SANTA GERTRUDIS, MONJA DE HELFTA (I)

Santa Gertrudis, imagen de molde en yeso policromado, realizada en la Parroquia Santa Gertrudis de Grecia, Costa Rica, 2016 y donada a la Abadía Mount Saint Mary, Wrentham, Massachusetts, USA.

 

Thomas Merton, ocso[1]

En el año 1563[2], la famosa colección de las visiones de santa Gertrudis, el Legatus Divinae Pietatis o “El Heraldo del Amor divino” fue redescubierta y editada por el escritor y teólogo cartujo Lanspergius. Esta fue la ocasión propicia para que la espiritualidad del gran siglo XIII cisterciense, fuera puesta muy a tono con la devoción de la edad moderna. En efecto, ella fue quien, junto con su madre espiritual santa Matilde, había sido en realidad la primera en penetrar en la profundidad del misterio del Sagrado Corazón de Jesús y en predicar las maravillas del amor de Cristo por nosotros, en cuanto hombre y en cuanto Dios, bajo el símbolo del Sagrado Corazón.

El amor del corazón divino hacia todos nosotros es, por lo tanto, el tema que domina todo lo demás, en el misticismo de santa Gertrudis de Helfta, y es sobre todo esto lo que hace su enseñanza tan popular y útil para religiosos y laicos igualmente. El Padre Ailbe Luddy, un monje de nuestro tiempo[3], ha dicho con razón de santa Gertrudis que “de todos los visionarios cristianos desde los tiempos apostólicos, ella es indudablemente la más consoladora”[4]. Y esto es por demás cierto, ya que la contemplación del corazón divino llenó el corazón de esta santa con nada más que confianza y seguridad. Sus visiones son todas supremamente optimistas y su enseñanza exalta la misericordia de Dios por medio de repetidas advertencias a las almas para que no se dejen caer en el desánimo por sus faltas e imperfecciones. La infinita ternura de Cristo absorberá todos sus errores si ellas solo se abandonan a su amor y su misericordia.

No hay nada áspero, nada difícil, nada exagerado, nada terrorífico en el misticismo de santa Gertrudis y su vida no está marcada por ningún tipo de mortificaciones fantásticas o extraordinarias, que hacen temer a la persona promedio, como en el caso de muchos de los grandes santos, especialmente en la edad media. Sus visiones son todas fáciles de comprender y su vida no es difícil de imitar, al menos para un religioso con una cuota normal de generosidad.

Esta es indudablemente la razón por la cual ella ha ejercido tan fuerte atracción sobre generaciones de religiosos, y por la cual sus libros están entre los más populares de las bibliotecas de muchos conventos. Y esto parece dejar pocos motivos para dudar de que Dios en su misericordia la eligiera especialmente para este tipo de misión en la Iglesia. Cristo le habló muchas veces en visiones de su ardiente deseo del amor de los hombres, y al mandarle poner por escrito sus visiones, explícitamente declaró que Él quería que su libro sirviera como medio para atraer a las almas más estrechamente a Él, en la confianza y el amor. Tanto es así, que le prometió que su libro tendría casi el carácter de un sacramental: “Si alguno leyere este libro para su propio progreso espiritual -dice Jesús a santa Gertrudis-, lo arrastraré a mí de tal modo que será como si yo mismo hubiera tomado el libro en mis manos y me hubiera asociado a su lectura”[5].

Cuando santa Gertrudis temía que su obra fuera solo un engaño de su orgullo y resolvió abandonarla, Cristo se le apareció de nuevo y le dijo: “Puedes tener por cierto que tu voluntad no dejará la prisión de tu cuerpo hasta que hayas pagado tu deuda hasta el último centavo”. ¡Sus visiones no habían sido solo para sí misma! Lejos de esto. Ella tenía echada sobre sus hombros solo la pesada obligación de transmitir el mensaje de Cristo a todos. Ella debía ser el Heraldo, el Legado, el Embajador del Amor divino. Y entonces nuestro Señor agregó: “Deseo que tus escritos sean un irrefutable testimonio de mi amor divino en estos últimos días en los cuales planeo hacer el bien a muchas almas”[6]. Fue Jesús mismo quien deseó que el título de su libro fuera “El Heraldo del amor divino” y por lo tanto declaró a la santa que el libro ya no sería más de ella sino Suyo. Él era el autor: “Este libro, que es mío, deberá llamarse ‘Heraldo del amor divino’, porque en él las almas encontrarán un pregusto de la superabundancia de mi amor divino”[7].

