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Capítulo trigésimo quinto: Los semaneros de cocina (1a parte)

Más allá de los dos pequeños capítulos nuevos sobre la desapropiación y la distribución de lo necesario, Benito retoma aquí la secuencia de temas del Maestro, donde el mayordomo y el encargado de las herramientas eran inmediatamente seguidos por los semaneros. Estos fueron objeto de ocho capítulos, que Benito condensa en uno solo. El sustituye los numerosos detalles en los que entraba su antecesor, por una presentación menos rica de prescripciones concretas, pero donde la significación del servicio es puesta en evidencia de forma totalmente nueva.

Sírvanse los hermanos unos a otros, de tal modo que nadie se dispense del trabajo de la cocina, a no ser por enfermedad o por estar ocupado en un asunto de mucha utilidad, porque de ahí se adquiere el premio de una caridad muy grande. Dese ayuda a los débiles, para que no hagan este trabajo con tristeza; y aun tengan todos ayudantes según el estado de la comunidad y la situación del lugar. Si la comunidad es numerosa, el mayordomo sea dispensado de la cocina, como también los que, como ya dijimos, están ocupados en cosas de mayor utilidad. Los demás sírvanse unos a otros con caridad.

El que termina el servicio semanal, haga limpieza el sábado. Laven las toallas con las que los hermanos se secan las manos y los pies. Tanto el que sale como el que entra, laven los pies a todos. Devuelva al mayordomo los utensilios de su ministerio limpios y sanos, y el mayordomo, a su vez, entréguelos al que entra, para saber lo que da y lo que recibe (Capítulo 35, versículos 1-11).

El principio del servicio mutuo en forma rotativa, se remonta a los orígenes del cenobitismo. La rotación semanal aparece ya en la Regla de Pacomio, y Jerónimo en su famosa descripción de los monjes de Egipto (Epístola 22,35,4), señala que cada uno a su vez sirve la mesa durante una semana. A través de Casiano y el Maestro, Benito hereda, por lo tanto, una costumbre tradicional que se extiende de Egipto hacia Oriente y Occidente.

El objeto de su instauración es aquí expuesto de entrada: procurar a todos el mérito incomparable de la caridad. El amor nos pone al servicio de aquel a quien amamos. “Sírvanse mutuamente por amor” decía san Pablo (Ga 5,13). La grandeza del cristiano es servir, porque es la señal de Cristo (Mt 20,26-28; Lc 22,26-27). Al hablar de la “recompensa” adquirida, Benito hace pensar en el “vaso de agua fresca dado a uno de estos pequeños” (Mt 10,42) y la escena del juicio que cierra la enseñanza de Jesús (Mt 25,40).

En torno de este gran principio extraído de la Escritura, dos cuestiones prácticas son reguladas en el primer parágrafo: las dispensas y las ayudas. Al hablar de los motivos de dispensa -enfermedad, necesidad, ocupación de utilidad común-, Benito se expresa a la manera de san Cesáreo en sus Sermones. Pero, mientras que el obispo de Arles mencionaba esas excepciones, a propósito de la asistencia a los oficios de Cuaresma y de la Semana Santa (Sermones 196,2; 202,5), nuestra Regla de los monjes se refiere al servicio de la cocina: humilde tarea cotidiana, que no es menos benéfica y sagrada que las acciones litúrgicas más venerables.

En cuanto a la ayuda a los semaneros, Benito vuelve a lo que prescribió sobre el mayordomo. También en este capítulo hace pensar que el motivo invocado es: expulsar la tristeza.

Las tareas de fin de semana -limpieza y lavado de ropa, entrega de herramientas al mayordomo y al equipo siguiente- tienen por centro el lavado de los pies, cumplido tanto por los entrantes como por los salientes. Este rito es cotidiano en el Maestro, pero en Benito adquiere una solemnidad de ceremonia semanal, tal como lo cumplían los cenobitas orientales según Casiano. Este tuvo cuidado de indicar el modelo evangélico: el acto de Jesús en la última Cena (Jn 13,1-17). Signo del amor supremo de Cristo por los suyos, cierra con dignidad un servicio inspirado enteramente por la caridad.