LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (7)

Después de decir esto, el Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos. Por eso, para corregirnos de nuestros males, se nos dan de plazo los días de esta vida. El Apóstol, en efecto, dice: “¿No sabes que la paciencia de Dios te invita al arrepentimiento?”. Pues el piadoso Señor dice: “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Prólogo, versículos 35-38).

A continuación del Sermón de la Montaña, san Mateo señala el sentimiento de la multitud “cuando Jesús acabó el discurso” (Mt 7,28). Es a esta frase que hacen alusión las primeras palabras de Benito. El Salmo 14 (15) acaba de ser asimilado al gran discurso evangélico. Terminado este, el Señor espera que nuestros actos respondan a sus preceptos. Así continuará el diálogo y la última respuesta esperada ya no será verbal sino factual.

Según la Regla del Maestro, el Señor espera en silencio. Benito omite esta aclaración, pero ella ayuda a comprender el matiz más bien sombrío que va a tomar la continuación del texto. El silencio de Dios en el tiempo presente implica una amenaza. Un día, el justo juez lo romperá para pronunciar su sentencia, y entonces dirá: “Esto hiciste y callé” (RB 7,30, citando Sal 49 [50],21).

En esta perspectiva temible del juicio, la vida aparece como una prórroga otorgada para nuestra enmienda, una ocasión de penitencia (Rm 2,4), un tiempo para la conversión (Ez 33,11). Se retorna así a la consideración del pecado y de sus terribles consecuencias, considerados al comienzo del Prólogo (Prol 6-7), después un poco perdidos de vista en el impulso hacia la felicidad que suscita el llamado de los dos Salmos. Al mismo tiempo, reaparece el tema de la brevedad de la vida y de la necesidad urgente de obrar bien antes de que sea demasiado tarde (Prol 13).

Cuando le preguntamos al Señor, hermanos, sobre quién moraría en su casa, oímos lo que hay que hacer para habitar en ella, a condición de cumplir el deber del morador. Por tanto, preparemos nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar bajo la santa obediencia de los preceptos, y roguemos al Señor que nos conceda la ayuda de su gracia, para cumplir lo que nuestra naturaleza no puede. Y si queremos evitar las penas del infierno y llegar a la vida eterna, mientras haya tiempo, y estemos en este cuerpo, y podamos cumplir todas estas cosas a la luz de esta vida, corramos y practiquemos ahora lo que nos aprovechará eternamente (Prólogo, versículos 39-44).

Después de las reflexiones sugeridas por el epílogo del Sermón de la Montaña, he aquí la conclusión del comentario sobre el Salmo 14 (15). Vuelve a la visión positiva de este. Orientado hacia la vida eterna, se menciona sólo al pasar la gehena y sus tormentos. En estas líneas, además del Salmo 14, se recapitula todo el comentario de los dos salmos, incluida la introducción, donde se recupera la acción del hombre y de Dios, la impotencia de la naturaleza y la ayuda de la gracia, el recurso a la oración para obtener esta última, y, en fin, la urgencia del esfuerzo en el tiempo limitado que nos es dado.