LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (8) | SURCO

LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (8)

Vamos, pues, a instituir una escuela del servicio divino, y al hacerlo, esperamos no establecer nada que sea áspero o penoso. Pero si, por una razón de equidad, para corregir los vicios o para conservar la caridad, se dispone algo más estricto, no huyas enseguida aterrado del camino de la salvación, porque éste no se puede emprender sino por un comienzo estrecho. Mas cuando progresamos en la vida monástica y en la fe, se dilata nuestro corazón, y corremos con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos de Dios. De este modo, no apartándonos nunca de su magisterio, y perseverando en su doctrina en el monasterio hasta la muerte, participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia, a fin de merecer también acompañarlo en su reino. Amén (Prólogo, versículos 45-50).

Esta conclusión del Prólogo es de importancia capital, porque ella enuncia en algunas líneas el proyecto que va a desarrollar la Regla entera. Ya, lo hemos dicho, el Maestro ha ubicado en este final de su comentario de los Salmos el punto esencial de su segunda introducción: la decisión de constituir una “escuela del Señor”, es decir un “monasterio”. El texto del Maestro es reproducido al comienzo y al final del presente parágrafo (Prol 45 y 50). Entre estos dos préstamos a su antecesor, Benito inserta un pasaje original (Prol 46-49), donde precisa su propia concepción de la escuela monástica. Los dos autores definen con igual claridad lo que ellos pretenden instituir en sus respectivas Reglas.

Para el Maestro, la “escuela del servicio del Señor”, o como dice más simplemente, la “escuela del Señor” tiene su carta de fundación en la palabra evangélica: “Tomen mi yugo sobre sus espaldas y pónganse en mi escuela” (cf. Mt 11,29). Ella es el lugar natural de los hombres bautizados, convertidos en hijos de Dios y discípulos de Cristo. Después que la Iglesia, nuestra madre, nos ha proporcionado este nuevo nacimiento del bautismo, la escuela monástica tiene por tarea educarnos para la vida perfecta según el Evangelio. El baptisterio conduce al monasterio. En este no hace otra cosa que escuchar a Cristo a lo largo de la vida y obedecer sus enseñanzas. Porque Cristo es el único maestro, representado por un educador visible, el abad.

Como dice la última frase: “Perseverando en su doctrina en el monasterio hasta la muerte”, supone que “participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia”. Se piensa en los primeros cristianos que perseveraron en la enseñanza de los apóstoles y de Cristo (Hch 2,42; 2 Jn 9), en los llamados a san Pedro o a san Pablo a participar en los sufrimientos de Jesús para ser admitidos a compartir su gloria (1 P 4,13; Rm 8,17). Esta perspectiva trazada por la Regla del Maestro es magnífica, pero aparentemente severa: aquí abajo, la vida entera parece no ser más que una larga pasión con Cristo, la felicidad del reino está reservada para el más allá.

Apropiándose de este programa, Benito juzgó necesario completarlo y matizarlo. Para él la vida presente es una simple preparación dolorosa para la alegría del reino. Ella tiene su parte de “suavidad” (dulcedo), calificada de “inefable”, y esta anticipación de la felicidad celestial resulta del amor con el que se cumplen los mandamientos de Dios.

Antes de llegar a esta afirmación, que precede inmediatamente a las últimas palabras del Maestro y las corrige por adelantado, Benito medita sobre el proyecto de escuela esbozado al comienzo por su predecesor. Pues se trata de una escuela de Cristo respondiendo a un llamado de éste (Mt 11,29), ella deberá presentar las características indicadas por Jesús: “Mi yugo es suave, y mi carga liviana” (Mt 11,30). En otras palabras, no se encuentra allí “nada áspero, nada penoso”. Pero esta máxima de Jesús no es la única. En el mismo Evangelio, Él habla de los dos caminos que siguen los hombres, uno amplio donde la mayoría avanza hacia la perdición, y otro estrecho, tomado por un pequeño número, que conduce a la vida (Mt 7,13-14). Una cierta estrechez y un poco de severidad son requeridos por la escuela de Cristo.

Estas características contrastantes, suavidad y ligereza de una parte, y estricta exigencia por otra, ¿como se concilian? Al igual que muchos otros autores patrísticos, Benito se cuestiona esto, y como muchos de ellos, busca una respuesta en el amor. Sin disminuir las exigencias objetivas de la ley divina, este las hace suaves y ligeras, porque nada es penoso cuando se ama. Este florecimiento, que produce el amor en el seno de las observancias más estrictas, encuentra su símbolo en el “corazón dilatado” del que habla el Salmista (Sal 118, [119]32). El Salterio reconcilia, de este modo, las dos palabras aparentemente opuestas del Evangelio.

Sin embargo, esta solución del problema por el amor, no puede hacer abstracción del tiempo. Solo progresando se puede llegar a él. Esta consideración del tiempo, lleva a Benito a corregir materialmente el Evangelio. Cristo presentó al camino de la salvación como estrecho de un extremo al otro. Según la Regla, es así solamente al comienzo. Pero esta modificación aparente no toca a la sustancia de la enseñanza evangélica, porque el ensanchamiento se da en el corazón del hombre que se desarrolla, no en los preceptos divinos, que guardan todo su rigor.

Partiendo de las palabras “instituir una escuela”, la meditación de Benito sobre el texto del Maestro, desemboca, por tanto, en la dimensión del tiempo, donde ella retoma la perspectiva de “perseverancia hasta la muerte” trazada por la otra Regla. Entre los dos tramos de la frase del Maestro se han deslizado muchas nociones importantes, de las cuales percibiremos pronto los ecos: la “razón de equidad”, la “enmienda de los vicios y la conservación de la caridad”, la preocupación de no asustar a los débiles que podrían huir, el carácter dinámico de la vida religiosa (conversatio), que es “progreso” y “carrera” hacia la perfección. Para terminar, notemos el toque místico que aporta el epíteto “inefable” dado por Benito a la “dulzura de caridad”, el mismo adjetivo que califica en san Pablo a los gemidos del espíritu en el corazón de los hijos de Dios (Rm 8,26).