Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (58)

Capítulo trigésimo primero: Cómo debe ser el mayordomo del monasterio (segunda parte)

Ante todo tenga humildad, y al que no tiene qué darle, déle una respuesta amable, porque está escrito: “Más vale una palabra amable que la mejor dádiva”. Tenga bajo su cuidado todo lo que el abad le encargue, y no se entrometa en lo que aquél le prohíba. Proporcione a los hermanos el sustento establecido sin ninguna arrogancia ni dilación, para que no se escandalicen, acordándose de lo que merece, según la palabra divina, aquel que “escandaliza a alguno de los pequeños”.

Si la comunidad es numerosa, dénsele ayudantes, con cuya asistencia cumpla él mismo con buen ánimo el oficio que se le ha confiado.

Dense las cosas que se han de dar, y pídanse las que se han de pedir, en las horas que corresponde, para que nadie se perturbe ni aflija en la casa de Dios (Capítulo 31, versículos 13-19).

Decía Juan el Tesbita, un Padre del desierto de Egipto: “Un monje, ante todo, debe tener humildad”[1]. Benito, que cita dos veces expresamente los Apotegmas de los Padres, se acuerda de esta máxima. Para Juan, ella se basaba en las Bienaventuranzas de los “pobres en espíritu” (Mt 5,3), considerada el primer mandamiento de Cristo. De hecho, según la interpretación común de la Iglesia antigua, la pobreza espiritual beatificada por Jesús no es otra cosa que la humildad, y es con ella que comienza su enseñanza.

Humildemente, el mayordomo, debe responder con gentileza que no tiene nada para dar. Esta “respuesta amable” es preconizada por un texto sapiencial (Sb 18,17), que san Gregorio citará para exhortar a la humildad a aquellos que hacen limosna (Morales 21,29). Además de esta cita bíblica, Benito probablemente tiene en mente lo que san Agustín decía en su Explicación del salmo 103 (1,19): “Cuando no puedas dar a alguien lo que te pide, cuídate de mostrar desprecio. Si puedes dar, da. Si no puedes, muéstrate afable”. Estas palabras del gran doctor, estaban ya subyacentes en la recomendación hecha al mayordomo de no “despreciar” a los que piden inoportunamente. Los dos pasajes se complementan: uno y otro conciernen al rechazo necesario, ya sea porque el pedido no sea razonable o porque el objeto pedido no esté disponible. La influencia de Agustín, que se adivina aquí y allá, contribuirá paralelamente en el directorio del abad, a enriquecer la Regla de sugerencias con respecto a la forma de tratar al prójimo.

Como en esta frase vuelve sobre un punto ya tratado en la primera parte del capítulo, Benito repite también ahora que el mayordomo debe obrar en completa dependencia del abad. Y es incluso una cuasi repetición como el cuidado contra los modos altivos e irritantes. Más arriba, la Regla prohibía al mayordomo “contristar” a los hermanos; ahora ella prohíbe “irritarlos”, literalmente “escandalizarlos”, según el término usado en el Evangelio recordado aquí (Mt 18,6). Por otra parte, la expresión “sin arrogancia ni dilación” recuerda una frase de Agustín sobre la forma en que los clérigos deben tratar a los fieles que les piden ofrendas por los muertos (Epístola 22,6).

La invitación final a respetar los horarios, también hace pensar en una prescripción de Agustín, pero esta vez en su Regla para los monjes de Hipona (Preceptos 5,10). Pedir en el momento apropiado: Agustín lo recomendaba solo respecto de los libros, bajo el cuidado de un bibliotecario. Al repetirlo en el directorio del mayordomo, Benito da al principio una formulación tan general que parce aplicarse al conjunto de la vida comunitaria.

La ampliación es todavía más sensible en la admirable máxima que concluye el capítulo. “Para que nadie se perturbe ni aflija en la casa de Dios”. Se reconocen allí los ecos de la primera parte, donde se requería del mayordomo no ser causa de agitación (“agitado”) o de “tristeza” para los hermanos. A la preocupación que el legislador tenía por la paz de estos, agrega ahora la recíproca: el mayordomo también debe guardar la paz del alma, y hay que ayudarlo, procurándole auxiliares (el Maestro no lo tenía en cuenta), cuidando su tiempo. Alcanzamos aquí uno de los designios más firmes de Benito: unir entre sí a los miembros de la comunidad con relaciones mutuas de caridad. De esta forma, la casa de Dios -así termina el capítulo como terminaba la lista de cualidades del comienzo- será, a imagen de su misterioso Señor[2], solo paz y alegría.

 


[1] Vitae Patrum V,15,23.

[2] El texto francés dice: à l’image de son maître mystérieux (N.d.T.).