Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (77)

Capítulo cuadragésimo octavo: El trabajo manual de cada día (segunda parte)

Desde el catorce de setiembre hasta el comienzo de Cuaresma, dedíquense a la lectura hasta el fin de la hora segunda. Tercia dígase a la hora segunda, y luego trabajen en lo que se les mande hasta nona. A la primera señal para la Hora de Nona, deje cada uno su trabajo, y estén listos para cuando toquen la segunda señal. Después de comer, ocúpense todos en la lectura o en los salmos.

En los días de Cuaresma, desde la mañana hasta el fin de la hora tercera, ocúpense en sus lecturas, y luego trabajen en lo que se les mande, hasta la hora décima. En estos días de Cuaresma, reciban todos un libro de la biblioteca que deberán leer ordenada e íntegramente. Estos libros se han de distribuir al principio de Cuaresma.

Ante todo, desígnense uno o dos ancianos, para que recorran el monasterio durante las horas en que los hermanos se dedican a la lectura y vean si acaso no hay algún hermano perezoso que se entrega al ocio y a la charla, que no atiende a la lectura, y que no sólo no saca ningún provecho para sí, sino que aun distrae a los demás. Si se halla a alguien así, lo que Dios no permita, repréndaselo una y otra vez, y si no se enmienda, aplíquesele el castigo de la Regla, de modo que los demás teman.

Y no se comunique un hermano con otro en las horas indebidas (Capítulo 48, versículos 10-21).

En este nuevo horario, como en el precedente, Benito desplaza el oficio de tercia. En lugar de ser celebrado a la hora exacta, se lo retrasa en verano (cuarta hora) y se lo adelante en invierno (segunda hora). Otros desplazamientos se observan en invierno para sexta y nona, y aquí mismo el trabajo se detiene, en Cuaresma, en medio del intervalo nona – vísperas. Comparado al del Maestro, que mantiene los oficios en su hora y hace coincidir con ellos el principio y el fin de las ocupaciones, el horario benedictino es un poco más complicado. Se advierte en Benito la preocupación nueva de ajustar el empleo del tiempo para un mayor beneficio de los usuarios. La búsqueda del tiempo de lectura óptimo se encuentra sin duda al origen de estos tanteos, que liberan el horario del marco estricto de las horas de oración, casi siempre observadas de forma exacta en el resto de la tradición.

Habida cuenta de la brevedad de las horas en invierno, el tiempo asignado a la lectura es casi el mismo que en verano. De una y otra parte, Benito prevé una duración continua de dos horas, con un complemento, facultativo u obligatorio, después de la comida. Pero las dos horas no se ubican en el mismo lugar: en lugar de preceder al mediodía, ocupan aquí la mitad del día. Esta posición inicial es la más tradicional. Alrededor del año 400, se la encuentra casi simultáneamente en Evagrio y Pelagio, en el De virginitate atanasiano  y en la Regla de los Cuatro Padres. Después de esta última, deviene una norma constante en la Reglas lerinenses hasta Cesáreo de Arles y más adelante. Es también entre prima y tercia que el Maestro hace leer en invierno. Aun reduciendo habitualmente ese tiempo en una hora, Benito lo conserva entero en Cuaresma.

Este lugar de la lectura, al comienzo de la jornada, tiene el significado de un homenaje tributado a su dignidad espiritual. Según Pelagio, es la mejor parte del tiempo la que así se consagra a Dios. Antes que cualquier otra ocupación, hay que ponerse a la escucha de la palabra divina. Ya la Tradición Apostólica de Hipólito pedía al cristiano comenzar así su jornada. Hacia 380, la peregrina española Egeria advertía que, en Jerusalén, en Cuaresma, el obispo catequizaba en ese momento a los candidatos al bautismo. Cada día, desde prima hasta tercia, les leía y les explicaba las Escrituras, luego el Símbolo. Numerosos cristianos, ya bautizados, asistían a esa instrucción, que les recordaba su propia iniciación a la fe.

Ese uso cuadragesimal de la Iglesia madre, visitada por innumerables peregrinos, sin duda explica por una parte la amplia difusión de la lectura matutina, que se constata poco después entre los ascetas de las diversas regiones. Y aclara asimismo el sentido de la práctica. “En todo tiempo, dirá Benito en el próximo capítulo, la vida del monje debería tener una observancia cuaresmal” (RB 49,1). Lo que los cristianos presentes en Jerusalén hacían en Cuaresma, los monjes lo hacen todo el año: recordar, por medio de la lectura de la Biblia, las verdades de la fe. El reciclaje anual de la Ciudad santa deviene para los monasterios una especie de formación permanente. Cada día, el monje se pone de nuevo a estudiar esa palabra divina que es su vida.

Las tres horas continuas de Cuaresma representan el uso más antiguo, del cual las dos horas de los otros meses son una mitigación. Como a menudo en la historia de la liturgia, el período sagrado de la preparación a la Pascua conserva la costumbre primitiva. Si la Regla mantiene solo entonces el tiempo de lectura completo, es porque ello exige un esfuerzo costoso, como lo muestra la vigilancia que Benito organiza inmediatamente después. La Biblia es una lectura austera. Permanecer tres horas, personalmente, frente a ella supone generosidad. Y es la Biblia la que se debe leer: solo ella merece el nombre de “lectura divina” (lectio divina) que empleaba Benito al comienzo del capítulo, y la “biblioteca” de la que habla allí está esencialmente constituida de libros bíblicos, con los comentarios de los Padres (cf. RB 9,8).

En esas líneas concernientes a la Cuaresma, muchos detalles llaman la atención. Ante todo, el carácter personal de la lectura, que cada uno hace individualmente, poniendo cuidado en leer su libro de corrido e integralmente; esta indicación contrasta con las descripciones de la Regla del Maestro, en la cual la lectura se hacía por grupos, uno solo leía y los demás escuchaban. Luego, los ancianos que perseguían la ociosidad y las conversaciones, corresponden a un uso sinaítico atestiguado en el siglo siguiente por Juan Clímaco: dos “vigilantes” (episkopous) protegían los tiempos de salmodia, de lectura y de oración privados que ocupaban el final de la jornada (Carta al Pastor, 94; PG 88,1200 C-D, con el n. 83). Por último, el retrato del hermano que ha caído en la acedia. Benito emplea una expresión de san Pablo (1 Tm 4,14). Y cuando quiere que su castigo sea tal “de modo que los demás teman”, piensa en otra palabra del Apóstol (1 Tm 5,20), que citará expresamente hacia el final de la Regla (RB 70,3).