TEXTOS PARA LA VIDA MONÁSTICA CRISTIANA (111)

La Crucifixión. Siglo XIII. Oviedo, España.

 

LOS APOTEGMAS DE LAS MADRES Y LOS PADRES DEL DESIERTO

Letra Sigma (continuación)

 

ABBA SILVANO[1]

1. Fueron una vez abba Silvano y su discípulo Zacarías a un monasterio, y en él les hicieron comer algo antes de marcharse. Cuando ya habían salido, el discípulo encontró agua en el camino, y quiso beber. El anciano le dijo: “Zacarías, hoy es día de ayuno”. Él respondió: “¿No hemos comido acaso, Padre?”. Le replicó el anciano: “Aquella comida fue por caridad, mas nosotros, hijo, guardemos nuestro ayuno”.

2. Estando el mismo una vez con los hermanos, entró en éxtasis y cayó sobre su rostro, y sólo después de mucho tiempo se levantó, llorando. Le rogaban los hermanos, diciendo: “¿Padre, qué tienes?”. Pero él, llorando, no respondía. Cuando pudieron hacerle hablar, dijo: “Fui arrebatado al juicio, y vi a muchos de los nuestros que iban al castigo, y muchos seglares que iban al reino”. Lloraba el anciano, y no quería salir de su celda. Si lo obligaban a salir, cubría su rostro con el capuchón diciendo: “¿Para qué quiero ver esta luz temporal, que no sirve para nada?”.

3. Otra vez entró su discípulo Zacarías y lo encontró en éxtasis, con sus manos extendidas hacia el cielo. Entonces salió y cerró la puerta. Volvió a la hora sexta y a la hora novena, y lo encontró de la misma manera. Alrededor de la décima hora llamó y, entrando, lo encontró en la hesiquía, y le dijo: “¿Qué tienes hoy, Padre?”. Él respondió: “Hoy estuve enfermo, hijo”. Pero él, tomando sus pies, le dijo: “No te dejaré hasta que no me digas lo que has visto”. El anciano le dijo: “Hoy fui arrebatado hasta el cielo, y vi la gloria de Dios, y allí estuve hasta este momento, y ahora he sido despedido”.

4. Cuando abba Silvano vivía en el monte Sinaí, su discípulo Zacarías tuvo que salir para un servicio, y dijo al anciano: “Suelta el agua y riega el huerto”. El anciano salió y se cubrió los ojos con el capuchón, y solamente veía sus pies. Llegó en ese momento un hermano, y mirándolo de lejos consideraba lo que hacía. Entró el hermano adonde él estaba y le dijo: “Dime, abba, ¿por qué te tapabas la cara con el capuchón cuando regabas el jardín?”. Le contestó el anciano: “Hijo, para que mis ojos no vieran los árboles, y se apartara mi mente de su trabajo a causa de ellos”.

5. Un hermano fue a visitar a abba Silvano en el monte Sinaí. Vio a los hermanos que trabajaban, y dijo al anciano: “No trabajen por el alimento que perece (Jn 6,27); María eligió la mejor parte” (Lc 10,42). El anciano ordenó a su discípulo: “Zacarías, dale un libro a este hermano, y acompáñalo a una celda donde no haya nada”. Cuando llegó la hora novena, miraba por la puerta por si lo llamaban para comer. Como nadie lo llamó, se levantó y fue hasta el anciano y le dijo: “¿No comen hoy los hermanos, abba?”. El anciano le contestó: “Sí”. Él dijo: “¿Por qué no me llamaron?”. Le respondió el anciano: “Porque eres hombre espiritual y no necesitas este alimento. Nosotros, que somos carnales, queremos comer, y para eso trabajamos. Tú, en cambio, has elegido la mejor parte, leyendo todo el día, y no quieres comer el alimento carnal”. Al oír esto hizo una metanía, diciendo: “Perdóname, abba”. Le contestó el anciano: “Realmente, María necesita a Marta, puesto que fue por Marta que se elogió a María”.

6. Preguntaron a abba Silvano: “¿En qué práctica te has ejercitado, Padre, para adquirir semejante prudencia?”. Y respondió: “Nunca permití que viniera a mi corazón un pensamiento que irritara a Dios”.

7. Se cuenta de abba Silvano que permanecía sentado en su celda, en lo oculto, y tenía unas habas pequeñas y con ellas trabajaba, e hizo cien cribas. Y llegó un hombre desde Egipto, con un asno cargado de panes, y llamando a su celda, se los dejó. Entonces, el anciano tomó las cribas, cargó el asno y lo despidió.

8. De abba Silvano se cuenta que, una vez, su discípulo Zacarías salió sin él, y tomando a los hermanos derribó el cerco del huerto y lo agrandó. Cuando el anciano lo supo, tomó su melota y salió, y dijo a los hermanos: “Rueguen por mí”. Ellos, al verlo, se echaron a sus pies diciendo: “Dinos qué tienes, Padre”. Les respondió: “No entraré ni me quitaré la melota si no vuelven el cerco al lugar en que estaba”. Ellos destruyeron en seguida el cerco, y lo rehicieron donde estaba antes. Y así el anciano regresó a su celda.

9. Dijo abba Silvano: «Yo soy un esclavo, y mi señor me dice: “Haz mi trabajo y yo te alimentaré, y no busques saber de dónde: si tengo, si robo, si pido prestado; tú no te preocupes, trabaja tan solo, y yo te alimentaré”. Yo, por tanto, si trabajo, como de mi salario; pero si no trabajo, como de la caridad».

