Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (69)

Capítulo cuadragésimo primero: A qué horas se debe comer

Desde la santa Pascua hasta Pentecostés, coman los monjes a la hora sexta, y cenen al anochecer. Desde Pentecostés, durante el verano, si los monjes no trabajan en el campo o no les molesta un calor excesivo, ayunen los miércoles y viernes hasta nona, y los demás días coman a sexta. Pero si trabajan en el campo, o el calor del verano es excesivo, la comida manténgase a la hora sexta. Quede esto a juicio del abad. Éste debe temperar y disponer todo de modo que las almas se salven, y que los hermanos hagan lo que hacen sin justa murmuración.

Desde el catorce de setiembre hasta el principio de Cuaresma, coman siempre los hermanos a la hora nona.

En Cuaresma, hasta Pascua, coman a la hora de vísperas. Las mismas Vísperas celébrense de tal modo que los que comen, no necesiten luz de lámparas, sino que todo se concluya con la luz del día. Y siempre calcúlese también la hora de la cena o la de la única comida de tal modo que todo se haga con luz natural (Capítulo 41, versículos 1-9).

Los cenobitas de Egipto, descritos por san Jerónimo (Epístola 22,35), tenían una sola comida por día, después de nona, durante todo el año. Solamente la cuaresma o el tiempo pascual acentuaban o atenuaban esta austeridad. Todavía mantenida, en líneas generales, por el Maestro, la disciplina primitiva experimenta en Benito, como en su contemporáneo Cesáreo, una importante mitigación: la dispensa del ayuno en verano, en que se lo limita a los miércoles y viernes. Duración de los días, calor, fatigas del trabajo en los campos explican y flexibilizan. El horario básico permanece el de invierno, con una única comida a mitad de la tarde.

Tiempo pascual, verano, invierno, cuaresma: estos cuatro períodos jalonan una marcha de mayor amplitud hacia una observancia más rígida, de las dos comidas cotidianas a la única comida vespertina, de las apariciones de Cristo resucitado a su ayuno en el desierto y a su pasión. Los dos días sagrados del verano, miércoles y viernes, conmemoran asimismo sus sufrimientos. Más ampliamente, el ayuno es signo de su ausencia; la dispensa del ayuno, de su presencia (Mt 9,15).

Al igual que las restricciones de la comida y de la bebida, Benito distiende el rigor del horario a causa de la fatiga, no para agasajar a los huéspedes que están de visita, como hace el Maestro. El ayuno tiene por finalidad salvar las almas, y cuando estas murmuran, no se salvan sino que perecen. Responsable de este discernimiento, el abad oye decir que la murmuración de los monjes puede ser “justa”. Este es sin duda el único pasaje de la Regla en que esta cosa detestable aparece como justificada.

Frontera entre el verano y el invierno, la fecha del 13 de septiembre (Idus) parece elegida por su simetría cercana con la de Pascua. En cuanto al inicio de la cuaresma, se trata del primer domingo de ese tiempo, el sexto antes de Pascua, no de nuestro miércoles de cenizas. Uno desearía saber, por otra parte, por qué todo debe hacerse a la luz del día. ¿Porque la noche es símbolo del pecado (Rm 13,12-13, etc.)? El Maestro, por su parte, prohíbe absolutamente comer o beber después de completas (RM 30,23).

Pero estos detalles tienen menos importancia que el gran hecho humano y religioso que aquí está en cuestión. Ayunar es un acto que modela al hombre, una experiencia irremplazable. La ubicación de la comida cotidiana al mediodía, con cena al atardecer y desayuno a la mañana, ha sido una catástrofe para la vida monástica, que la ha privado de uno de sus elementos constitutivos. Nada nos impide recuperarlo. Se ha dicho a menudo que la debilidad de la salud se opone. En realidad, nosotros somos capaces, al igual que nuestros padres, de comer una vez al día, hacia el final de la jornada. Basta con quererlo, personal y colectivamente. Quienes lo hacen aprenden a “amar el ayuno”, como un instrumento de las buenas obras. El hombre no es tan él mismo cuanto en las horas que el cuerpo ha ayunado y el alma está ligera, siente entonces ascender a su corazón la alegría, la oración, la acción de gracias que pone en él el Espíritu.