TEXTOS PARA LA VIDA MONÁSTICA CRISTIANA (116)

La parábola de los viñadores homicidas. Hacia 1035-1040. Codex Aureus Epternacensis. Reichenau, Alemania.

 

Notas inéditas de Silvano del Monte Athos. Notas al margen de un catálogo de plantas medicinales y de flores[1]

1. Un alma mansa y humilde es preferible a estas flores, y su olor y perfume son mejores. El Señor hizo esas flores bellas, pero ama más todavía al hombre, y le ha dado el Espíritu Santo, y éste es más suave que el mundo entero y amable para el alma.

2. Dios ha hecho las flores para el hombre, para que el alma glorifique al Creador en su creatura y lo ame. No debemos olvidar a Dios ni un segundo del día o de la noche, porque Él nos ama. Amémoslo nosotros también con toda nuestra fuerza, y pidámosle misericordia y fortaleza para poder cumplir sus santos mandamientos.

3. Yo amo las flores, pero ¿amas al Señor y a los enemigos que te afligen? Si los amas entonces eres un hombre de bien.

4. Los santos amaban el derramar lágrimas delante de Dios, pues estaban llenos de gozo en el Espíritu; pero se afligen por nosotros porque vivimos mal.

5. Está bien que el alma se habitúe a orar y derramar lágrimas por el mundo entero. Hay muchos monjes que lloran por el mundo entero, lo sé, lo creo. La Madre de Dios ama a los monjes obedientes que se confiesan en forma frecuente y no dan acogida a los pensamientos malvados. La Madre de Dios se entristece mucho cuando alguien lleva una vida desordenada e impura; el Espíritu Santo no vendrá a esa alma. Habrá en ella aflicción, disgusto e irascibilidad.

6. Conocemos a Dios por el Espíritu Santo y no por la simple inteligencia. El hombre no conoce a Dios al modo de un animal sin inteligencia. Los monjes saben cuánto aman al Señor y cómo el Señor los ama. Amo a aquellos que me aman, dice el Señor, glorifico a aquellos que me glorifican. Es bueno estar con Dios; el alma encuentra en Él su reposo. Es un signo de amor para con Dios el cumplir sus mandamientos. El orgulloso no puede amar a Dios. Quien ama comer mucho, no puede amar a Dios como se debe. Para amar a Dios es necesario renunciar a todo lo que es terreno, no estar atado a nada y pensar siempre en Dios, en su amor y la dulzura del Espíritu Santo.

7. La obediencia nos humilla; el ayuno y la oración pueden traernos pensamientos malvados, que nos hacen ayunar y orar de un modo orgulloso. Si un novicio se habitúa a pensar: “Es el Señor quien guía a mi staretz”, entonces será fácilmente salvado por la obediencia.

   Para aquel que obedece, todo es virtud, como la oración del corazón que se le da por obediencia, la compunción y las lágrimas; ama al Señor y teme ofenderlo por una transgresión; como el Señor misericordioso le da pensamientos santos y humildes, ama el mundo entero y derrama por el mundo oraciones acompañadas con lágrimas: así es como la gracia enseña al alma por la obediencia.

8. Debemos pensar: “el Señor me ha conducido a este lugar y a este staretz: que el Señor nos conceda la salvación”. Muchos engaños nos vienen del enemigo, pero quien confiesa sus pensamientos será salvado, pues el Espíritu Santo es dado al padre espiritual para salvarnos.

9. El Señor se da a conocer a los corazones simples que obedecen. El rey David era el menor de los hermanos y un pastor, y el Señor lo amó con ternura. Los mansos son siempre obedientes. Él escribió para nosotros el Salterio por el Espíritu Santo que vivía en él. También el profeta Moisés era pastor en casa de su cuñado: ésa es la obediencia. La Madre de Dios y los santos apóstoles también eran obedientes. Pues ese es el camino que nos fue mostrado por el mismo Señor. Debemos guardarlo y recibiremos en la tierra los frutos del Espíritu Santo.

10. Los desobedientes son atormentados por pensamientos malvados para que el Señor nos enseñe a ser obedientes y que podamos ver su rica misericordia todavía en esta tierra. Nuestro intelecto estará siempre ocupado en Dios, nuestra alma será todo el tiempo humilde.

11. Cuando estaba en el mundo la gente me alababa y pensaba que yo era bueno. Pero cuando vine al monasterio encontré gente verdaderamente buena y yo no valgo ni lo que su dedo pequeño o sus sandalias. Fíjense cómo podemos engañarnos por el orgullo y perdernos. Los hombres verdaderamente buenos irradian gozo y alegría, y no son como yo.

San Silvano (1937)

12. Vivimos según nuestra propia voluntad y nos atormentamos a nosotros mismos. Quien vive según la voluntad de Dios es benigno, gozoso y paciente. ¡Oh Adán, dime cómo escapar a la aflicción en la tierra! No hay consolación sobre la tierra, no hay sino tristeza que carcome el alma.

