TEXTOS PARA LA VIDA MONÁSTICA CRISTIANA (98)

La resurrección de Lázaro. Hacia 1304-1306. Giotto di Bondone. Padua. Italia.

 

LOS APOTEGMAS DE LAS MADRES Y LOS PADRES DEL DESIERTO (continuación)

Letra Mi

ABBA MACARIO EL EGIPCIO[1]

1. Abba Macario contaba de sí mismo: «Cuando era joven y vivía en la celda en Egipto, me tomaron y me hicieron clérigo en la aldea. No quise aceptarlo, y huí a otro lugar. Vino a mí un seglar piadoso, que recibía mi trabajo manual y me asistía. Sucedió entonces que cierta virgen de la aldea fue tentada y pecó. Quedó embarazada, y la interrogaban con quién había sido. Ella dijo: “El solitario”. Salieron a buscarme, me llevaron a la aldea y ataron a mi cuello cacerolas ennegrecidas por el humo y asas de cántaros. Me llevaron así por la aldea, golpeándome y diciendo: “Este monje ha corrompido a nuestra virgen, ¡agárrenlo, agárrenlo!”. Y me golpearon hasta dejarme medio muerto. Un anciano, acercándose, dijo: “¿Hasta cuándo golpearán a este monje extranjero?”. El hombre que me asistía, me seguía avergonzado. Muchos lo humillaban, diciéndole: “Mira al ermitaño de quien testimoniabas, ¿qué ha hecho?”. También los padres de la joven decían: “No lo soltaremos hasta que dé garantías de que la alimentará”. Se lo dije a mi servidor, y éste se hizo mi garante. Fui a mi celda, y le entregué todas las cestas que tenía, diciendo: “Véndelas, y dale a mi mujer para que coma”. Y dije a mi pensamiento: “Macario, ya has encontrado mujer para ti; es necesario que trabajes un poco más para alimentarla”. Trabajaba día y noche, y le enviaba (el dinero). Cuando le llegó a la pobre el tiempo de dar a luz, pasó varios días con los dolores, y no daba a luz. Le preguntaron: “¿Qué sucede?”. Ella dijo: “Yo lo sé; es porque calumnié al ermitaño y lo acusé falsamente. Él no es culpable, sino el joven tal”. Vino alegremente mi servidor, y me dijo: “No pudo dar a luz la joven hasta que no confesó, diciendo: ‘No tiene culpa el ermitaño; lo he difamado. Y toda la aldea quiere venir solemnemente para aquí, a pedirte perdón’. Al oír esto, me levanté y huí a Escete, para que los hombres no me molestaran. Este es el principio y la causa de mi venida hasta aquí».

2. Fue una vez Macario el egipcio desde Escete a la montaña de Nitria, a la oblación[2] de abba Pambo. Los ancianos le dijeron: “Di una palabra a los hermanos, abba”. Él dijo: «Yo no soy monje todavía, pero he visto monjes. Estaba una vez en la celda, en Escete, y me molestaban los pensamientos, diciéndome: “Ve al desierto y observa lo que veas”. Estuve combatiendo contra el pensamiento durante cinco años, diciendo: “No sea que proceda del demonio”. Pero como el pensamiento persistía, fui al desierto y encontré allí un río, con una isla en medio, y las bestias del desierto venían a beber en él. Vi en medio dos hombres desnudos, y mi cuerpo tembló, porque pensé que eran espíritus. Ellos, al verme temblando, me dijeron: “No temas, nosotros también somos hombres”. Les pregunté: “¿De dónde son, y cómo han llegado hasta este desierto?”. Y ellos respondieron: “Pertenecemos a un cenobio, y hemos salido de común acuerdo y nos hemos venido para aquí, hace ya cuarenta años”. Uno era egipcio y el otro libio. Ellos también me interrogaron, diciendo: “¿Cómo va el mundo? ¿Viene el agua a su tiempo? ¿Tiene abundancia el mundo?”. Les respondí: “Sí”. Yo les pregunté todavía: “¿Cómo puedo hacer para llegar a ser monje?”. Y ellos me respondieron: “Si uno no renuncia a todas las cosas del mundo, no puede ser monje”. Les dije: “Yo soy débil, y no puedo lo que pueden ustedes”. Ellos me dijeron: “Si no puedes hacer como nosotros, permanece sentado en tu celda y llora tus pecados”. Les pregunté: “Cuando llega el invierno, ¿no se hielan? y cuando hace calor, ¿no se abrasan sus cuerpos?”. Respondieron: “Es Dios quien nos concede el vivir de esta manera; ni nos helamos en invierno ni nos afecta el verano”. Por eso les he dicho que no soy monje todavía, pero que he visto monjes. Perdónenme, hermanos».