10. Dijo también: “¡Ay del hombre cuyo renombre es mayor que su esfuerzo!”.

11. Preguntó abba Moisés a abba Silvano. “¿Puede el hombre comenzar cada día?”. Le respondió el anciano: “Si es laborioso, puede comenzar a cada hora”.

12. Dijo un Padre que encontró alguien a abba Silvano, y vio su rostro y su cuerpo brillantes como los de un ángel, y cayó con la frente en tierra. Dijo también que otros obtuvieron igual gracia.

13. Decían de él que se marchó a Palestina y construyó una celda junto a un río, y allí permaneció el resto de su vida, como en Escete.

 

ABBA SIMÓN[2]

1. Un funcionario fue a visitar a abba Simón. Lo oyó éste, y cubriéndose con un paño sostenido en la cintura, se subió a una palmera para limpiarla. Los que llegaban, le gritaron: “Anciano, ¿dónde está el anacoreta?”. Él contestó: “Aquí no hay ningún anacoreta”. Y al oírlo, se volvieron.

2. En otra oportunidad, fue otro arconte (funcionario) para verlo. Se adelantaron los clérigos y le dijeron: “Abba prepárate, pues el arconte ha oído hablar de ti y viene para que lo bendigas”. Él dijo: “Está bien, me prepararé”. Vistió un hábito grosero, y tomando pan y queso en sus manos, se levantó, se sentó a la entrada y se puso a comer. Llegó el arconte con sus oficiales y, al verlo, lo despreciaron diciendo: “¿Es éste el anacoreta de quien habíamos oído hablar?”. Y en seguida regresaron.

 

ABBA SOPATRO[3]

1. Pidió uno a abba Sopatro: “Dame un mandato, abba, y lo guardaré”. Él le dijo: “No entre mujer en tu celda y no leas a los apócrifos; no especules acerca de la imagen[4]. Esto no es herejía, sino ignorancia y gusto por la disputa en ambos partidos, porque es imposible que la criatura lo comprenda”.

 

ABBA SARMATAS[5]

1. Dijo abba Sarmatas: “Prefiero el hombre pecador, que sabe que ha pecado y hace penitencia, al hombre que no pecó, y se tiene a sí mismo por justo”.

2. Decían acerca de abba Sarmatas que, siguiendo el consejo de abba Pastor, se retiraba muchas veces durante cuarenta días a la soledad, y cumplía esos días como si nada fuese. Abba Pastor lo visitó y le preguntó: “Dime, ¿qué cosas ves para sostener semejante esfuerzo?”. Él le contestó: “Nada de especial”. Le dijo entonces abba Pastor: “No te dejaré hasta que me lo digas”. Él respondió: “Una sola cosa he encontrado: si le digo al sueño, vete, se va; si le digo: ven, viene”.

3. Un hermano interrogó a abba Sarmatas, diciendo: “Los pensamientos me sugieren: no trabajes, sino come, bebe, duerme”. El anciano le contestó: “Cuando tengas hambre, come; cuando tengas sed, bebe; cuando sientas sueño, duerme”. Pero otro anciano llegó oportunamente al lugar donde estaba el hermano, y éste le relató lo que había dicho abba Sarmatas. El anciano le dijo: «Esto es lo que te dijo abba Sarmatas: “Cuando tengas mucha hambre y tanta sed que ya no soportes más, come, entonces, y bebe; y cuando hayas velado mucho y tengas sueño, duerme”. Esto es lo que te dijo el anciano».

4. Dijo el mismo hermano a abba Sarmatas: «Los pensamientos me dicen: “Vete fuera, y visita a los hermanos”». Le dijo el anciano: «No los escuches, sino diles: “Ya les presté oídos antes, pero en esto no puedo escucharlos”».

5. Dijo también: “Si el hombre no huye cuanto puede y no vigila, hace inevitable el pecado”.

 


[1] “El monje Silvano (hay otro Silvano, el de Panefo, que vivió, según parece, en la segunda mitad del siglo V) tuvo un destino semejante al de Sisoes. Y de hecho fue comparado a éste último (cf. Pambo 12). Luego de una estadía en Escete cuya duración es imposible de determinar, pero que debió ser muy larga ya que tuvo tiempo para reunir al menos doce discípulos (cf. Marcos, discípulo del abad Silvano 1-2), partió hacia el Sinaí (Marcos, discípulo del abad Silvano 1-2; la mayor parte de los apotegmas de Silvano son de su período Sinaítico; cf. Netras 1, donde aparece otro discípulo de Silvano en el Sinaí). Allí fundó un monasterio, y luego otro en Palestina, en Gerara (a una decena de kilómetros de Gaza). Sozomeno (Historia Eclesiástica, VI,32) le consagra una breve noticia en la que señala que, hacia 380, era monje en Egipto; y precisa que Zacarías le sucedió a la cabeza del cenobio de Gerara (o: Guerar)…” (SCh 387, pp. 61-62).

[2] “Este Simón pudo interrogar a san Antonio en su juventud y tenemos un apotegma de él conservado por Pastor (137). A juzgar por el recibimiento que ofrece a grandes personajes, era de la misma escuela que el abad Arsenio” (Sentences, p. 299).

[3] “No tenemos ningún dato sobre este personaje, pero su apotegma hace alusión a la controversia antropomorfita que turbó a los monjes del Bajo Egipto a fines del siglo IV” (Sentences, p. 300).

[4] Humana de Dios (?).

[5] “Un discípulo de san Antonio tenía este nombre, según san Jerónimo (en su traducción del libro II de las Crónicas de Eusebio; PL 27,502), y habría sido masacrado por los Sarracenos en 357. Pero es imposible asegurar que sea el mismo Sarmatas de estos apotegmas” (Sentences, p. 300).