Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (67)

Capítulo trigésimo nono: La medida de la comida

Este capítulo y los dos siguientes, acaban la sección dedicada a los alimentos, comenzada con el reglamento para los servidores (RB 35). Al igual que el Maestro (RM 26-28), Benito trata sucesivamente del alimento, de la bebida y de la hora de las comidas.

Nos parece suficiente que en la comida diaria, ya se sirva ésta a la hora sexta o a la hora nona, se sirvan en todas las mesas dos platos cocidos a causa de las flaquezas de algunos, para que el que no pueda comer de uno, coma del otro. Sean, pues, suficientes dos platos cocidos para todos los hermanos, y si se pueden conseguir frutas o legumbres, añádase un tercero.

Baste una libra bien pesada de pan al día, ya sea que haya una sola comida, o bien almuerzo y cena. Si han de cenar, reserve el mayordomo una tercera parte de esa misma libra para darla en la cena.

Pero si el trabajo ha sido mayor del habitual, el abad tiene plena autoridad para agregar algo, si cree que conviene, evitando empero, ante todo, los excesos, para que nunca el monje sufra una indigestión, ya que nada es tan contrario a todo cristiano como la glotonería, como dice el Señor: “Miren que no se graven sus corazones con la voracidad”. A los niños de tierna edad no se les dé la misma cantidad que a los mayores, sino menos, guardando en todo la templanza.

Y todos absténganse absolutamente de comer carne de cuadrúpedos, excepto los enfermos muy débiles (Capítulo 39, versículos 1-11).

Desde el título hasta la penúltima frase, el texto benedictino sigue de cerca al del Maestro, omitiendo solamente algunos detalles y agregando las motivaciones. Solo la prescripción final sobre la abstinencia de carne, faltaba en el texto fuente. Al insertarlo, Benito repite lo que ya ha dicho sobre los enfermos (RB 36,9).

Comparado con su antecesor, Benito presenta constantemente un espíritu de restricción y austeridad. La única excepción es lo que dice sobre la ración del pan, en lo cual se muestra un poco más amplio. Su programa de dos platos cocidos y uno crudo, con una libra de pan, es similar al más antiguo menú comunitario que conocemos, el de los cenobitas egipcios descritos por Jerónimo (Epístola 22,35). Para ellos se trataba de pan, legumbres verdes y secas, sazonadas con sal y aceite, en contraste con la dieta más severa de los anacoretas, reducida a pan y sal. Remite también a lo que Casiano presenta como el alimento cotidiano de los ermitaños de Egipto: una libra de pan, ni más ni menos (Conferencias 2,19-26). Esta “libra” de la antigüedad era bastante menor que la nuestra (aproximadamente 327 gramos). Así como Benito y el Maestro reservan un tercio para la cena, por otro motivo Casiano aconsejaba tomar solo la mitad a la hora de nona, reservando el resto para la noche.

La Regla nos indica solamente la composición de la comida principal, sin precisar la cena. Según el Maestro, esta comida secundaria incluía únicamente un plato crudo, con el pan reservado de la libra del mediodía, a menos que haya restos de platos cocidos del almuerzo.

Ambas Reglas autorizan al abad a agregar suplementos, pero en circunstancias opuestas. En el Maestro, el suplemento es signo de fiesta y alegría. En Benito está motivado por el trabajo y el esfuerzo. Esta diferencia, se basa sin duda en la diferencia de épocas. Legislando bajo el reinado de Teodorico [474-526], cuando Italia estaba en paz y era relativamente próspera, el Maestro dispensa a sus monjes de los trabajos agrícolas pesados. Al contrario, escribiendo en el convulsionado período de las guerras góticas, Benito hace frente a una situación más difícil, que obliga a admitir el trabajo del campo y sus fatigas.

El suplemento no debe llegar a la glotonería (crapula). Tres veces mencionado, este término viene del Evangelio (Lc 21,34). Tanto en el refectorio como en el dormitorio, los hermanos deben pensar en el retorno del Maestro, permaneciendo siempre listos y dispuestos. Mantenerse con el corazón ligero, es simplemente obrar como un discípulo de Cristo: así debe ser el monje. Entre él y “todo cristiano”, no hay otra diferencia que la atención renovada, reforzada y exclusiva en el Señor presente e inminente. La razón por la cual Benito pasa de uno a otro, hace pensar en una reflexión de san Severino al morir: “Es una gran abominación que un secular se entregue al pecado; cuanto más los monjes” (Eugipio, Vida de san Severino 43,6).

Según el Génesis, en los orígenes en hombre era vegetariano. Solo después del diluvio recibió permiso para comer carne de animales. Sin rechazar esto como malo en sí, al modo de los gnósticos, el ascetismo cristiano ha renunciado a ella por nostalgia de la felicidad primitiva y para dominar mejor las pasiones. En este bendito camino, la élite del mundo pagano lo había precedido y acompañado. Si Benito como muchos otros, distingue a los cuadrúpedos de los otros vivientes, es a causa del relato de la creación: pájaros y peces salen de las aguas el quinto día, los animales terrestres y el hombre aparecen el sexto. El ave y el pescado son por ello menos “caloríferos[1]” que la carne de cuadrúpedos.

Haciendo estas diferencias, el monacato ha tendido siempre a eliminar lo más posible los productos animales. Tal como es, el programa alimentario de la Regla es fácil de practicar para el hombre de hoy, dotado de una salud normal. Y nosotros debemos tomarlo en serio. Feliz quien sigue de cerca, tanto como le sea posible, la norma que sugiere el verbo tres veces empleado por Benito al comienzo del capítulo: limitarse a lo que es suficiente [sufficere].

 


[1] El texto francés dice: echauffants, es decir, que producen menor calentamiento corporal (N.d.T.).