Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (76)

Capítulo cuadragésimo octavo: El trabajo manual de cada día (primera parte)

Bajo un título elíptico, que pasa en silencio la lectura, Benito va a indicar el horario de la jornada según las estaciones, como lo había hecho el Maestro en una exposición tres veces más larga (RM 50). Esta se ubicaba justo después de la sección sobre el oficio (RM 33-49), cuyo inicio y final dejó huellas, lo hemos visto, en el capítulo 47 de san Benito. De las reuniones de oración común, el Maestro pasa, por tanto, a los intervalos de tiempo que las separan: no sea que, dice él, estos tiempos permanezcan sin ocupación. Así se explica la posición de ese tratado de las ocupaciones cotidianas, destinado a llenar el marco constituido por las horas de obra de Dios.

La ociosidad es enemiga del alma. Por eso los hermanos deben ocuparse en ciertos tiempos en el trabajo manual, y a ciertas horas en la lectura espiritual.

Creemos, por lo tanto, que ambas ocupaciones pueden ordenarse de la manera siguiente:

Desde Pascua hasta el catorce de setiembre, desde la mañana, al salir de Prima, hasta aproximadamente la hora cuarta, trabajen en lo que sea necesario. Desde la hora cuarta hasta aproximadamente la hora de Sexta, dedíquense a la lectura. Después de Sexta, cuando se hayan levantado de la mesa, descansen en sus camas con sumo silencio, y si tal vez alguno quiera leer, lea para sí, de modo que no moleste a nadie. Nona dígase más temprano, mediada la octava hora, y luego vuelvan a trabajar en lo que haga falta hasta Vísperas.

Si las condiciones del lugar o la pobreza les obligan a recoger la cosecha por sí mismos, no se entristezcan, porque entonces son verdaderamente monjes si viven del trabajo de sus manos, como nuestros Padres y los Apóstoles. Sin embargo, dispóngase todo con mesura, por deferencia para con los débiles (Capítulo 49, versículos 1-9).

Que la ociosidad es un peligro para el monje, ya Evagrio y Casiano lo habían afirmado rotundamente, sobre todo en sus consideraciones sobre el temible vicio de la acedia. Para este no hay sino un remedio: trabajar. Sin embargo, el trabajo no es solamente una condición del equilibrio moral y de la salud espiritual. Es también un deber respecto del prójimo: el cristiano debe ganar para su sustento y para hacer limosna (Ef 4,28; 1 Ts 4,11; 2 Ts 3,6-12). A su finalidad ascética, la única mencionada por Benito en la sentencia inicial, se agrega un aspecto social, bien marcado por el Maestro al final del pasaje correspondiente (RM 50,6-7).

La repartición del tiempo entre dos ocupaciones, el trabajo manual y la lectura, se remonta a las primeras reglas occidentales. En tanto que Pacomio y Casiano hablaban solamente del trabajo, sin prever un tiempo particular para la lectura, el Ordo monasterii agustiniano ya reserva a estas tres horas sobre las doce que cuenta la jornada. Igualmente, los Cuatro Padres, y después de ellos la serie de reglas lerinenses, pero con una tendencia a reducir las tres horas a dos.

Esta medida, que da a la ocupación espiritual un cuarto del tiempo, marca una reacción contra el monacato galo primitivo, el de san Martín, en que los hermanos disponían de la entera jornada para orar. Llevada también de Oriente a Cartago, esta concepción “mesaliana” (es decir puramente “orante”) de la vida monástica fue vigorosamente combatida por Basilio, Agustín, Casiano y otros. Sin duda es necesario “orar sin cesar” (1 Ts 5,17), pero sin prejuicio de la obligación de trabajar, igualmente inculcada por el Apóstol. Se trabaja, por tanto, durante la mayor parte del día, uniendo la oración a la actividad manual.

Sin embargo, la oración del hombre es una respuesta a la palabra de Dios. Para hablar sin cesar con Dios, primero hay que escucharlo sin cesar. De aquí la necesidad de leer y aprender de memoria la Escritura. La oración continua, acompañando el trabajo, supone tiempos en que el monje no trabaja, sino que lee y memoriza la Biblia. Adquirido en el curso de tres horas cotidianas de lectura, el conocimiento del texto sagrado le permite al trabajador repetirlo a lo largo de la jornada, y así mantenerse continuamente a la escucha de Dios, respondiéndole con breves oraciones.

Semejante al obrero del siglo XX que escucha su radio mientras trabaja, el monje de los siglos IV-V que recita la palabra de Dios es comparado por los ancianos a un rumiante. Como el buey, rumia después de haber comido, se repite a sí mismo la palabra de Dios después de haber leído. Según la Ley de Moisés, los rumiantes son animales puros. De hecho, la repetición de la palabra sagrada mantiene el alma en la pureza como en la oración.

Durante todo el año, el Ordo agustiniano coloca le lectura entre sexta y nona, justo antes de la única comida: tiempo privilegiado en que el hombre en ayunas está en el máximo de sus fuerzas y de su capacidad de atención a Dios. Es también en medio de la jornada, pero más tarde, que Benito hace leer en verano. La comida es habitualmente a mediodía en esta estación, y estas dos horas que preceden a sexta son de una cualidad análoga a aquella de las tres horas del Ordo. Más restringido, el tiempo puede ser completado durante la siesta, como lo muestran las recomendaciones que hace Benito respecto de esta última. En la RM se leía después de la comida, entre nona y vísperas, momento menos propicio.