Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (74)

Capítulo cuadragésimo sexto: Los que faltan en cualesquiera otras cosas

Si alguno, mientras hace algún trabajo en la cocina, en la despensa, en un servicio, en la panadería, en la huerta o en otro oficio, o en cualquier otro lugar, falta en algo, rompe o pierde alguna cosa, o en cualquier lugar comete una falta, y no se presenta enseguida ante el abad y la comunidad para satisfacer y manifestar espontáneamente su falta, sino que ésta es conocida por conducto de otro, sométaselo a un castigo más riguroso.

Si se trata, en cambio, de un pecado oculto del alma, manifiéstelo solamente al abad o a ancianos espirituales que sepan curar sus propias heridas y las ajenas, sin descubrirlas ni publicarlas (Capítulo 46, versículos 1-6).

La satisfacción por un objeto roto estaba prescrita por Casiano, ya lo hemos dicho. Benito la extiende a los objetos perdidos, y en general a toda clase de falta material. Además, agrega la confesión espontánea de la falta, contrastada con el descubrimiento de ella por medio de un tercero. Sobre este punto, él recuerda visiblemente la Regla agustiniana, según la cual el hermano culpable de haber recibido una carta en forma oculta es perdonado si lo confiesa por sí mismo, y severamente castigado en el caso contrario (Praeceptum IV,11). De nuevo, Benito generaliza: del delito particular de la recepción oculta, del cual, como Agustín, hablará más adelante (RB 54,1-5), pasa aquí al conjunto de faltas externas que pueden cometerse.

Con la confesión secreta de las faltas interiores, volvemos a Casiano (Conferencias 2,12-13; cf. 20,8,8). Éste ya subrayaba el deber de la discreción que tiene el que recibe la confesión. También señalaba que la ancianidad de la edad no bastaba para cualificar para tan delicada función. Es probablemente en lo que piensa Benito al hablar de “ancianos” que son “espirituales”. Ya en los instrumento de las buenas obras, había insertado la recomendación de “manifestar al senior spiritalis” todo mal pensamiento (RB 4,50).

Allí como aquí, se advierte que tales confesiones no están reservadas al padre espiritual por excelencia que es el abad, como lo daría a pensar el quinto grado de humildad (RB 7,44). Éste procede de la Regla del Maestro, que confiere también un papel en este campo a sus “prepósitos” (decanos), pero subordinado al del primer superior: los prepósitos recogen solamente la confesión del hermano tentado y la llevan al abad, y éste se encarga en seguida de proveer a los auxilios espirituales (RM 15). En Benito, nada indica una tal forma de compartir las responsabilidades. Los “ancianos espirituales” parecen tener los mismos poderes que el abad, a quien reemplazan lisa y llanamente cuando se recurre a ellos.

Esos poderes, por lo demás, no son sacerdotales. No se trata de una absolución sacramental que se pide confesándose, sino el remedio de una satisfacción apropiada. Asegurada por monjes que pueden ser no sacerdotes, este ministerio de la dirección apunta solamente -y esta exigencia permanece en el centro del sacramento de la reconciliación- a descubrir el digno fruto de la penitencia por medio de la cual el pecador, gracias a Cristo, volverá y permanecerá en paz con Dios.