3. Cuando abba Macario habitaba en el Gran Desierto, era el único que vivía en esa soledad; más abajo había otro desierto, en el que habitaban numerosos hermanos. Estaba una vez el anciano mirando hacia el camino, y vio a Satanás que venía, con aspecto humano, y pasaba por donde él estaba. Parecía que llevaba una túnica de lino perforada, y de cada agujero pendía una ampolla. Le preguntó el gran anciano: “¿Adónde vas?”. Le respondió: “Voy a despertar la memoria de los hermanos”. El anciano le dijo: “¿Para qué llevas esas ampollas?”. Replicó: “Llevo alimentos a los hermanos”. Le dijo el anciano: “¿Y llevas tantas?”. Respondió: “Sí, porque si alguno no gusta de una, le presento otra, y si tampoco gusta de ésta, le doy otra. De todos modos, alguna le habrá de gustar”. Después de decir esto se alejó. Permaneció el anciano observando el camino, hasta que regresó. El anciano, al verlo, le dijo: “¡Salve!”. Él respondió: “¿Cómo habré de salvarme?”. Le preguntó el anciano: “¿Por qué?”. Respondió él: “Todos fueron duros conmigo, y ninguno me recibió”. El anciano le preguntó: “¿No tienes allí ningún amigo?”. Respondió él: “Sí, tengo allí un monje amigo, que al menos me hace caso, y cuando me ve, se da vuelta como el viento”. El anciano le preguntó: “¿Cómo se llama el hermano?”. Dijo: “Theopempto”. Y dicho esto, se alejó. Abba Macario se levantó y fue al desierto inferior. Los hermanos, al oírlo, salieron a su encuentro con ramos. Y después, cada uno se preparaba, pensando que el anciano vendría a quedarse con él. Pero él preguntaba quién, en la montaña, se llamaba Theopempto. Cuando lo hubo encontrado, entró en su celda. Theopempto lo recibió con alegría. Cuando estuvo a solas con él, le preguntó el anciano: “¿Cómo están tus asuntos, hermano?”. Respondió: “Bien, gracias a tus oraciones”. El anciano le dijo: “No te atacan los pensamientos?”. Él dijo: “Por ahora todo va bien”. Le daba vergüenza hablar. El anciano te dijo: “Llevo muchos años viviendo en la ascesis y soy honrado por todos, y a mí, un anciano, me ataca el espíritu de fornicación”. Theopempto le respondió, diciendo: “También a mí, abba, créelo”. El anciano prosiguió, confiándole que otros pensamientos también lo atribulaban, hasta hacerlo confesar a él. También le preguntó: “¿Cómo ayunas? “ Él respondió: “Hasta la hora nona”. El anciano le dijo: “Ayuna hasta el atardecer, esfuérzate, medita el Evangelio y las demás Escrituras, y si sube hasta ti un pensamiento, no mires hacia abajo, sino siempre hacia arriba, y enseguida vendrá el Señor a auxiliarte”. Y cuando el anciano hubo enseñado al hermano, regresó a su desierto. Estaba otra vez mirando, cuando vio al mismo demonio, y le dijo: “¿Adónde vas otra vez?”. Respondió: “A recordar a los hermanos”. Y se alejó. Cuando pasó nuevamente, le dijo el santo: “¿Cómo están los hermanos?”. Él respondió: “Mal”. El anciano le preguntó: “¿Por qué?”. Él dijo: “Todos están contra mí, y el amigo que yo tenía y que me obedecía es ahora el peor de ellos; este, no sé cómo, se ha cambiado, y ya no puedo convencerlo, sino que se ha convertido en el más duro de todos. Por eso, he jurado no pisar más ese lugar hasta que haya pasado un tiempo”. Y diciendo esto, se alejó, dejando solo al anciano. El santo, entonces, entró en su celda.

4. Vino abba Macario el grande al monte en que habitaba abba Antonio. Cuando golpeó a la puerta, salió hacia él y le dijo: “¿Quién eres tú?”. Él respondió: “Yo soy Macario”. Pero, cerrando la puerta, entró y lo dejó allí (fuera). Después, al ver su paciencia, le abrió y lo recibió con alegría, diciendo: “Desde hace mucho, tiempo deseaba verte, porque he oído hablar de ti”. Lo hospedó con caridad y lo hizo descansar, porque estaba muy cansado. Cuando atardecía, abba Antonio mojó palmas para sí. Abba Macario le dijo: “Dispón que yo también moje para mí”. Él dijo: “Moja”. Y haciendo un ramo grande, lo mojó. Estuvieron sentados desde la tarde, hablando de la salvación de las almas, mientras trenzaban, y la soga (que hacían) bajaba por la ventana hasta la gruta. Al salir el bienaventurado Antonio por la mañana, vio el largo de la soga de abba Macario, y dijo: “Mucha fuerza sale de estas manos”.

5. Dijo abba Macario a los hermanos acerca de la desolación de Escete: “Cuando vean una celda edificada cerca del pantano, sepan que está cercana su destrucción; cuando vean árboles, está ya a las puertas; cuando vean niños, tomen las melotas y aléjense”

6. Dijo también, queriendo reconfortar a los hermanos: «Vino una vez aquí un niño endemoniado, con su madre, y le decía: “Levántate, mujer, vámonos de aquí”. Ella respondía: “No puedo marchar más”. El niño le dijo: “Yo te llevaré”. Y me admiré de la maldad del demonio, como quiso hacerlos huir de aquí».

