Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (72)

Capítulo cuadragésimo cuarto: Cómo han de satisfacer los excomulgados

Después de haber tratado sobre la satisfacción de los que llegan tarde, Benito pasa naturalmente a la de los excomulgados. Pero mientras que la primera se encuentra en un capítulo posterior de la otra Regla, ésta había abordado la segunda en una sección anterior, dejada atrás mucho antes. Es después de los capítulos sobre la excomunión que el Maestro legislaba sobre el perdón de los excluidos (RM 14). Si Benito salteó esa exposición de su antecesor sobre la reconciliación, es porque otra cuestión le preocupaba al final de su código penal: cómo salvar al pecador impenitente. Saliendo en búsqueda de la oveja perdida, había descuidado entonces el caso normal del excomulgado que acepta satisfacer. Ahora va a reparar esa omisión.

Cuando se termina en el oratorio la Obra de Dios, aquel que por culpas graves ha sido excomulgado del oratorio y de la mesa, se postrará junto a la puerta del oratorio sin decir nada, sino que solamente permanecerá rostro en tierra, echado a los pies de todos los que salen del oratorio. Y hará esto hasta que el abad juzgue que ha satisfecho.

Cuando el abad lo llame, arrójese a los pies del abad, y luego a los de todos, para que oren por él. Y entonces, si el abad se lo manda, sea admitido en el coro, en el puesto que el abad determine. Pero no se atreva a entonar salmos, ni a leer o recitar cosa alguna en el oratorio, si el abad no se lo manda de nuevo. En todas las Horas, al terminar la Obra de Dios, póstrese en tierra en el lugar en que está, y dé así satisfacción, hasta que el abad nuevamente le mande que ponga fin a esta satisfacción.

Pero los que por culpas leves son excomulgados sólo de la mesa, satisfagan en el oratorio hasta que disponga el abad. Háganlo hasta que éste los bendiga y les diga que es suficiente (Capítulo 44, versículos 1-10).

Postrarse ante la comunidad y el abad era ya, entre los cenobitas egipcios, el modo de satisfacer de los excomulgados (Casiano, Instituciones 2,16; 4,16,1). El Maestro había agregado un ceremonial amplio y patético: en las oraciones que siguen a los salmos del oficio, el culpable suplicaba al superior y a los hermanos ser readmitido; al final de la hora, los prepósitos y la comunidad unían sus instancias a las de ellos, rezaban juntos, y el penitente pronunciaba un nuevo discurso patético para suplicar al Señor. Las moniciones del abad y versículos respondidos por todos completaban el emocionante ritual, que se inspiraba en los usos de las penitencia eclesiástica.

De todo este dispositivo, Benito no menciona más que el elemento central: la oración comunitaria, que el hermano solicita postrándose. Todo lo demás es silenciado. Especificando que el hombre se postra “sin decir nada”, parece que se excluyen inclusive las palabras que pone en su boca el Maestro. Comparado al de la otra Regla, el ritual benedictino es seco y severo. Lo que le interesa la legislador no son las ceremonias y el discurso, sino la curación efectiva del monje enfermo. Para obtenerla de modo más seguro, Benito prolonga la satisfacción: la oración de reconciliación es seguida por un nuevo tiempo de penitencia en el cual el hermano, parcialmente reintegrado, permanece en la condición de excomunión menor, privado de todo rol activo en los oficios (cf. RB 24,4), y todavía obligado a postrarse al fin de estos.

Como todo lo que precede, el tiempo de esta prolongación queda a discreción del abad, de quien Benito advierte a cada momento las intervenciones. Mencionado siete veces en pocas líneas, el abad aparece como el agente principal y plenamente responsable de esa reeducación del culpable. Escapando de todo automatismo, la reconciliación se convierte entre sus manos en una obra pastoral que apunta a asegurar mejor la conversión. Se vuelve a encontrar aquí el sentido pedagógico y las preocupación por los pecadores que animan los últimos capítulos del código penal. Al trasladar a esta sección el proceso de absolución, Benito le ha impreso la misma orientación pastoral de entonces.

Además de esta inspiración general, dos detalles deben ponerse de relieve. Ante todo, el “lugar” asignado por el abad al reconciliado: aquí como en el capítulo precedente, Benito se refiere implícitamente al orden de la comunidad que definirá más adelante con tanto cuidado (RB 63,1-9). Luego, el verbo “entonar” (imponere). No se trata solamente, al modo moderno, de entonar una pieza, sino de recitarla íntegramente: se “entonan” las lecturas como también los salmos, estos habitualmente cantados por un solista.

La satisfacción por culpas leves, con la cual se termina el capítulo, era indicada muy brevemente por el Maestro. Consistía simplemente en inclinarse delante de las rodillas del superior (RM 13,61 y 67). Para Benito, consiste sin duda en postrarse por tierra (cf. RB 44,7). Semejante en esto a la satisfacción por las faltas graves, se le asemeja asimismo por su duración indefinida, sometida al juicio del abad. De nuevo la penitencia no tiene nada de mecánico, sino que es confiada al superior como un instrumento para educar al pecador.