¿POR QUÉ TENEMOS HOY NECESIDAD DE SANTA GERTRUDIS? (I)

Santa Gertrudis en inspiración, Lucas Valdés, 1680; paño central del retablo dedicado a la santa en la Iglesia

del Real Monasterio Cisterciense de San Clemente (Sevilla)[1].

 

Mauro-Giuseppe Lepori, OCist[2]

Extracto: Hoy tenemos necesidad de santa Gertrudis porque ya no vivimos de experiencia, ya no adherimos a la realidad presente: vivimos de sueños y de prejuicios, proyectados en un futuro inexistente, o anclados en un pasado inmutable. En cambio, la experiencia de Gertrudis ha dilatado su cotidianidad. Tenemos necesidad de su experiencia para poderla hacer nosotros mismos en el ámbito de la vida ordinaria, que, vivido a través de las cosas cotidianas, pueda dilatarla y hacerla apasionante. El carisma profético de la experiencia y del testimonio de los místicos es el de llamarnos la atención sobre el reino de Dios, que está aquí presente en medio de nosotros. Esto vale para la vida monástica pero también para toda vida cristiana. Por eso tenemos necesidad de santa Gertrudis. Pero también santa Gertrudis tiene necesidad de nosotros, para continuar anunciando a través de nuestra vida, que Dios es amor.

 

1. La necesidad de una experiencia

Tal vez hubiera sido mejor que yo interviniera el final del Congreso[3], cuando todos los demás relatores -expertos en santa Gertrudis, como yo no lo soy- nos habrán demostrado desde diversos ángulos, la importancia de esta santa y de su doctrina. Pero es cierto, precisamente por eso, que al final de Congreso yo no habría tenido ya nada más que decir. Lo que quisiera quizás subrayar, al inicio de los trabajos de estos días, es la situación de necesidad en que precisamente nos encontramos, y la necesidad de personas y de palabras que nos alcancen con una experiencia de vida, de santidad, de sabiduría, que permita al hombre de hoy llenar un vacío inconfesado, pero que se traiciona cada vez más dolorosamente en todos los ambientes de la vida social, política, cultural y también eclesial.

Lo que falta dramáticamente al hombre contemporáneo, también al hombre cristiano, también al hombre y a la mujer que viven una especial consagración, o al menos que están comprometidos en una forma definida de vida y vocación, familiar, religiosa, sacerdotal, lo que falta, diría que es sobre todo -disculpen si lo expreso así- la experiencia de la experiencia.

No es solo la cultura virtual contemporánea, la que ha creado este vacío. El idealismo moderno y luego el ideologismo consecuente, que ha reinado hasta el fin del siglo pasado, han gestado, en el hombre contemporáneo, una relación con la realidad, por la que cree poder prescindir de la experiencia, o más bien, cree estar satisfecho sin experiencia, no tener necesidad de poseer la verdad, de poseer la belleza, de poseer la bondad, o la felicidad; de poseer en síntesis, la propia humanidad cumplida, lo que hace un tiempo se osaba todavía llamar “santidad”.

Es como si la realidad se hubiera convertido totalmente en un espectáculo al cual asistimos como espectadores y no como protagonistas. También porque asistir a un espectáculo nos parece mucho más interesante que la vida cotidiana, que las relaciones cotidianas. Por lo cual preferimos ser espectadores de un gran espectáculo irreal, más bien que protagonistas de una vida mezquina. En todo caso, la vida cotidiana mezquina nos parece un poco interesante, si en ella logramos imitar el espectáculo del cual somos espectadores. Pero sabemos perfectamente que el espectáculo que imitamos entre los bastidores no hace más que expulsar nuestro corazón aún más atrás, en bastidores detrás de los bastidores. Todo esto que reducimos a espectáculo, aunque fuera nuestra vida, nos hace retroceder a la distancia necesaria al espectador, para poder ver desde lejos. Esta relación “espectacular” con la realidad nos aleja sobre todo de nosotros mismos, porque ahí donde no hacemos experiencia, ahí no estamos, no estamos presentes. No vivimos.

Y cuando no se vive de experiencia, se vive de sueños o de prejuicios. El prejuicio es un juicio que pretende extraer del pasado una previsión para el futuro, huyendo del presente, no adhiriendo a la realidad presente. El prejuicio no mira, no experimenta el ahora.

 

2. Una experiencia que dilata la cotidianidad

No puedo profundizar aquí este análisis, que no pretendo especialmente profundo ni genial, pero pienso que es importante tenerlo en cuenta al momento de ponernos a considerar la experiencia que ha vivido y testimoniado santa Gertrudis. Porque es sobre todo este, el peso específico de sus escritos: hablan de una experiencia, relatan una experiencia y una experiencia en la cual lo que es apasionante, lo que es grande, maravilloso, no es un espectáculo que se desarrolla lejos de la vida, del corazón, de la cotidianidad de la vida diaria, extremamente banal y monótona de una monja de clausura medieval, en la cual, encima, está encerrada desde la edad de cinco años. Los escritos de santa Gertrudis hablan en cambio de una experiencia grande, vivida dentro de la cotidianidad, dentro de la realidad diaria de la vida. Una experiencia que no cancela la mezquindad de lo cotidiano pero que la dilata a las dimensiones que son infinitas sin ser metafísicas, que son eternas sin ser abstractas.

