SANTA GERTRUDIS, MONJA DE HELFTA (III)

Santa Gertrudis, grabado del oficio de misa “Die XVI Novembris. Officium in Festo Sanctae Gertrudis Magnae”, México, Herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, 1721. Fondo Conventual, Colección General, XXI. 3,27. Conaculta - Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), México.

 

Thomas Merton, ocso 

Hemos dicho[1] que la clave de su espiritualidad era la confianza: eso significa también el abandono. Los dos deben ir juntos. Si se separan, la confianza puede degenerar en presunción y el abandono puede convertirse en una especie de fatalismo. Los ojos de la fe le mostraron la grandeza del amor de Dios por ella y la infinitud de su poder. Así, la confianza la impulsó a eliminar todos los límites de su abandono en la voluntad divina, en su amorosa y misericordiosa Providencia. Buscaba las manifestaciones más insignificantes de los deseos de Cristo y los recogía como fragmentos de un tesoro que ella hizo suyo, poniéndolo en práctica.

Por eso su divino Esposo alabó a santa Gertrudis, hablando de ella a santa Matilde en los siguientes términos: “Caminando a cada instante en mi presencia, ella solo busca conocer lo que puede complacer mi Corazón. Y así, tan pronto como descubre que algo es mi voluntad, se aplica con toda su fuerza a llevarlo a cabo, para volver luego a descubrir mis otros deseos y satisfacerlos sin demora: y de este modo, toda su vida está consagrada a mi honor y a mi gloria”[2].

Todo esto suena muy simple, bello y fácil. Si uno pudiera ver siempre la vida religiosa en esta luz, ¡qué consolador sería! Sin embargo, Gertrudis, como prácticamente todo aquel que ha tratado alguna vez de seguir el camino de la perfección monástica hasta las alturas de la santidad, tuvo suficientes oportunidades para darse cuenta de su propia impotencia, su debilidad e imperfección. No todos los días ella veía cada nota que cantaba en el coro, volando como una flecha hacia el Corazón de su Amado. Pero sus distracciones sólo le sirvieron como material para construir el edificio de su confianza en el amor misericordioso de Dios. Una vez en que ella luchaba en vano para mantener su atención a los salmos que tenía delante, nuestro Señor, «incapaz de soportar la visión de su infelicidad, le presentó como con sus propias manos su Sagrado Corazón como una lámpara encendida. “Pon toda tu confianza en este Corazón -le dijo-, y él llevará a cabo todo lo que tú no puedas lograr perfectamente por ti misma”». Y cuando Gertrudis quedó atónita ante tal don, Cristo le dio su explicación: puso ante su mente el ejemplo de dos cantantes: uno de ellos un artista consumado que podía realizar todo con la mayor facilidad, y el otro una persona sin oído, ni voz, ni talento. ¿Cómo sería si éstos trataran siempre de empujarse y tomar el lugar del buen cantante, cuando este último estaba ansioso por llenar su parte por él y llenarlo bien? “Y así mi Divino Corazón -dijo Jesús en conclusión- conociendo la debilidad y la inconstancia de los hombres, desea con un inmenso ardor que lo invites a reemplazarte y llevar a cabo por ti lo que eres completamente incapaz de hacer por ti misma”[3].

El Heraldo del Amor Divino es un libro pintoresco, lleno de escenas agradables y atractivas que presentan los misterios del Amor Divino en términos que la mente más simple puede entender y poner en la práctica. Jesús explica el abandono de santa Gertrudis comparándola con una novia caminando con su esposo en un jardín, y arrancando rosas. Por supuesto, la novia está completamente absorta en su cónyuge y presta poca atención a las rosas. Ella toma cada flor que él arranca y la añade a su ramo, simplemente porque es la que su amado le ha dado. “Es lo mismo con el alma que tiene fe”, le dijo Jesús a la santa: “Mi voluntad es toda su alegría, y ella se deleita en esta voluntad como en un jardín de flores. Si yo le doy salud o la saco de esta vida, ella acepta todo como una sola y misma cosa, porque, al estar llena de confianza, se abandona totalmente a mi bondad”[4].

Estas citas son ampliamente suficientes para demostrar lo cerca que está Gertrudis de la tradición de ascetismo que fue transmitida por los escritores de la escuela francesa -particularmente san Juan Eudes- a la devoción moderna, y que está representada en el misticismo del abandono tal como lo predica Benigna Consolata o santa Teresa de Lisieux, por mencionar sólo dos de las más importantes. Directamente e indirectamente, santa Gertrudis ha hecho mucho para dar forma al curso de la espiritualidad en la Iglesia moderna.

Todo lo que se ha dicho sobre su doctrina de la confianza y el amor, nace de la gran realidad de su vida: el Sagrado Corazón de Jesús. Este misterio, reservado para los últimos días de la Iglesia, cuando la fe ha comenzado a enfriarse en el mundo, es el misterio impenetrable del amor de Dios por todos nosotros, un amor que se encarnó, vivió entre nosotros, murió por nosotros en la Cruz y vuelve para estar con nosotros en el Santísimo Sacramento. Fue un amor que obsesionó positivamente a Santa Gertrudis con el refrán: “Mi delicia es estar con los hijos de los hombres”[5].

