Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (59)

Capítulo trigésimo segundo: Las herramientas y objetos del monasterio

El abad confíe los bienes del monasterio, esto es, herramientas, vestidos y cualesquiera otras cosas, a hermanos de cuya vida y costumbres esté seguro, y asígneselas para su custodia y conservación, como él lo juzgue conveniente. De estos bienes tenga el abad un inventario, para saber lo que da y lo que recibe, cuando los hermanos se suceden en sus cargos. Si alguien trata las cosas del monasterio con sordidez o descuido, sea corregido, y si no se enmienda, sométaselo a la disciplina de la Regla (Capítulo 32, versículos 1-5).

Comparado con el fragmento del Maestro que resume (RM 17), este pequeño capítulo deja transparentar dos aspectos correlativos: ampliar el horizonte y subrayar el rol del abad. Concreto, detallado y pintoresco, el Maestro se ocupa de las herramientas, más precisamente de las del jardín, y luego pasa revista de todo el material, confiado a un único guardián. Había seis cofres diferentes, enumerados y etiquetados, a los cuales se agrega el material de refacción de calzado y de lencería, los productos artesanales terminados y los no acabados, las herramientas de los oficios, y finalmente y sobre todo el efectivo, cumpliendo el guardián la función de tesorero y pagador.

En lugar de esta enumeración minuciosa, Benito evoca en tres términos generales el conjunto del material, que él confía, no a un solo guardián sino a tantos hermanos como el abad juzgue necesario designar. Además del paso de los pequeños monasterios del Maestro a las grandes comunidades más numerosas de Benito, donde los oficios se multiplican, los cambios parecen ser causados por la voluntad de ver las cosas de más arriba. Sin entrar en tantos detalles, la Regla va a los principios generales. Este ascenso a un plano superior implica la acentuación del rol del abad, de allí en más libre de definir los cargos tanto como de designar a sus titulares. Una expresión subraya esta ampliación: “asignar” (consignare) y “recibir” ya no se refiere, como en el Maestro, al vaivén cotidiano de las herramientas del guardián y de los hermanos, sino a la transmisión más espaciada del material bajo el control del abad, cuando un responsable es reemplazado por su sucesor.

Guardar los bienes del monasterio es una tarea más relevante de lo que parece. Como la del mayordomo, participa del carácter sagrado de la casa de Dios. Las cualidades requeridas a los guardianes son las mismas son las mismas que las de los decanos: de “la vida y costumbres” de unos y de otros, el abad debe estar “seguro”.

La sanción final está en la línea generalizadora de lo que precede. El Maestro castigaba el hecho de devolver al guardián una herramienta sin limpiar. Benito sustituye ese delito particular por todo tipo de maltrato o negligencia. En cuanto a la corrección de la falta, se pasa también de un castigo específico .el culpable era denunciado en el refectorio por el guardián y privado de una fracción de pan- a un procedimiento general, formulado en términos abstractos. Encontraremos frecuentemente, y más de una vez, estas “sanciones de la Regla” (disciplina regularis) voluntariamente vagas. Por poco agradable que sea este lenguaje, recuerda que un orden comunitario no puede prescindir de una regla, ni la regla de sanciones, cualquiera sea la forma asumida por estas últimas y por aquella a través del tiempo.