Gertrudis hace real experiencia de Jesucristo dentro de la cotidianeidad de su vida de monja, que en el fondo es la cotidianidad de la vida cristiana. Todos los elementos fundamentales de la vida cristiana, de la vida eclesial, son vividos por lo que son y deberían ser, es decir como modalidad de un encuentro real con Cristo, de vida con Él, con Él que salva la vida, que la transforma, que la hace plena, plena de sentido, de belleza, de intensidad; y en esto, llena de participación en la misión salvífica de Dios, es decir de caridad universal, de misericordia hacia todos.

La vida consagrada actual, por ejemplo, tiene una gran necesidad, también -y diría, sobre todo- cuando es vivida por los jóvenes, de que toda la metodología monástica, todas las prácticas y observancias monásticas, recuperen su sentido y su consistencia de ser esencialmente funcionales a la experiencia de encuentro y de relación con Jesucristo. No hay nada más antinatural y abusivo que vivir la vida monástica, en todos sus aspectos, por sí misma, y no para educarnos a abrirnos a la comunión con un Dios presente. No hay nada más absurdo que escuchar la palabra de Dios, sin escuchar a Dios; que adorar la eucaristía, sin comunión personal con Dios y con los hermanos; que vivir en comunidad, sin vivir en el Cuerpo de Cristo; que perder la vida, sin perderla por Cristo; que hablar de Él, sin hablar con Él, sin dialogar con Él.

Todo el espectáculo de la fe se reduce así a un espectáculo exterior que no penetra en el corazón, en la vida, que por lo tanto no testimonia al Señor, un Señor reconocido presente y vivo en medio de nosotros, como lo reconoce Juan en el lago de Tiberíades –“¡Es el Señor!”[4]- provocando el reconocimiento de Él, de parte de los demás. Porque esta es la misión de cada cristiano: un reconocimiento de Cristo, que lo testimonie presente para amar y salvar a todos.

 

3. No nos olvidemos de amarlo

Santa Gertrudis, como en el fondo todas las figuras místicas que han sido proféticas para su tiempo y los tiempos sucesivos, ha hecho una experiencia cuyo testimonio ha sabido sacudir, despertar, transformar precisamente esta distracción del vivir una experiencia real de Dios, de Cristo, en la vida. Si, justamente como cuando san Juan en la barca, reconoce la presencia de Jesús y la testimonia a los demás: “¡Es el Señor!”, que fue como decir: “¡El Señor está presente, mirémoslo, vayamos a su encuentro, amémoslo!

En mi monasterio vivía un hombre que venía de varias decenas de internamientos psiquiátricos por una grave forma de esquizofrenia y no sé qué más. No sé ni siquiera como había llegado a nosotros. De todos modos, con el tiempo nos sorprendió cada vez más por la solidez de su relación con Cristo, para el cual era, sí, loco, pero loco de Dios. Un día, pasando por la calle que rodea la Abadía, vio en el techo, muy alto, en la sima de los tres pisos del edificio, unos obreros trabajando. Les gritó: “Por favor, presten atención: Y si ven a Jesús, si lo encuentran, ¡no se olviden de amarlo!” Este es el mensaje que nos lanza la mística cristiana, un mensaje que nos sacude en medio de nuestras ocupaciones cotidianas para llamarnos a un reconocimiento amante de Cristo, por el cual uno descubre que, precisamente su propia situación, la circunstancia que vive, son en realidad una oportunidad siempre abierta de encuentro con el misterio de da plenitud a la vida.

También en el lago de Tiberíades todos habían visto el milagro de la pesca extraordinaria, imposible según la  naturaleza, pero habrían podido quedarse allí, complacerse del hecho, de esa abundancia, de esa sorpresa. Habrían podido, por añadidura, pensar simplemente cuánto habrían ganado aquel día, vendiendo aquellos ciento cincuenta y tres peces gordos en el mercado. Juan, es decir el místico, el profeta, no se queda ahí, y reenvía al reconocimiento de una presencia que espera el encuentro, la comunión, la amistad con nosotros. Y es de hecho una espléndida y conmovedora escena de amistad la que se desarrolla enseguida, a la costa del lago, al amanecer, compartiendo en silencio un buen pescado asado, en torno al fogón. Para no hablar del diálogo entre Jesús y Pedro, que cada uno de ellos debe haber sentido resonar dentro de sí, para sí: “¿Me amas tú?”; “sí, sabes que te amo”; “apacienta mis ovejas”; “sígueme”[5]. Estas palabras no eran solo para Pedro; por eso Jesús ha querido que este diálogo tuviera lugar delante de todos, en torno al fuego. Cada uno estaba invitado a hacerlo propio, a interiorizarlo.