Fue esta ternura lo que más absorbió su atención cuando ella consideraba el Corazón de Jesús: esta inefable condescendencia que hizo que Dios deseara la compañía y la felicidad de los hombres ingratos, a pesar de toda su frialdad y su desatención para con Él. La contemplación del Corazón de Jesús, es decir, de su amor infinitamente perfecto por nosotros, no puede menos que poner de relieve el desalentador espectáculo del pecado: pero la reacción de santa Gertrudis no fue como la de santa Margarita María, con su ardiente deseo de hacer reparación por la justicia y bondad de Dios ultrajadas. Gertrudis sólo podía hundirse más y más en el abismo de la humildad y devolver el amor de Cristo por medio de la confianza.

El hecho es que a santa Gertrudis nunca se permitió olvidar mientras estuvo en la tierra, que el trabajo de su santificación aún no estaba completo. Dios la humilló dejándole algunos defectos de carácter que no pasaron desapercibidos en el convento en el que vivía. Ella era un tipo de persona crítica y ocasionalmente daba expresión externa a ciertos movimientos medio voluntarios de orgullo e irritación. Cuando se menciona este hecho, resulta un consuelo para los corazones de los religiosos que se dan cuenta, para su vergüenza, de cuán pronto puede uno a veces llegar a ser un fariseo en el convento o en el monasterio. Pero el cielo ayuda al monje que se permite acostumbrar a la falta de caridad y al juicio precipitado, en un terreno que no es sólo una purificación de su alma, sino incluso un signo de posible santidad. Ya que los santos han sido así tentados. A veces nos olvidamos de comparar la resistencia con la que los santos se esforzaron por superar estos movimientos de la naturaleza, con nuestra propia negligencia autocomplaciente.

Por último, y esto es algo que no es tan moderno en ella, el misticismo de santa Gertrudis es profundamente litúrgico. Sus visiones no son, sin duda, una secuencia lógica de comentarios sobre las fiestas del año litúrgico, pero muchas de sus visiones encuentran su punto de partida, y a veces las líneas de su pleno desarrollo, en el motivo litúrgico de alguna fiesta.

La vida religiosa de santa Gertrudis, a diferencia de la de santa Matilde, no la llevó a ninguno de los cargos importantes de la comunidad. Toda su misión fue la de ser apóstol del amor divino, predicar el amor del Sagrado Corazón e inflamar a las almas con el deseo de corresponder a ese amor. Y de paso, frecuentemente tomó las armas contra esa falsa humildad que mantenía alejadas a las almas de la sagrada Comunión y llenaba sus corazones con una especie de fría desconfianza hacia Cristo, a causa de nuestras inevitables debilidades humanas.

Los últimos quince años de su vida estuvieron llenos de sufrimientos causados por enfermedades dolorosas, insomnio y otras pruebas interiores. A medida que se aproximaba el momento de su muerte, desarrolló el hábito de retirarse a la soledad y recitar las oraciones por los agonizantes, una vez a la semana, los viernes, y en una de estas ocasiones Nuestro Señor se dignó hacerle saber cuál sería el modo de su muerte. Esta revelación la invadió con el deseo de que terminara su exilio. A medida que se acercaba el día de su liberación, se enfrentaba a ella con un amor cada vez más ardiente, usando algunos de los ejercicios espirituales que ella misma había compuesto y que había dejado para nuestro propio uso.

La fecha de su muerte no es segura. El nuevo Menologio Cisterciense adopta la que generalmente se acepta: el 17 de noviembre de 1302. Su nombre fue insertado en el Martirologio Romano en 1678, después de que la fiesta y el oficio en su honor fueran aprobados en 1606. Su título de santidad finalmente fue ratificado por medio de lo que se conoce como “canonización equivalente”[6], en 1739. A petición del Rey de España, santa Gertrudis fue nombrada Patrona de las Indias Occidentales[7].

 

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[1] Este ensayo publicado en Cistercian Studies Quarterly 38.4 (2003): 451-58 (Copyritgh 2003 del Thomas Merton Legacy Trust), pertenece a los escritos monásticos tempranos de Merton, dentro de una serie de presentaciones biográficas de los santos y beatos de la edad de oro cisterciense (siglos XII y XII). Traducción y publicación con autorización de Cistercian Studies Quarterly y del Thomas Merton Legacy Trust. Tradujo la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[2] L I 11.

[3] L III 25.

[4] L III 56.

[5] Pr 8,31.

[6] La canonización equivalente (del latín: equipollens canonizatio) es una forma extraordinaria de reconocimiento de la santidad y autorización del culto público universal de un siervo de Dios, que se aplica cuando, a juicio del Papa, la veneración desde antiguo y en forma continuada por parte de la Iglesia equivale al procedimiento ordinario sobre la heroicidad de las virtudes y acreditación de un milagro, los cuales resultarían virtualmente imposibles de comprobar con testigos, por el paso del tiempo.

[7] Este dato que no ha podido ser hasta ahora comprobado en forma documental.