Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (61)

Capítulo trigésimo cuarto: Si todos deben recibir igualmente lo necesario

Está escrito: “Repartíase a cada uno de acuerdo a lo que necesitaba”. No decimos con esto que haya acepción de personas, no lo permita Dios, sino consideración de las flaquezas. Por eso, el que necesita menos, dé gracias a Dios y no se contriste; en cambio, el que necesita más, humíllese por su flaqueza y no se engría por la misericordia. Así todos los miembros estarán en paz.

Ante todo, que el mal de la murmuración no se manifieste por ningún motivo en ninguna palabra o gesto. Si alguno es sorprendido en esto, sométaselo a una sanción muy severa (Capítulo 34, versículos 1-7).

Complementario del precedente, este capítulo manifiesta el nuevo interés que Benito tiene por la forma en que los hermanos deben ser provistos de los objetos materiales. No hay nada en el Maestro que sugiera estas líneas. Estas son un agregado personal de Benito, bajo otra influencia: la de san Agustín.

La Regla agustiniana comienza con una serie de desarrollos, de los cuales Benito nos ofrece aquí la sustancia. De entrada, el obispo de Hipona pone frente a los hermanos el modelo de la Iglesia primitiva: un corazón y un alma, nada propio, todo en común (Hch 4,32); el alimento y la vestimenta son distribuidos no a todos por igual, sino a cada uno según sus necesidades (Hch 4,35). Esta repartición desigual, imitada de los Hechos de los Apóstoles, da lugar a una reflexión, donde Agustín, tomando en consideración el origen social de los hermanos, despliega su fineza psicológica y su sentido de los hombres: antiguos ricos y antiguos pobres son cada uno exhortados al despojamiento y la humildad; aceptando ser tratados de modo diferente, no por respeto a su situación pasada, sino a causa de las fuerzas y necesidades diferentes que aquella ha formado, deben vivir en la concordia y honrarse mutuamente (Praeceptum I,2-8).

Más adelante, con respecto a las comidas, Agustín retoma este análisis de las diferencias entre los monjes. Mejor tratados a causa de su debilidad, los hermanos de origen elevado no deben ser envidiados por los hermanos de condición modesta, a los cuales se les da menos porque son más robustos. Por otra parte, la enfermedad, la convalescencia, la recuperación de la salud crean situaciones distintas que interfieren con los efectos del origen social. Para concluir estas consideraciones muy matizadas, Agustín presenta una bella fórmula, inspirada en Séneca, donde lo mejor de la sabiduría pagana es puesto al servicio del monacato cristiano: la verdadera riqueza es contentarse con poco, porque “más vale tener menos necesidades que más cosas” (Praeceptum III,3-5).

Como se ve, san Benito avanza en la misma línea de Agustín. Igual que él, cita los dos fragmentos de los Hechos, uno al final del capítulo precedente (Hch 4,32), otro al comienzo de este (Hch 4,35). Sin hablar del pasado secular de los hermanos, apenas evocado por el rechazo de la “acepción de personas” (cf. RB 2,20), distingue igual que su antecesor, débiles de fuertes, los que tienen más necesidades y los que tienen menos. Estos últimos son invitados a la acción de gracias y alertados con respecto a la tristeza -un vicio del que san Benito es enemigo, como ya vimos en el capítulo del mayordomo-. De forma más explícita que en la otra Regla, los débiles mejor tratados, son a su vez, incitados a la humildad. La conclusión, que exhorta a todos los “miembros” a la paz, recuerda la del primer desarrollo de Agustín.

Análoga a la sanción final del capítulo precedente, -Benito tiene tanto horror a la murmuración como a la propiedad-, la nota final marca un retorno a los sujetos más robustos. Evidentemente, son estos hermanos menos favorecidos, los que están en riesgo de murmurar. Además de la condena de este “mal”, que será muchas veces repetida, el presente capítulo tiene más de una lección: la acción de gracias a la cual invita es, junto con la alegría y la oración, una de las constantes del alma del cristiano (1 Ts 4,18); querida tanto en la Regla como en los Evangelios, la humildad garantiza la paz; como el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad monástica se compone de “miembros” orgánicamente ligados; en fin, este resumen de Agustín, nos remite a la máxima final de este, verdadero opuesto de nuestra sociedad de consumo y verdad condensada de la filosofía del monacato: ¡feliz quien reduce sus necesidades!