LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (6)

Si queremos habitar en la morada de su reino, puesto que no se llega allí sino corriendo con obras buenas, preguntemos al Señor con el Profeta diciéndole: “Señor, ¿quién habitará en tu morada, o quién descansará en tu monte santo?”. Hecha esta pregunta, hermanos, oigamos al Señor que nos responde y nos muestra el camino de esta morada diciendo: «El que anda sin pecado y practica la justicia;  el que dice la verdad en su corazón y no tiene dolo en su lengua; el que no hizo mal a su prójimo ni admitió que se lo afrentara. El que apartó de la mirada de su corazón al maligno diablo tentador y a la misma tentación, y lo aniquiló, y tomó sus nacientes pensamientos y los estrelló contra Cristo. Estos son los que temen al Señor y no se engríen de su buena observancia, antes bien, juzgan que aún lo bueno que ellos tienen, no es obra suya sino del Señor, y engrandecen al Señor que obra en ellos, diciendo con el Profeta: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria”. Del mismo modo que el Apóstol Pablo, que tampoco se atribuía nada de su predicación, y decía: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Y otra vez el mismo: “El que se gloría, gloríese en el Señor”. Por eso dice también el Señor en el Evangelio: “Al que oye estas mis palabras y las practica, lo compararé con un hombre prudente que edificó su casa sobre piedra; vinieron los ríos, soplaron los vientos y embistieron contra aquella casa, pero no se cayó, porque estaba fundada sobre piedra”» (Prólogo, versículos 22-34).

Esta sección, consagrada al salmo 14 (15) es parecida a la precedente. Como el fragmento del salmo 33 (34) que acaba de ser citado, el pequeño Salmo reproducido aquí contiene una promesa de felicidad y un catálogo de buenas acciones, que evocan para un lector cristiano la bienaventuranza eterna y las exigencias del Evangelio. Como precedentemente también, la perícopa encierra una pregunta y una respuesta, que la Regla presenta bajo forma de diálogo. Como precedentemente, el texto sálmico es citado tal cual (Pról 25-27 = Sal 14,2-3), luego parafraseado (Pról 29-33; cf. Sal 14,4-5). A la manera del primero, este segundo comentario del salmo une al texto comentado otras citas o alusiones escriturísticas, y estas son ordenadas en una forma significativa, que hace pensar en la liturgia: al Antiguo testamento sucede san Pablo, y a este el Evangelio.

De nuevo, por lo tanto, la cristianización del Salterio es patente. Cristo es llamado por su nombre en la mitad del pasaje (Prol 28), antes de serlo por su título de Señor (Prol 33). Piedra, contra la que se estrellan los malos pensamientos, es también la piedra sobre la cual se construye el edificio espiritual del cristiano.

La primera frase es a la vez un nexo que liga las dos citas sálmicas y un resumen de la siguiente. Allí se ve claramente que “correr” significa “obrar bien”. Remarquemos que la pregunta inicial no es presentada esta vez por Dios, sino por el hombre. Y en cuanto a la respuesta divina, ella entra en más detalles que la del Salmo 33, con la cual tiene en común la condena del engaño.

Al igual que la simple cita, el texto parafraseado es también más largo que el del Salmo 33. A esta paráfrasis no le falta sutileza. El salmista decía del hombre justo: “Frente a él (literalmente: bajo su mirada) el malvado es reducido a nada”. Viendo en este malvado al “maligno”, es decir al diablo, el Maestro y Benito quieren que el monje lo “reduzca a nada”, arrojándolo lejos de las “miradas” de su corazón. Concretamente, se trata de las sugerencias malas de la tentación. “Dichoso el que agarre a tus pequeños y los estrelle contra las rocas” (Sal 136 [137],9): el objeto de esta terrible maldición ya no es Babilonia, sino Satán, que tiene por retoños los malos pensamientos. Siguiendo una interpretación corriente en los Padres, la piedra aquí es Cristo, como decía san Pablo (1 Co 10,4).

El Salmista dice luego que el justo “magnifica (magnificat) a los que temen a Dios”. Pero el Salterio del Maestro y de Benito, como el de su contemporáneo san Germán de París, tiene el verbo en plural (magnificant). Así, “los que temen al Señor lo magnifican”. Sobre la base de esta lección, el texto sálmico es entendido como un llamado a la humildad: el hombre que se conduce correctamente, atribuye a la gracia de Dios todo el bien que él hace, en la línea de una cita del “profeta” David (Sal 113 [114],9) y de otras dos del apóstol Pablo (1 Co 15,10; 2 Co 10,17). El reconocimiento de la gracia divina va aquí más lejos que al comienzo del Prólogo, donde se pedía solamente a Dios “perfeccionar” la obra buena que se emprendía (Prol 4). En el presente, todo el obrar humano está referido a su causa trascendente, porque obedecemos a Dios con “los dones que Él depositó en nosotros” (Prol 6).

Omitiendo tres frases del texto (Sal 14,4-5), que el Maestro reproduce sin comentario, Benito pasa a la conclusión.

Estos versículos omitidos hablan de los falsos juramentos, de los préstamos con usura, de la corrupción judicial, cosas que no se insertan normalmente en la vida del monje. En cambio, la afirmación final del salmo: “El que así obra no caerá jamás”, recuerda a todo oído cristiano la conclusión del Sermón de la Montaña (Mt 7,33-34), y es por eso que la Regla substituye estas palabras de Jesús a las del Salterio. El Maestro pasó explícitamente de unas a las otras. De forma elíptica y un poco oscura, Benito presenta el texto evangélico como la continuación del salmo comentado. Para los dos autores monásticos, en todo caso, está claro que el programa de vida trazado por el Salmista se identifica, por modesto que sea, con las más altas exigencias del Evangelio.