Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (68)

Capítulo cuadragésimo: La medida de la bebida

Cada cual ha recibido de Dios su propio don, uno de una manera, otro de otra, por eso establecemos con algún escrúpulo la medida del sustento de los demás. Teniendo, pues, en cuenta la flaqueza de los débiles, creemos que es suficiente para cada uno una hémina de vino al día. Pero aquellos a quienes Dios les da la virtud de abstenerse, sepan que han de tener un premio particular.

Juzgue el superior si la necesidad del lugar, el trabajo o el calor del verano exigen más, cuidando en todo caso de que no se llegue a la saciedad o a la embriaguez. Aunque leemos que el vino en modo alguno es propio de los monjes, como en nuestros tiempos no se los puede persuadir de ello, convengamos al menos en no beber hasta la saciedad sino moderadamente, porque el vino hace apostatar hasta a los sabios.

Pero donde las condiciones del lugar no permiten conseguir la cantidad que dijimos, sino mucho menos, o nada absolutamente, bendigan a Dios los que allí viven, y no murmuren. Ante todo les advertimos esto, que no murmuren (Capítulo 40, versículos 1-9).

Este capítulo es mucho menos dependiente del Maestro que el precedente. De la otra Regla, Benito solo retiene las palabras del título, la mención de la “hémina” y la autorización a sobrepasar la medida ordinaria, con la advertencia sobre la ebriedad que podría producirse. Todo lo demás es nuevo, aunque se percibe aquí o allí un posible eco del texto anterior.

Por lo demás, como en el capítulo sobre la comida, Benito se muestra constantemente más restrictivo y austero que su predecesor. Al Maestro el consumo de vino no parece causarle ningún problema. Sin reticencia ni hesitación, concede una medida bastante amplia. Benito, por el contrario, desde el comienzo, manifiesta sus “escrúpulos”, y solo a pesar suyo parece conceder lo que legisla.

Este desfavor por el vino se remonta a las primeras generaciones monásticas. Como la carne, el vino solo aparece después del diluvio, después de la caída. En la línea de esta constatación, el ascetismo cristiano comprendió estrictamente la palabra de san Pablo a su discípulo: “Bebe un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes indisposiciones (infirmitates)” (1 Tm 5,23).

Benito, tal vez, piensa en este texto cuando habla de “la flaqueza de los débiles (informorum)”, en función de la cual fija la ración de vino. Pero su locución puede también referirse a la debilidad moral que estigmatiza a continuación: aquella de los monjes sanos, incapaces de prescindir de una bebida de la no tienen necesidad. De todos modos, él es consciente a la vez del ideal primitivo y de la realidad presente. Aún aceptando esta última, como lo hacía el Maestro, la confronta con la disciplina de los antiguos, lo que el Maestro no hacía, y la juzga a la luz de esos orígenes.

Feliz, piensa Benito, aquel que ha recibido el don de la abstinencia. Norma general para los antiguos monjes, la abstinencia se ha convertido en un “don” particular. Otro axioma de san Pablo le sirve aquí de referencia (1 Co 7,7). Formulándolo para los fieles de Corinto, el Apóstol tenía en vista la abstinencia sexual. Benito la aplica a la del vino. Del corpus paulino, los antiguos monjes habían tomado una frase concerniente al vino, que parecía reservado a los enfermos. En el presente, Benito extrae de una sentencia, que se refería al carisma de la virginidad, una renuncia al vino.

Un último texto, tomado de la misma Epístola, probablemente está subyacente. Cuando Benito dice que quien se abstiene tendrá “un premio particular”, resuena una frase en la que Pablo, comparándose a Apolo y a otros cooperadores de Dios, apela al juicio divino que fijará su retribución (1 Co 3,8). La recompensa será entonces para cada uno según su trabajo. Cada servidor de Dios recibe un don particular, ciertamente, pero cada uno puede merecer también algo más por su esfuerzo particular, mediando la gracia divina.

Después de la medida de una “hémina” (un cuarto litro como mínimo), Benito considera las variaciones superiores o inferiores. Las primeras, como los suplementos de comida, son concedidas en virtud de los trabajos o calores fatigantes, y no por los motivos de regocijo que preveía el Maestro. Como en el capítulo precedente, la concesión de suplementos es acompañada por una puesta en guardia contra los excesos. Esta es formulada al modo de Basilio, que quería que comiendo “no se llegara a la saciedad” (Regla, versión latina de Rufino, 9,7). En cuanto a la motivación bíblica que sigue (Si 19,2), ella reemplaza las consideraciones de simple sentido común que el Maestro hacía sobre los excesos en la bebida.

La penuria más o menos completa de vino conduce a Benito a repetir lo que había dicho respecto a la distribución de lo necesario (RB 34,3-6): el monje desfavorecido no murmure, sino que bendiga a Dios. Es una gracia, en efecto, ser llamado al desprendimiento, siendo más feliz aquel que se contenta con menos.

A propósito de los suplementos. Benito citaba la palabra de abba Pastor (Poimén), que leía en la colección sistemática recientemente traducida por dos clérigos romanos: Pelagio y Juan: “El vino no es absolutamente propio de los monjes” (Vitae Patrum V,4,31). Expresión lapidaria de la más antigua sabiduría monástica, este apotegma debe relacionarse con aquel que cita al final de su sección sobre el oficio (RB 18,25). Uno y otro tomados del mismo Libellus 4, intitulado: “Sobre la continencia”. En la anécdota concerniente a la salmodia, dos ancianos, absortos en la celebración de un interminable oficio, olvidaron dormir y comer. En la que Benito menciona en este capítulo, otro gran monje proscribe el vino. De un lado y del otro, la misma generosidad inspirada eleva al hombre por encima de sus apetitos corporales.

En los dos casos también Benito toma un argumento del ejemplo de los Padres solo para sugerir a sus contemporáneos un mínimo de decencia. Más allá de esta interferencia limitada, el gran modelo antiguo conserva su seducción. Tomado con moderación, el vino que alegra el corazón es bueno, pero nada tiene más valor que la alegría y a libertad de aquel que se abstiene.