabiduría” y “madurez” (RB 66,1), el mayordomo debe poseer muchas virtudes indispensables en una vida de relaciones, donde la altanería, la agitación, y las injurias son intolerables. La justa medida le hará evitar en sus distribuciones los excesos contrarios: la lentitud y la prodigalidad. Pero esta lista de tres cualidades positivas y seis negativas, vale sobre todo por su conclusión, que resume en una expresión muy querida para Benito, lo esencial de sus requerimientos: el temor de Dios.

Asimilando el mayordomo al abad, “sea como un padre para toda la comunidad”, lo hace parecer a un personaje del Antiguo Testamento en quien la liturgia de Adviento ve una figura de Cristo: Eliaquím, mayordomo del Templo (Is 22,20-21). Además, ¿no es como representante de Cristo que el abad, según el Maestro y Benito, es saludado con el título de padre? Igual que Cristo está presente en cada uno de nuestros hermanos indigentes, Él también está presente en cada uno de aquellos que atienden misericordiosamente las necesidades de los demás.

Con la obediencia al abad, que abre y cierra la serie de prescripciones siguientes, se debe ante todo poner de relieve en estas el sentido religioso que Benito reconocía a toda la actividad del mayordomo. En él, aplicando una cita de san Pablo referida a los diáconos (1 Tm 3,13), se insinúa ya el carácter sagrado de su tarea. Esta se afirma con toda claridad cuando, según una comparación ya presente en la Escritura (Za 14,20) y muy querida por la tradición monástica (Basilio, Casiano, la Regla de los Cuatro Padres), los modestos objetos que cada uno tiene en custodia son asimilados a los vasos sagrados del altar. Para el Maestro, también los alimentos confiados al mayordomo eran cosas “divinas”, porque eran dados por el Dios-Providencia a sus servidores, pero él no extendía esta consagración a todo el material de servicio como lo hace Benito.

Religiosa o sagrada, la función del mayordomo lo es sobre todo porque debe velar por la subsistencia de los “pequeños” -enfermos, huéspedes y pobres, a los cuales la Regla agrega los niños- sobre quienes Cristo dirá en el día del Juicio, que todo lo que les concierne le concierne a Él (Mt 25,31-46; cf. Mt 12,36). Ya el Maestro se refería al día del Juicio para inculcar en el mayordomo el sentido de su responsabilidad, pero apuntaba solo a la distribución de los alimentos, en la cual no debía existir fraude alguno. A esta responsabilidad por las cosas, Benito substituye la responsabilidad por las personas, por las cuales el mayordomo está en relación constante con Cristo.

Reencontraremos más adelante a estos “pequeños”. Mientras tanto, Benito se preocupa de otra categoría de desfavorecidos: los privados de razón. A estos el mayordomo no debe despreciarlos, sino responderles de forma razonable y humilde. Esta preocupación por no contristarlos anuncia la admirable conclusión del capítulo.

Igual que la lista de cualidades del comienzo, estas recomendaciones se terminan con una advertencia contra la prodigalidad y su opuesto, nombrado esta vez como avaricia. El sentido de la medida que hace buscar el justo medio, será también recomendado al abad, como veremos. Lo que el abad hace por la conducta de las almas, el mayordomo debe hacerlo por la gestión de las cosas, estando estas al servicio de aquellas y condicionando su progreso hacia Dios.