LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (9)

Capítulo primero. Sobre los géneros de monjes

Este capítulo se termina en el Maestro con una amplia presentación del abad, tercer elemento constitutivo del cenobitismo. A falta de este fragmento final, suprimido por Benito, que conserva en la definición inicial de los cenobitas, la enumeración de los tres pilares del monacato comunitario: el monasterio, la regla, el abad. Mencionado aquí, por primera vez, este último es presentado al menos con una palabra.

Al describir las diversas especies de monjes, el Maestro y san Benito siguen a Casiano (Conferencias 18,4-8), que se inspiró en san Jerónimo (Epístola 22,34-36). Lo que estos autores decían sobre los monjes de Egipto, nuestros dos legisladores lo extienden al conjunto del monacato a través del mundo. Los tres primeros tipos se encuentran en todas las descripciones. Solo la cuarta es propia de nuestras dos Reglas.

Es sabido que hay cuatro clases de monjes. La primera es la de los cenobitas, esto es, la de aquellos que viven en un monasterio y que militan bajo una regla y un abad. La segunda clase es la de los anacoretas o ermitaños, quienes, no en el fervor novicio de la vida religiosa, sino después de una larga probación en el monasterio aprendieron a pelear contra el diablo, enseñados por la ayuda de muchos. Bien adiestrados en las filas de sus hermanos para la lucha solitaria del desierto, se sienten ya seguros sin el consuelo de otros, y son capaces de luchar con solo su mano y su brazo, y con el auxilio de Dios, contra los vicios de la carne y de los pensamientos (Capítulo 1, versículos 1-5).

Los cenobitas, término griego que significa “los que viven en común”, son mencionados en primer lugar por varias razones. Desde luego porque de ellos es que va a tratar toda la Regla. Luego, porque los anacoretas salen de su rango y suponen su existencia. En fin, porque según Casiano, son los primeros en aparecer en la historia: el cenobitismo no sería sino la continuación de la Iglesia primitiva, donde todo se ponía en común para ser un solo corazón y una sola alma. De esta tradición cenobítica, ininterrumpida desde el tiempo de los Apóstoles, habrían surgido en el siglo tercero los primeros anacoretas, como san Antonio.

La definición, tan bien explicada de los cenobitas los presenta como formando comunidades (“monasterios”), luego indica las dos autoridades que los rigen: una ley y una persona, la regla y el abad. El verbo que caracteriza su manera de vivir, dice un poco más que “servir”, como lo traducimos. Literalmente los cenobitas “militan” bajo su abad, como el postulante, según Benito, quiere “militar” bajo Cristo Rey (Prol 3). Pero militare en tiempos del Bajo Imperio, designa todo tipo de servicio público, militar o no.

Los anacoretas o ermitaños, dos palabras que evocan el retiro fuera del mundo en el desierto, tienen más explícitamente figura de combatientes. De su descripción, la imagen del combate repercute en los cenobitas, entre los cuales se han formado para la lucha. Preciosa aclaración que pone de relieve un aspecto mayor del cenobitismo: el antagonismo con el diablo que fomenta los “vicios de la carne y los pensamientos”. Toda vida monástica tiende a liberar al hombre, con la ayuda de la gracia divina, de estos enemigos de Dios.

Por lo tanto, cenobitas y ermitaños se asemejan a un frente de batalla de donde salen los combatientes individuales. Esta metáfora guerrera es la única que usan el Maestro y Benito, mientras Casiano agregaba otro contraste: el de la “vida activa” y la “vida contemplativa”, es decir de la ascesis purificadora, para la cual un marco comunitario es indispensable, y de la unión continua con Dios, que favorece la vida solitaria. En una y otra perspectiva, el eremitismo aparece como una continuación del cenobitismo, del cual cultiva de forma más intensa algunas renuncias y algunos valores. En este sentido la anacoresis está más allá del cenobitismo. Requiere una formación comunitaria previa y la supera.

Según nuestras dos reglas, como ya antes Casiano, los dos géneros de vida son no tanto opuestos cuanto solidarios, el primero prepara al segundo y este actualiza algunas virtualidades del primero. Esta tradición, de origen egipcio, se distingue netamente de la visión de san Basilio, que aprueba solamente la existencia comunitaria, excluyendo la vida solitaria. A diferencia del cenobitismo basiliano, el de Benito permanece abierto. En la práctica, las dos clases auténticas de monjes han crecido en simbiosis y se han fecundado mutuamente. El eremitismo tiene necesidad de una base cenobítica, y le falta algo al cenobitismo si no considera el modelo de extrema renuncia y de conversación constante solo con Dios, propio de la anacoresis.