Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (75)

Capítulo cuadragésimo séptimo: El anuncio de la obra de Dios

Aún en su brevedad, este capítulo trata de dos cuestiones diferentes: el anuncio del oficio y la forma de recitarlo. En el Maestro, cada una de ellas es tratada en un capítulo diferente, que abren y cierran respectivamente la sección litúrgica (RM 31 y 46; cf. 47). Habiendo anticipado dicha sección, Benito reúne aquí los vestigios de su inicio y su conclusión.

El llamado a la hora de la Obra de Dios, tanto de día como de noche, es competencia del abad. Este puede hacerlo por sí mismo, o puede encargar esta tarea a un hermano solícito, para que todo se haga a su debido tiempo.

Entonen por orden los salmos y antífonas, después del abad, aquellos que recibieron esta orden. Pero no se atreva a cantar o a leer sino aquel que pueda desempeñar este oficio con edificación de los oyentes. Y aquel a quien el abad se lo mande, hágalo con humildad, gravedad y temor (Capítulo 47, versículos 1-4).

En el Maestro, el anuncio del oficio dependía a la vez de dos hebdomadarios, prepósitos o hermanos particularmente cuidadosos, y del abad, quien, advertido por ellos de la llegada de la hora, daba él mismo la señal en el oratorio. En Benito, una sola persona es la encargada, que puede ser el abad, o un hermano designado por él. En una y otra Regla, el recurso al abad en persona, y el cuidado atento requerido de él o de los responsables señalan la importancia que se asigna a la obra de Dios.

Es también la grandeza del servicio divino lo que sobresale en las prescripciones de la segunda parte. El abad mismo, seguido por los hermanos según el orden jerárquico, entonan, es decir, ejecutan, salmos y antífonas. El orden de ancianidad, con todo, no se impone automáticamente. Una orden particular del abad es requerida en cada ocasión, a fin de excluir a quienes no cumplirían la función dignamente.

Se encuentra aquí casi literalmente la nota final sobre los lectores del refectorio (RB 38,12). Pero mientras que, para aquellos, Benito excluye la sucesión por orden de ancianidad, al presente la admite, mediando una selección confiada al superior. Basado sobre el orden de la comunidad (RB 63,1-9), este sistema difiere de aquel del Maestro, que no establecía, al interno de los grupos de diez, ningún orden fijo entre los hermanos.

Ya sabemos que la humildad es particularmente exigida en el oratorio (RB 45,1-2). Es necesario un esfuerzo para conservarla, porque leer o cantar inspiran fácilmente el orgullo (RB 38,2). En cuanto a la gravedad y el temor, estas disposiciones ya eran exigidas por el Maestro para aquellos que salmodiaban (RM 47,1 y 4). Juntas, las tres actitudes respiran ese sentido de la majestad divina que impregna el primer grado de humildad y el capítulo sobre la actitud en la salmodia (RB 19,1-7).