Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (70)

Capítulo cuadragésimo segundo: Que nadie hable después de Completas

Después de la sección alimentaria, el Maestro habla de la siesta, que a veces sigue a la comida, y del sueño de la noche. Así, pasa del refectorio al dormitorio, para reglamentar el acostarse y el levantarse (RM 29-32). Inmediatamente seguidos de la oración nocturna, estos capítulos introducen a la sección sobre el oficio. Benito, en cambio, que ha anticipado la descripción del oficio, no conserva de esta transición del Maestro más que el capítulo presente, sobre el acostarse y el silencio nocturno. Así prosigue de buena forma la sección precedente, que se terminaba con las recomendaciones para el final de la jornada.

Los monjes deben esforzarse en guardar silencio en todo momento, pero sobre todo en las horas de la noche. Por eso, en todo tiempo, ya sea de ayuno o de refección, se procederá así:

Si se trata de tiempo en que no se ayuna, después de levantarse de la cena, siéntense todos juntos, y uno lea las Colaciones o las Vidas de los Padres, o algo que edifique a los oyentes, pero no el Heptateuco o los Reyes, porque no les será útil a los espíritus débiles oír esta parte de la Escritura en aquella hora. Léase, sin embargo, en otras horas.

Si es día de ayuno, díganse Vísperas, y tras un corto intervalo acudan enseguida a la lectura de las Colaciones, como dijimos. Lean cuatro o cinco páginas o lo que permita la hora, para que durante ese tiempo de lectura puedan reunirse todos, porque quizás alguno estuvo ocupado en cumplir algún encargo, y todos juntos recen Completas. Al salir de Completas, ninguno tiene ya permiso para decir nada a nadie. Si se encuentra a alguno que quebranta esta regla de silencio, sométaselo a un severo castigo, salvo si lo hace porque es necesario atender a los huéspedes, o si quizás el abad manda algo a alguien. Pero aun esto mismo hágase con suma gravedad y discretísima moderación (Capítulo 42, versículos 1-11).

Del tema anunciado en el título -el silencio después de Completas- solo se trata en la primera frase y en las últimas líneas. Entre ese inicio y este final, los dos tercios del capítulo tratan de una institución original, que Benito agrega a las del Maestro: la lectura antes de Completas. En realidad no es nueva. Se la encuentra ya en la Regla agustiniana, pero que la indica muy brevemente: “Después de las vísperas, en momento oportuno, todos se sentarán y se harán lecturas; después se dirán los salmos acostumbrados antes del sueño” (Ordo monasterii 2). A esta prescripción lacónica, Benito agrega varias precisiones: horario diversificado según los días, libros que se pueden o no leer, extensión de la lectura y su función preparatoria, que permita a todos reunirse para Completas.

La primera frase hace de la noche el tiempo privilegiado de silencio. Ya hemos encontrado, al inicio del capítulo sobre la salmodia, esta forma de contrastar una tendencia continua del tiempo con los tiempos fuertes: al igual que el silencio se intensifica en las horas de la noche, así la fe en la presencia divina se hace más viva a la hora del oficio (RB 19,1-2). Encontraremos más adelante el mismo planteo a propósito de la pureza de vida, en otro inicio, el del capítulo sobre la Cuaresma (RB 49,1-2). Atención a Dios, silencio, integridad de todo el ser: diversos aspectos del mismo misterio del alma monástica, en tensión hacia el Señor. En este trío, tiene lugar la noche, junto al oficio y a la Cuaresma, entre aquellos momentos sagrados en que el monje es más él mismo, estando más vuelto hacia Dios.

Para prepararse a este tiempo de gracia se elige una lectura “edificante”. Puede parecer extraño que ciertas partes de la Escritura sean descartadas, pero la Regla explica muy claramente el motivo de esta exclusión: el oyente que no supera el sentido literal o carnal; el tiempo sagrado de la noche puede ser también el de la tentación.

En lugar de los libros “históricos” -Pentateuco, Josué y Jueces, Samuel y Reyes-, se leen obras espirituales como las Conferencias de Casiano y las Vidas de los Padres. Bajo este último vocablo, Benito sin duda piensa, en primer lugar, en la colección de apotegmas traducida en Roma, que ya ha citado dos veces con fervor (RB 18,25 y 40,6). Conferencias y apotegmas, remarquémoslo, proceden principalmente del ámbito anacorético. La estima particular de que gozan en el cenobio de Benito es un signo de la unidad del monacato bajo sus dos formas, comunitaria y solitaria.

El silencio nocturno es una observancia tan antigua como el cenobitismo. Pacomio ya lo prescribía (Praecepta 94), y a través de Casiano o directamente, esta interdicción de “hablar en las tinieblas” tuvo éxito. Pero los monjes pacomianos dormían en celdas, y el silencio que les era impuesto apuntaba principalmente a salvaguardar la castidad. En el Maestro y Benito, dado que los hermanos están reunidos en un dormitorio, se trata más bien de proteger el sueño de todos. Esta dimensión comunitaria es acentuada por el texto benedictino, que insiste por tres veces para que “todos se reúnan” antes de Completas.

Recomendando, para terminar, la observancia de mayor reserva cuando se debe hablar en la noche, Benito parece recordar un pasaje de san Basilio (Regula, versión latina de Rufino, 137). Éste tenía en vista las palabras intercambiadas en el monasterio durante los oficios, en tanto que Benito piensa en aquellas dichas después de Completas. Así, aparece de nuevo la analogía del oficio y de la noche. Uno y otra deben envolverse de silencio, de gravedad, de respeto sacro, porque como el oficio pone en presencia de Dios, la noche descubre la inmensidad de la obra divina. Velando las cosas de la tierra, revela la profundidad del cosmos.