Pero para llegar allí, para llegar a tanto, para llegar a esta experiencia de Cristo común, compartida, además de la iniciativa de Cristo mismo, que es siempre original, siempre anterior a toda iniciativa nuestra, se necesita el grito profético del discípulo amado, del amigo preferido de Jesús: “¡Es el Señor!”. Los otros, se tiene casi la impresión de que están ya habituados a volver a la vida diaria como si Cristo no estuviese presente, como si el Resucitado no incidiera mucho sobre su corazón y las experiencias cotidianas. Habían ido a pescar y está bien, uno tiene que vivir; y es precisamente en esa cotidianidad que Jesús ha querido alcanzarlos, pero después de la noche sin pescar nada, están malhumorados, se hablan con monosílabos y cuando Jesús pide inocentemente si tienen un poco de pescado, le responden en seco: “¡No!”, que quería decir: “¡Sólo nos faltaba que un extraño viniera a molestarnos!”.

Tienen necesidad de un despertar al reconocimiento de Jesús en su vida, de que se renueve lo extraordinario de su presencia, pero también de que alguno lo reconociera y anunciara primero. Este es propiamente el rol de los místico en la Iglesia y esto es de lo  que tenemos siempre necesidad, lo que necesitamos más que nunca, más que nunca hoy, porque estamos hoy más distraídos que nunca, porque estamos inmersos en una cultura de la distracción como nunca ha existido, en una cultura en la cual la distracción y el olvido son goteados constantemente y en forma capilar a nuestros ojos, a nuestros oídos, a nuestros pensamientos y sentimientos. Más que nunca tenemos necesidad de personas místicas que en medio de todo esto se arriesguen a anunciarnos, partiendo de una experiencia y de un reconocimiento real: “¡Es el Señor!”: ¡El Señor está! ¡El Señor está aquí! “¡El maestro está aquí y te llama!”[6]. Precisamente por eso tenemos necesidad de santa Gertrudis.

Evidentemente no solo de ella tenemos necesidad, como después de la resurrección no fue tampoco Juan el único en reconocerlo. La primera de hecho fue una mujer, María Magdalena, tanto en reconocerlo como en dar testimonio de su presencia. Pero es un hecho innegable que hay personas en la historia de la Iglesia que han recibido un carisma particular de evidencia para reconocer a Cristo, y de profecía para testimoniarlo, y testimoniarlo de modo tal que su experiencia pueda responder a nuestra necesidad de vivirla también nosotros mismos. El carisma de Juan de poder reconocer con simplicidad al Resucitado ha permitido a Pedro y a los demás vivir la misma experiencia de encuentro con Él, que ha agudizado en ellos la vigilancia y la disponibilidad para reconocer a Cristo en su propia vida. 

Continuará

 


[1] El retablo de Santa Gertrudis, ubicado junto al púlpito, en el muro de la epístola, constituye un conjunto pictórico grandioso, de estilo barroco, fechable en los últimos años del siglo XVII. En el centro se encuentra el gran lienzo de Lucas Valdés, Santa Getrudis en inspiración, de 1680. Rodeando el cuadro aparecen diversas escenas de la vida de Gertrudis, que representan algunas de sus visiones y sus cualidades como monja benedictina. Son en total once escenas, que iremos publicando en las ediciones sucesivas.

[2] Mauro Giuseppe Lepori, nació en Lugano en 1959; se graduó en filosofía y teología en la Universidad de Friburgo; desde 1984 es monje cisterciense en Hauterive. Siendo maestro de novicios, fue elegido abad en 1994. Siendo miembro del Consejo del Abad General desde 2005, fue elegido Abad General de la Orden Cisterciense den 2010. Es autor de numerosos libros y artículos traducidos a varias lenguas.

[3] Continuamos publicando aquí la traducción de las actas Congreso: “LA “DIVINA PIETAS” E LA “SUPPLETIO” DI CRISTO IN S. GERTRUDE DI HELFTA: UNA SOTERIOLOGIA DELLA MISERICORDIA. Atti del Convegno organizzato da Istituto Monastico della Facoltà di Teologia Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, Roma, 15-17 novembre 2016. A cura di Juan Javier Flores Arcas, O.S.B. - Bernard Sawicki, O.S.B., ROMA 2017”, Studia Anselmiana 171, Pontificio Ateneo S. Anselmo, Roma 2017. Cfr. el programa del Congreso en esta misma página: http://surco.org/content/convenio-divina-pietas-suppletio-cristo-santa-gertrudis-helfta-una-soteriologia-misericordia. Traducido con permiso de Studia Anselmiana y del autor, por la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso. 

[3] N. de T.: Por su excesiva caridad.

[4] Jn 21,7.

[5] Jn 21,15-17.

[6] Jn 11,28.