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Capítulo trigésimo octavo: El lector de la semana

Antes de terminar su descripción del servicio de la cocina el Maestro había insertado un capítulo sobre el lector del refectorio (RM 24). Es este largo trozo de su predecesor que Benito resume en este capítulo; omitiendo, sin embargo, lo que decía sobre el libro que debía leerse durante la comida: la Regla misma, repetida sin cesar a la comunidad para que nadie pudiera ignorarla. Estos desarrollos del Maestro omitidos son reemplazados por Benito con una nota sobre el silencio en la mesa, inspirada en el monacato egipcio.

En la mesa de los hermanos no debe faltar la lectura. Pero no debe leer allí el que de buenas a primeras toma el libro, sino que el lector de toda la semana ha de comenzar su oficio el domingo. Después de la Misa y Comunión, el que entra en función pida a todos que oren por él, para que Dios aparte de él el espíritu de vanidad. Y digan todos tres veces en el oratorio este verso que comenzará el lector: Señor, ábreme los labios, y mi boca anunciará tus alabanzas. Reciba luego la bendición y comience su oficio de lector.

Guárdese sumo silencio, de modo que no se oiga en la mesa ni el susurro ni la voz de nadie, sino solo la del lector.

Sírvanse los hermanos unos a otros, de modo que los que comen y beben, tengan lo necesario y no les haga falta pedir nada; pero si necesitan algo, pídanlo llamando con una señal más bien que con la voz. Y nadie se atreva allí a preguntar algo sobre la lectura o sobre cualquier otra cosa, para que no haya ocasión de hablar, a no ser que el superior quiera decir algo brevemente para edificación.

El hermano lector de la semana tomará un poco de vino con agua antes de comenzar a leer, a causa de la santa Comunión, y para que no le resulte penoso soportar el ayuno. Luego tomará su alimento con los semaneros de cocina y los servidores.

No lean ni canten todos los hermanos por orden, sino los que edifiquen a los oyentes (Capítulo 38, versículos 1-12).

La lectura en la mesa no proviene de Egipto, sino de Capadocia. Los cenobitas egipcios comían en silencio. Es en el Gran Asceticón de Basilio que aparece por vez primera esta práctica bendita, en la que el legislador ve una ocasión para preferir el espíritu a la carne: se escuchará con mayor avidez que con la que se come (Pequeñas Reglas 180). Un poco más tarde, Agustín retoma este paralelo de la dos comidas, la del cuerpo y la del alma (Praceptum III,2). En la misma línea Cesáreo de Arles y el Maestro citarán la palabra de Moisés y del Evangelio: “El hombre no se alimenta solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3; Lc 4,4). Así, el refectorio de los monjes estará signado por la figura de Cristo en el desierto.

Como el Maestro, Benito confía la lectura a un mismo hermano durante una semana, a partir del domingo. Como él, también señala el principio de la función por medio de una ceremonia de bendición, en la que el lector y la comunidad proclaman el versículo: “Señor abre mis labios”… (Sal 50 [51],17), ya utilizado en el oficio para el inicio de las vigilias. En cambio, la finalidad asignada aquí a la oración es nueva. Se reconoce en ella la aversión de Benito a toda clase de orgullo.

Otros dos detalles son nuevos, que recuerdan la bendición de los semaneros de cocina: ante todo, el rito tiene lugar en el oratorio, y no en el refectorio como en el Maestro; luego, el versículo no es recitado una vez, sino tres. El cambio de lugar nos ofrece una de las muy raras alusiones que hace la Regla a la Misa y a la comunión. Esta última será todavía mencionada más adelante, a propósito del mixtum.

La palabra leída debe resonar en un silencio religioso, análogo al de la iglesia. ¿Pero el servicio de la comida no obliga a hablar? Para evitarlo Benito recomienda, ante todo, un “servicio mutuo” que funcione a la perfección. Este primer medio para mantener el silencio, el único que se indica, hace alusión a la “noción-llave” a menudo empleada en los capítulos precedentes. En segundo lugar, Benito preconiza el uso de signos sonoros que reemplazan la palabra. Esa vez se trata de un procedimiento tradicional, ya prescrito por Pacomio y transmitido por Casiano (Instituciones 4,17).

Las preguntas sobre la lectura son otra causa posible de interrupciones. Deseoso de promover una perfecta comprensión del texto leído -su propia Regla-, el Maestro las autorizaba, incluso las alentaba. Prohibiéndolas, Benito corrige por tanto a su predecesor. La razón que da -“para no dar ocasión”- se refiere a las advertencias de san Pablo contra las faltas morales que son ocasión de victorias para el diablo (Ef 4,27) o para los adversarios de la fe (1 Tm 5,14). Con motivo de su lectura pública, la Escritura santa provocaba a veces reacciones negativas, lo sabemos por san Agustín (Praceptum III,2). Se elevaban quejas bien sea por su oscuridad, bien también por sus muy claras exigencias, juzgadas excesivas para la humana debilidad. Son sin duda tales quejas, escuchas incluso en los refectorios monásticos, las que Benito quiere evitar.

Aún prohibiendo las preguntas de los hermanos, la Regla autoriza breves intervenciones del superior. Esto, cuando él sintiera una cierta tensión en el auditorio, le permitía añadir al texto que suscita dificultad una explicación tranquilizadora. Con reservas -los comentarios del superior deben mantenerse breves-, Benito se une en este punto al Maestro, que incitaba al abad a explicar durante la lectura los puntos oscuros de la Regla e interrogar a los hermanos para asegurarse que habían escuchado.

La concesión del mixtum (vino mezclado) al lector tiene también dos motivos, de los cuales el primero procede del Maestro y el segundo lleva el sello personal de Benito. Recibida al final de la Misa los domingos y fiestas, fuera de ella los días ordinarios, la comunión precedía inmediatamente a la comida. Por lo que convenía aclarar la garganta antes de comenzar la lectura. Pero a esta prescripción de su predecesor, Benito asocia su propia preocupación de evitar en los hermanos todo exceso de fatiga. Lo que aquí se dice del lector está calcado de aquello que él decía antes sobre los cocineros.

La última pregunta del capítulo de la RB es aquella con la que comenzaba el Maestro: ¿quién debe leer? La encontraremos más adelante (RB 47,3). Respondiendo, Benito pronuncia, por segunda vez en este capítulo, una palabra importante: “edificar”. Como los comentarios hechos sobre la lectura por el superior, la palabra debe construir el cuerpo de Cristo, fortificando la fe de cada de uno de sus miembros (Ef 4,12 y 29). Por eso ella debe ser plenamente inteligible y comprensible, tan bien realizada exteriormente como desprovista de pretensión por parte de quien lee.