13. Abandónate a la voluntad de Dios y la aflicción disminuirá y se aligerará, pues el alma estará con Dios y encontrará consuelo en Él, pues el Señor ama el alma que se abandona a la voluntad de Dios y de los Padres.

14. Un alma cerrada no se abre a su padre espiritual y cae en la ilusión. Quiere conseguir lo que es sublime, pero eso, dice Serafín, es un deseo satánico. Debemos echar las pasiones del alma y del cuerpo y huir de la ilusión. El Señor se revela a los simples sin malicia, no sólo a los santos, sino también a los pecadores. ¡Fíjense cómo nos ama el Señor!

15. Vivimos haciendo la guerra. Si has caído en la ilusión ve enseguida a ver a tu padre espiritual y cuéntale todo, para que él ponga su estola penitencial sobre ti[2]. Cree que has sido restaurado y el demonio que habías recibido por tu falta, se irá. Si no te arrepientes, no te corregirás antes de la tumba. Ellos entran y salen de nuestro cuerpo. Cuando el hombre se irrita el demonio entra en él, cuando se tranquiliza el demonio sale de él.

16. Pero si te pones a orar a Dios y el demonio se dirige contra ti y no te permite prosternarte, entonces humíllate y di: no hay nadie peor que yo en la tierra, y entonces el demonio desaparecerá. Ellos tienen mucho miedo a la humildad y a la contrición, y temen una confesión pura. Si te parece que hay demonios en ti y escuchas su conversación, no pierdas coraje: ellos se alojan en el cuerpo pero no en el alma. Humíllate, ama el ayuno y no bebas ni vodka ni vino. Si no has obedecido a tu superior o a tu padre espiritual, entonces hay un demonio en ti, y lo mismo sucede con todo pecado.

17. Aquel que se confiesa sin tener el corazón puro y hace su propia voluntad, entonces, aunque se acerque a los santos Misterios, los demonios se alojan en su cuerpo y turban el intelecto. Si tú quieres que los demonios no habiten en ti, entonces humíllate y sé obediente y despojado, ama el realizar los servicios que te piden hacer y confiésate con un corazón puro. El padre espiritual lleva la estola de la penitencia en el Espíritu Santo y es semejante a nuestro Señor Jesucristo, resplandeciendo en el Espíritu Santo: de este modo cuando el padre espiritual habla, el Espíritu Santo expulsa el pecado por sus palabras. Y el padre espiritual y los sacerdotes tienen el Espíritu Santo. Un anciano veía a su padre espiritual en el icono de Cristo: ¡fíjense cómo el Señor nos ama!

18. El Señor ama el alma vigilante que pone toda su esperanza en el Señor. Debemos imitar a Adán en su arrepentimiento y en su paciencia. Debemos amar a los pastores y venerarlos. No podemos conocer en qué gracia del Espíritu Santo se encuentran los pastores a causa de nuestro orgullo y porque no nos amamos los unos a los otros.

19. Al alma que se convierte el Señor le da, a cambio de su arrepentimiento, el don del Espíritu Santo. El alma ama a Dios, y los hombres no pueden separarlo de ese amor. El Señor quiere que lo amemos, y que por amor suyo nos humillemos. El Señor quiere que le pidamos con simplicidad, como los niños piden a su madre. Si somos orgullosos debemos pedir a Dios la humildad, y el Señor hará que el humilde pueda ver los lazos del enemigo. El Señor nos ama mucho y nos concede el saber lo que pasa en el cielo y cómo viven allí nuestros hermanos mayores que han agradado a Dios por su humildad y su amor. El Señor ha mostrado el paraíso a los santos humildes.

20. El Reino de Dios está en nosotros. Debemos examinar si el pecado no vive en nosotros. Cuando el padre espiritual dice una palabra, el pecado es borrado del alma y el alma siente la libertad y la paz. Y si el alma es paciente, entonces el Señor le hace conocer el gozo y la alegría en Dios. Es entonces cuando el Reino estará en nosotros.

21. El alma debe humillarse profundamente a cada instante, hasta que llegue a humillarse incluso durante el sueño. Los santos aman el humillarse y llorar, y por eso el Señor los ama y les concede el conocerlo. El amor de Dios se reconoce en el Espíritu Santo que vive en nuestra Iglesia Ortodoxa.

22. Si fuésemos humildes, el Señor nos haría ver el paraíso cada día. Pero como no somos humildes debemos luchar y librar un combate contra nosotros mismos: si te vences a ti mismo el Señor te dará su santa ayuda a cambio de tu humildad y de tu trabajo.

 


[1] Tomado de: Cuadernos Monásticos n. 111 (1994), pp. 488-492.

[2] Silvano hace referencia a la práctica ortodoxa de la confesión, que concluye con la imposición que hace el sacerdote de su estola al penitente, significando su absolución.