Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (64). Domingo de Pentecostés

Capítulo trigésimo sexto: Los hermanos enfermos

Este capítulo y el siguiente interrumpen, de nuevo, la sucesión de temas del Maestro. Después del servicio de la cocina, la RM se ocupaba de las comidas. Sin embargo, el último de los tres capítulos dedicados a esos temas tenía disposiciones concernientes a los enfermos y los niños (RM 28,13-18 y 19-26). Es de allí, sin duda, de donde Benito toma la idea de legislar sobre estas dos categorías de monjes. En lo que concierne a los niños, permanece en la perspectiva alimentaria del Maestro. Pero para los enfermos, supera esta cuestión de los alimentos, de los cuales habla expresamente al final, y considera las necesidades de los hermanos que sufren en toda su amplitud. Es el entero “servicio” de los enfermos lo que está en juego, una noción envolvente que une íntimamente este capítulo con el precedente.

 

Ante todo y sobre todo se ha de atender a los hermanos enfermos, sirviéndolos como a Cristo en persona, pues Él mismo dijo: “Enfermo estuve y me visitaron” y “Lo que hicieron a uno de estos pequeños, a mí me lo hicieron”. Pero consideren los mismos enfermos que a ellos se los sirve para honrar a Dios, y no molesten con sus pretensiones excesivas a sus hermanos que los sirven. Sin embargo, se los debe soportar pacientemente, porque tales enfermos hacen ganar una recompensa mayor. Por tanto el abad tenga sumo cuidado de que no padezcan ninguna negligencia.

Para los hermanos enfermos haya un local aparte atendido por un servidor temeroso de Dios, diligente y solícito. Ofrézcase a los enfermos, siempre que sea conveniente, el uso de baños; pero a los sanos, especialmente a los jóvenes, permítaselos más difícilmente. A los enfermos muy débiles les es permitido comer carne para reponerse, pero cuando mejoren, dejen de hacerlo, como se acostumbra.

Preocúpese mucho el abad de que los mayordomos y los servidores no descuiden a los enfermos, porque él es el responsable de toda falta cometida por los discípulos (Capítulo 36, versículos 1-10).

 

Un estribillo se repite en este capítulo. En el comienzo, la mitad y al final, Benito afirma con fuerza que el cuidado de los enfermos es una prioridad. En primer término, enunciado en toda su generalidad; en segundo lugar, el principio es especialmente inculcado al abad. Y en tercer lugar, a la responsabilidad de este se agrega la de los mayordomos y enfermeros.

Estas tres frases, donde el estribillo se va amplificando y perfilando, enmarcan dos parágrafos, de los cuales el primero trata del espíritu de servicio, y el segundo, de sus modalidades prácticas. El amor particular que Benito siente por los enfermos le ha hecho encontrar, para referirse a ellos, una forma literaria singularmente neta y acabada.

El cuidado prioritario de los enfermos, se funda ante todo en una frase de Cristo que afirma que es a Él a quien se visita en la persona del enfermo (Mt 25,36). Igual que la que sigue (Mt 25,40), esta cita proviene de la escena del juicio final. En el capítulo sobre los semaneros, apenas se entrevé esta gran página del Evangelio. Aquí, en cambio, es ubicada a plena luz. Recapitulado por el lavado de los pies, el servicio semanal hacía pensar en la última Cena, es decir, en el ejemplo de Jesús sirviendo a sus discípulos. Aquí se revela el otro rostro del misterio que se revela: Jesús es servido en cada uno de sus hermanos. Porque Cristo está en unos y otros: el Servidor y el Señor, el modelo de servicio y el maestro a quien se sirve.

Los enfermos deben, por lo tanto, ser servidos como a Cristo. Recíprocamente deben comportarse como miembros de Cristo. Estos deberes mutuos de los enfermeros y de sus enfermos fueron ya indicados, a la luz del Evangelio, por san Basilio (Regla [versión latina de Rufino] 36-37). Propia de san Benito, la recomendación de no “apenar” (literalmente “contristar”: v. 4 [apenar]) recuerda el capítulo del mayordomo y de los semaneros. En cuanto a la recomendación final de la paciencia, hace pensar en una historia que sin duda Benito no conoció, pero que ilustra lo que dice: el episodio de Eulogio y el lisiado en la Historia Lausíaca (capítulo 21). Al punto de morir ambos, este enfermo irritable y su servidor benévolo, cansados uno del otro, estuvieron tentados de separarse; Antonio se lo impidió para que no pierdan sus coronas. Estos son evocados por Benito bajo el nombre evangélico de “recompensa”, ya empleado por él a propósito de la caridad de los semaneros.

Enfermería y enfermo, baños y carne, todas estas precisiones faltan en el Maestro. El local y el personal afectados a los enfermos son una vieja tradición del cenobitismo egipcio, pero al hablar del enfermero Benito puede haber recordado también la Regla agustiniana (Praeceptum V,8). Es en todo caso de esta, bajo su forma femenina (V,5), que se inspira luego al tratar de los baños. Por restrictivo que nos parezca en este tema, sus disposiciones son amplias en comparación con la hostilidad habitual de los antiguos monjes. San Antonio, no se lavaba jamás, y el monacato en general, tomó a continuación una actitud negativa con respecto a las abluciones del cuerpo entero. Jerónimo las prohibió muchas veces, y especialmente, como Benito, a los jóvenes ascetas que corren el riego de “calentar” la carne.

Baños y carne. Los inconvenientes de estas cosas son en gran parte borrados, en nuestros días, a los ojos de quienes buscan a Dios. Mientras que el monacato antiguo mantiene firmemente que ningún alimento es malo en sí, sin embargo, estaba persuadido que un asceta deseoso de dominar sus pasiones debía renunciar a al carne tanto como a los baños. Y el monje es esencialmente un asceta. Ya sea que se sepa o no justificarla por medio de razones de una ciencia cambiante, esta lección de nuestros Padres es siempre para ser escuchada con atención.

Pero no son estas más que observaciones ocasionales al margen del sujeto. Volviendo a este, Benito manda una última vez al abad velar por los enfermos, asociando como lo hizo Cesáreo de Arles (Regla de las Vírgenes 42,5), a los celerarios y enfermeros. Y una vez más, estos son saludados con su título glorioso: servidores.