Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (60)

Capítulo trigésimo tercero: Si los monjes deben tener algo propio

En el monasterio se ha de cortar radicalmente este vicio. Que nadie se permita dar o recibir cosa alguna sin mandato del abad, ni tener en propiedad nada absolutamente, ni libro, ni tablillas, ni pluma, nada en absoluto, como a quienes no les es lícito disponer de su cuerpo ni seguir sus propios deseos. Todo lo necesario deben esperarlo del padre del monasterio, y no les está permitido tener nada que el abad no les haya dado o concedido. Y que “todas las cosas sean comunes a todos”, como está escrito, de modo que nadie piense o diga que algo es suyo. Si se sorprende a alguno que se complace en este pésimo vicio, amonésteselo una y otra vez, y si no se enmienda, sométaselo a la corrección (Capítulo 33, versículos 1-8).

En la línea de los capítulos precedentes, que presentaron a los responsables de los bienes del monasterio, Benito se va a preocupar en el presente capítulo y en el siguiente, del conjunto de los hermanos, en tanto que usuarios de esos bienes. El acaba de sancionar a todos los que tratan con negligencia a los objetos. Ahora se refiere a una falta relacionada: apropiarse de esos objetos.

Si bien el Maestro tiene un capítulo análogo mucho después (RM 82), lo que Benito dice aquí, tiene su raíz en la sección correspondiente de aquella Regla. Hacia el final del tratado sobre el mayordomo (RM 16,58-61), el Maestro había insertado, a propósito del material de la cocina, una nota precisando que estas cosas, y en general todo lo que se encuentra en el monasterio “pertenece a todos y a nadie”. Benito transforma este corto pasaje de su antecesor en un capítulo distinto, dos veces más largo. Teniendo en cuenta su costumbre de abreviar, este tratamiento insólito sugiere la importancia que él otorga a la desapropiación.

Todo esto es considerado por él de forma bien definida, como una consecuencia de la sujeción a un superior. Habiendo dado a Dios su cuerpo y su voluntad, el monje no puede disponer de objetos y ni siquiera de su propio ser. Esta lógica, que va de la persona a las cosas, hace derivar la pobreza de la obediencia. Volveremos a encontrarla en el capítulo de la profesión, donde Benito repetirá el razonamiento que hace aquí (RB 58,24-15). Basilio y el Maestro le habían dado los ejemplos.

En esta perspectiva, la relación del monje con el abad es determinante. La pobreza consiste, esencialmente, en no disponer nada sin permiso. Llamado dos veces por su nombre ordinario de abad, es designado otra vez por la expresión más rara “padre del monasterio”. Leyendo que se debe “pedir todo” a este “padre” se piensa en las incitaciones y promesas de Jesús (Lc 11,11; cf. 12,30). Representando a nuestro padre celestial, ¿el abad responderá con menos prontitud a los hijos que le piden lo necesario? Sea como fuere, el despojamiento del monje es abandono en las manos de Dios. Pedir, es como lo sugiere el verbo latino (sperare), un acto de esperanza.

La tradición cenobítica no siempre ha autorizado a los monjes a pedir. En la más antigua imagen de una comunidad que poseemos, Jerónimo señala que los cenobitas egipcios no pueden reclamar nada para sí mismos (Epístola 22,35); y un abad contemporáneo de Benito, el africano Fulgencio de Ruspe, también lo prohibía a los monjes de su monasterio de Cerdeña. Al permitirlo e incluso prescribirlo, Benito no dispensa a sus monjes de la bienaventurada necesidad de depender.

Cuando, al terminar, cita los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,32), Benito se aparta del Maestro y se acerca a Agustín, cuya influencia será patente en el capítulo siguiente. Esta cita bíblica reemplaza la “sentencia” final del Maestro: “El bien del monasterio es de todos y de nadie”. Equivalente por su sentido, agrega una referencia valiosa a la Iglesia primitiva de Jerusalén, donde la comunidad de bienes significaba la unidad de los corazones.