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Capítulo trigésimo quinto: Los semaneros de cocina (2a parte)

Los semaneros recibirán una hora antes de la comida, un poco de vino y de pan sobre la porción que les corresponde, para que a la hora de la refección sirvan a sus hermanos sin murmuración y sin grave molestia, pero en las solemnidades esperen hasta el final de la comida.

Al terminar los Laudes del domingo, los semaneros que entran y los que salen, se pondrán de rodillas en el oratorio a los pies de todos, pidiendo que oren por ellos. El que termina su semana, diga este verso: “Bendito seas, Señor Dios, porque me has ayudado y consolado”. Dicho esto tres veces, el que sale recibirá la bendición. Luego seguirá el que entra diciendo: “Oh Dios, ven en mi ayuda, apresúrate, Señor, a socorrerme”. Todos repitan también esto tres veces, y luego de recibir la bendición, entre a servir (Capítulo 35, versículos 12-18).

Entre dos parágrafos concernientes al paso de una semana a la otra, Benito inserta una nota, concediendo un suplemento de comida a los servidores. Esto es una novedad en relación con el Maestro, esta concesión se encuentra en Cesáreo, que daba a las monjas de Arles una copa de vino puro. En cuanto a la motivación, donde resuena la bella expresión “servir a los hermanos”, ella viene de la Regla de san Agustín (Praeceptum V,9). A la “murmuración” mencionada por este, Benito agrega la “grave molestia”. Agustín se contentaba con exhortar a los responsables de los trabajos a servir sin murmurar. En la Regla benedictina, se toma una medida práctica para hacer el servicio menos penoso y ayudar a los hermanos a cumplirlo de buena gana.

“Comida única… días sin ayuno”[1]. Estas expresiones, que anuncian el horario de las comidas (RB  41), nos ponen por primera vez, en presencia de un hecho importante, que separa profundamente la vida conventual antigua de la nuestra: la existencia de verdaderos ayunos comunitarios, consistentes en comer solo una vez por día, a la tarde o a la noche. Hacer revivir esta observancia fundamental, tan practicable y beneficiosa hoy como entonces, es una de las necesidades urgentes del monacato actual.

Volviendo a los ritos de relevo, Benito describe mucho más sumariamente que el Maestro las bendiciones dadas a los servidores salientes y entrantes. En lugar de separarlos como su predecesor -unos en el refectorio el sábado a la tarde, los otros en el oratorio el domingo después de prima-, él los reúne en una sola ceremonia, ubicada en un momento intermedio: el domingo después de maitines. También es nueva la triple repetición de los versículos y su contenido. Las palabras sálmicas escogidas por el Maestro respiraban, ambas, el temor al diablo. Guardando solamente la primera (Sal 85 [86],17) su mención final de “ayuda” y de “consuelo” divinos, Benito reemplaza el comienzo (Que vean, aquellos que nos odian, y que sean confundidos…) por una bendición dirigida a Dios (Dn 3,52).

En cuanto a la segunda fórmula del Maestro (Sal 16 [17],8: Guárdanos señor como a la pupila de tus ojos; protégenos a la sombra de tus alas), Benito la cambia por la famosa invocación de Casiano (Sal 69 [70],2), que ha ya ubicado al comienzo de cada oficio del día (RB 18,1). Decir tres veces este versículo al comienzo de cada actividad era, según testimonio de Casiodoro, una costumbre de los monjes de Italia. Inaugurando así su semana de servicio, los semaneros recuerdan que no hay obra agradable al Señor sin ayuda de su gracia y sin la oración para obtener su auxilio.

 


[1] Traducción de: una hora antes de la comida (ante unam horam refectionis, v. 12): días en los que había una única comida; y del v. 14: pero en las solemnidades… (in diebus tamen sollemnibus), días en los que no se ayunaba (N.d.T.).