Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (71)

Capítulo cuadragésimo tercero: Los que llegan tarde a la obra de Dios o la mesa

Este capítulo y los tres siguientes tienen un carácter represivo que hace de ellos una suerte de anexo al código penal (RB 23-30). La penalización de los retrasos, por la que comienza esta pequeña sección, está reglamentada por el Maestro en un lugar diferente, mucho más adelante (RM 73). Si Benito la trata aquí, es sin duda porque la otra Regla, a propósito del despertar, prescribía a los hermanos reunirse prontamente en el oratorio, para no faltar al inicio del oficio divino (RM 32,7-15).

Cuando sea la hora del Oficio divino, ni bien oigan la señal, dejen todo lo que tengan entre manos y acudan con gran rapidez, pero con gravedad, para no provocar disipación. Nada, pues, se anteponga a la Obra de Dios.

Si alguno llega a las Vigilias después del Gloria del salmo 94 (que por esto queremos que se diga muy pausadamente y con lentitud), no ocupe su puesto en el coro, sino el último de todos o el lugar separado que el abad determine para tales negligentes, para que sea visto por él y por todos. Luego, al terminar la Obra de Dios, haga penitencia con pública satisfacción.

Juzgamos que éstos deben colocarse en el último lugar o aparte, para que, al ser vistos por todos, se corrijan al menos por su misma vergüenza. Pero si se quedan fuera del oratorio, habrá alguno quizás que se vuelva a acostar y a dormir, o bien se siente afuera y se entretenga charlando y dé ocasión al maligno. Que entren, pues, para que no lo pierdan todo y en adelante se enmienden.

En las Horas diurnas, quien no llega a la Obra de Dios hasta después del verso y del Gloria del primer salmo que se dice después del verso, quédese en el último lugar, según la disposición que arriba dijimos, y no se atreva a unirse al coro de los que salmodian, hasta terminar esta satisfacción, a no ser que el abad lo perdone y se lo permita; pero con tal que el culpable satisfaga por su falta (Capítulo 43, versículos 1-12).

Antes de proceder a la reprensión de los retrasos, Benito invita a los monjes a apresurarse para ir a la obra de Dios. Esta respuesta inmediata a la señal del oficio está prescrita por él bajo la influencia conjugada del Maestro y de la Segunda Regla de los Padres. Ya Casiano describía bellamente la prontitud con la cual los cenobitas egipcios, ocupados en sus celdas en los trabajos individuales, obedecían a toda señal que les llamaba a un ejercicio comunitario, oficio o trabajo colectivo (Instituciones 4,12). Haciendo suya esta descripción, el Maestro tuvo que modificarla. Porque los hermanos ya no se encontraban en celdas -las cuales habían sido reemplazadas por un dormitorio común-, sino en el trabajo en los talleres o en el jardín, y la señal que sonaba no los llamaba a un ejercicio cualesquiera, sino únicamente al oficio divino (RM 54). Lo mismo sucede en Benito. En una y otra Regla, se trata menos de una obediencia que de religión: ya no se abandona una ocupación personal para una obra en común, sino el trabajo para la oración, las cosas de este mundo por Dios.

La hermosa máxima, tomada de la Segunda Regla de los Padres (VI,31) de Lérins, quiere que se prefiera a toda otra cosa la obra de Dios. “No anteponer nada al amor de Cristo” es un instrumento de las buenas obras (RB 4,21). A través de san Cipriano y otros autores antiguos, la sentencia proviene del Evangelio. Es sobre este modelo que los monjes de Lérins acuñaron su fórmula, que reemplaza “el amor de Cristo” por “la obra de Dios”. Para el monje, de hecho, el amor del Señor se traduce ante todo en la oración continua, de la cual el oficio divino es la acción principal y el más fuerte apoyo. La expresión “obra de Dios”, que designa en el Nuevo Testamento la vida de fe (Jn 6,29) y el obrar del cristiano (1 Co 15,58) en toda su amplitud, ha tomado así el sentido más restringido de oración común. Esta aparece como opus Dei por excelencia, al interior de una existencia íntegramente consagrada a Dios.