Santa Gertrudis nació en Sajonia en 1256; entró en el convento a la temprana edad de 12 años. La pequeña comunidad de monjas cistercienses de Helfta se había trasladado solo recientemente a ese sitio, aunque había sido fundada en 1229 en Mansfeld, Sajonia. Con todo, este era un convento cisterciense solo en un sentido amplio. Las hermanas seguían más o menos los usos cistercienses pero no estaban afiliadas oficialmente a la Orden, ni sujetas al régimen de visitas, ni eran monjas dirigidas por monjes cistercienses. Esta es la explicación de la larga controversia acerca de la filiación del convento de Helfta, el cual es frecuentemente señalado como “benedictino”. La dirección espiritual de las monjas estuvo probablemente en manos de sacerdotes benedictinos, pero de todos modos, el convento fue fundado por una comunidad cisterciense: San James de Harberstaldt. En la donación de la tierra a las monjas, cuando estas construyeron (el monasterio) en Mansfeld, la comunidad es explícitamente mencionada como cisterciense[8]. Otros documentos oficiales del tiempo de la vida de santa Gertrudis se refieren a Helfta como un convento de monjas cistercienses.

La razón por la cual ellas no fueron abiertamente afiliadas a la Orden fue que en 1228 el Capítulo General de Císter vetó la admisión de nuevos conventos de monjas a la Orden. Los padres capitulares no se opusieron a que las casas independientes siguieran los usos cistercienses pero se negaron a asumir responsabilidad alguna hacia esas comunidades, puesto que había habido un tremendo incremento del número de abadías cistercienses por toda Europa y la carga era ya demasiado grande.

Continuará

 


[1] Thomas Merton (31 de enero de 1915 - 10 de diciembre de 1968), monje trapense de la Abadía de Getsemaní, Kentucky, fue un escritor católico, poeta, místico, activista social y el estudioso de las religiones comparadas. En 1949 fue ordenado sacerdote y se le dio el nombre de Padre Louis. Escribió más de 70 libros, en su mayoría sobre espiritualidad, justicia social y un pacifismo cristiano, así como decenas de ensayos y opiniones. Entre sus obras más perdurables está su autobiografía: La montaña de los siete círculos (1948), considerada entre los 100 mejores libros no de ficción del siglo XX. Merton fue un defensor entusiasta de las religiones comprensión. Fue pionero en el diálogo con las figuras espirituales asiáticas prominentes, como el Dalai Lama, el escritor japonés DT Suzuki, el monje budista tailandés Buddhadāsa, y el monje vietnamita Thich Nhat Hanh, y es autor de libros sobre el budismo zen y el taoísmo. En los años transcurridos desde su muerte Merton ha sido objeto de varias biografías, sus obras continúan siendo publicadas y despiertan el interés de un amplio público dentro y fuera de la religión cristiana.

[2] Este ensayo publicado en Cistercian Studies Quarterly (= CSQ) 38.4 (2003): 451-58 (Copyritgh 2003 del Thomas Merton Legacy Trust), pertenece a los escritos monásticos tempranos de Merton, dentro de una serie de presentaciones biográficas de los santos y beatos de la edad de oro cisterciense (siglos XII y XII). Si bien el texto tiene un cierto estilo apologético y contiene algunas imprecisiones históricas debidas a que el autor manejaba en su momento una edición no crítica de las obras de santa Gertrudis, sus intuiciones sobre la influencia de santa Gertrudis en la historia de la espiritualidad y sobre la relevancia de su doctrina para nuestro tiempos, continúan siendo vigentes y autorizadas. Traducción y publicación con autorización de CSQ y del Thomas Merton Legacy Trust. Tradujo la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[3] Monje de la Abadía cisterciense de Mount Mellerey en Irlanda.

[4] Ailbe J. Luddy, St. Gertrude the Great: Ilustrious Cistercian Mystic (Dublin, 1930).

[5] L Pr.

[6] L II 10,5.

[7] L Pr.

[8] “Ad sustentationem sanctimonialium cisterciensis ordinis quae in novella plantatione nostra juxta Mansfeld collocavimus” (para el sustento de las santas monjas de la orden cisterciense que instalamos en nuestra nueva fundación junto a Mansfeld); cfr. P. Emil Michael, sj, “Die hl. Mechtilde und die hl. Gertrud die Grosse Benediktinerinnen?”, ZKTh (= Zeitschrift für Katholische Theologie) 23 (1899): 548-552; también Luddy, citado en nota 4.