Desde los orígenes del cenobitismo, san Pacomio preveía la reparación de los retrasos a los oficios, distinguiendo los del día, para los cuales era más severo, y los de la noche, en los que el plazo era más amplio (Praecepta 9-10). En continuación con él, Casiano y el Maestro hicieron la misma distinción. En la misma línea de sus antecesores, Benito formula a su vez una regla de los retrasos, no sin simplificar y suavizar la disciplina del Maestro. Su principal originalidad es la de hacer entrar a los retardatarios al oratorio, en lugar de mantenerlos en la puerta. Como la lectura de Completas en el capítulo precedente, esta innovación es explicada con cuidado. De los tres motivos invocados -corregir a los culpables por medio de la vergüenza, evitar que se porten mal estando fuera, procurarles el beneficio del oficio-, el segundo utiliza la noción paulina de “ocasión ofrecida al Maligno” (cf. Ef 4,27; 1 Tm 5,14), que Benito ya empleaba a propósito de la lectura en el refectorio (RB 38,8).

Quien por su negligencia o culpa no llega a la mesa antes del verso, de modo que todos juntos digan el verso y oren y se sienten a la mesa a un tiempo, sea corregido por esto hasta dos veces. Si después no se enmienda, no se le permita participar de la mesa común, sino que, privado de la compañía de todos, coma solo, sin tomar su porción de vino, hasta que dé satisfacción y se enmiende. Reciba el mismo castigo el que no esté presente cuando se dice el verso después de la comida.

Nadie se atreva a tomar algo de comida o bebida ni antes ni después de la hora establecida. Pero si el superior le ofrece algo a alguien, y éste lo rehúsa, cuando lo desee, no reciba lo que antes rehusó, ni nada, absolutamente nada, antes de la enmienda correspondiente (Capítulo 43, versículos 13-19).

Como el Maestro, Benito une a los retardatarios del oratorio con los del refectorio, pero la falta de estos últimos es considerada por él desde un punto de vista diferente. El Maestro les reprocha no haber “hablado con Dios” en la oración. Benito se inquieta más bien de la infracción a la disciplina comunitaria: aquí, como en el capítulo precedente, quiere que la oración sea hecha por “todos juntos” y, agrega en el texto presente, “que todos se sienten a la mesa a un tiempo”.

La punición también da lugar a diferencias. El Maestro sancionaba inmediatamente todo retraso. Conforme al principio general (RB 23,2, etc.), Benito hace preceder a la sanción dos advertencias. Así, retrasada, la punición es en cambio agravada: a la separación prevista por el Maestro se agrega la perdida de la ración de vino.

Comer fuera de las comidas es a la vez un atentado contra la vida común y un pecado de gula. Este segundo aspecto es el que sugiere Benito invocando la comida a “la hora establecida”. El respeto de esta se impone no solamente al cenobita (Casiano, Instituciones 4,18), sino aún a todo monje, incluso solitario (Instituciones 5,20). Tanto más costoso cuanto que las comidas de los días de ayuno eran únicas y más tarde. Incluso si un hermano no puede ayunar, no debe, según Agustín, tomar algo fuera de “la hora de almuerzo (mediodía), excepto enfermedad” (Praecepta III,1).

La pequeña escena final -un hermano rehúsa el suplemento ofrecido por el superior, que a su vez se rehúsa cuando el hermano lo pide- hace pensar en represalias semejantes prescritas por Basilio y el Maestro. El primero ante el rechazo irritado del religioso que no encuentra suficientemente bueno lo que le dan (Regla, versión latina de Rufino, 96). El segundo, ante el rechazo de comulgar o asistir a la mesa por causa de un ayuno especial (RM 22,5-8). A esos casos se puede agregar los que prevé Cesáreo de Arles: monjas con salud deficiente que no se avienen a tomar el suplemento del que tienen necesidad. Con bondad, Cesáreo las exhorta a superar sus escrúpulos (Regla de las vírgenes 42,4). Más severo, Benito castiga esa falta de simplicidad. Gregorio el Grande afirmará de modo semejante que comer por obediencia es más meritorio que cualquier otra privación (In I Reg. II,127).