7. Contaba abba Sisoes: «Cuando vivía en Escete con Macario, subimos siete hombres con él para cosechar. Había una viuda cosechando cerca de nosotros, y no cesaba de llorar. Llamó entonces el anciano al dueño del predio, y le preguntó: “¿Qué tiene esta mujer, que llora siempre?”. Le respondió: “Su marido había recibido un depósito, pero murió repentinamente, y no dejó dicho donde lo puso. Y el dueño del depósito quiere tomarlos, a ella y a sus hijos, como esclavos”. El anciano le dijo: “Dile que venga adonde estamos nosotros, cuando descansemos por el calor”. Fue la mujer, y el anciano le preguntó: “¿Por qué lloras de esta manera?”. Ella respondió: “Mi marido murió, pero había aceptado un depósito, y no dijo antes de morir donde lo, había puesto”. El anciano le dijo: “Ven, muéstrame donde lo has sepultado”. Y tomando consigo a los hermanos, salió con ella. Cuando llegaron al lugar, le dijo el anciano: “Vete a tu casa”. Y después de orar con ellos (los hermanos), llamó el anciano al muerto: “Hombre, ¿dónde pusiste el depósito ajeno?”. Y dijo, en respuesta: “Está escondido en mi casa, bajo la pata de la cama”. El anciano le dijo: “Duérmete de nuevo hasta el día de la resurrección”. Los hermanos, al ver esto, cayeron a sus pies, a causa del temor. Y el anciano les dijo: “No ha sucedido esto por mí, puesto que no soy nada, sino que lo hizo Dios por la mujer y los huérfanos. Esto es lo grande: Dios quiere que el alma esté sin pecado, y lo que pida, recibirá”. Saliendo de allí, dijo a la viuda dónde se encontraba el depósito. Ella lo tomó y lo devolvió al dueño, quien liberó a sus hijos. Y todos lo que supieron de esto glorificaban a Dios».

8. Contaba abba Pedro acerca de san Macario que, llegando una vez adonde estaba un anacoreta, lo encontró enfermo, y le preguntó qué deseaba comer. No tenía nada en su celda. Él dijo: “Un dulce”. Y este hombre fuerte no dudó en ir hasta la ciudad de Alejandría para buscarlo y dárselo al enfermo. Y cosa tan admirable no fue conocida por nadie.

9. Dijo también: «Dijeron algunos, ante la simplicidad de abba Macario, cuando recibía a todos los hermanos: “¿Por qué te haces así?”. Él respondió: “Durante doce años he servido a mi Señor, para que me acordara esta gracia, ¿y ustedes todos me aconsejan que la abandone?”».

10. Decían también acerca de abba Macario que, cuando frecuentaba a los hermanos, se había impuesto esta regla: “Si hay vino, bebe por los hermanos, y por cada vaso de vino, no bebas agua un día” Los hermanos, para confortarlo, le daban (vino). El anciano lo tomaba con alegría, para tener ocasión de mortificarse. Pero el discípulo, viendo la cosa, dijo a los hermanos: “Por el Señor, no le den, sino después se matará en la celda”. Los hermanos lo advirtieron, y ya no le dieron más.

11. Iba una vez abba Macario desde el pantano a su celda, llevando unas ramas de palmera, y por el camino se encontró con el diablo, que llevaba una hoz. Quiso herirlo, pero no pudo, y le dijo: “ ¡Qué fuerza sale de ti, Macario, que no puedo contigo! Y sin embargo, lo que tú haces, yo también lo hago: tú ayunas, también yo; tú velas, yo no duermo nunca. Sólo en una cosa me vences”. Abba Macario le preguntó: “¿Qué es?”. Le respondió: “Tu humildad; por eso nada puedo contra ti”.

12. Algunos Padres interrogaron a abba Macario el egipcio, diciendo: “Cómo es que, sea que comas o que ayunes, tu cuerpo está seco”. Respondió el anciano: “El leño que sirve para revolver los sarmientos en el fuego es enteramente consumido por el fuego. Del mismo modo, si el hombre purifica su alma en el temor de Dios, el temor de Dios consume su cuerpo”.

13. Subió una vez abba Macario desde Escete hasta Terenutis, y entró en el templo para dormir. Había allí viejos féretros de paganos, y tomando uno de ellos, lo puso bajo su cabeza, como almohada Los demonios, al ver su audacia, tuvieron envidia de él, y para atemorizarlo, llamaban, como dirigiéndose a una mujer: “Ven con nosotros al baño”. Otro demonio, que estaba debajo suyo, respondió, como si fuese un muerto: “Tengo sobre mí a un extranjero, y no puedo salir”. El anciano no tuvo miedo, sino que golpeó confiadamente al féretro, diciendo: “Levántate, ve a la oscuridad, si puedes”. Al oírlo, dieron los demonios una gran voz: “ ¡Nos has vencido!”. Y huyeron avergonzados.

14. Decían de abba Macario el egipcio que una vez que subía desde Escete con unos canastos, se sentó, fatigado, y oró diciendo: “Oh Dios, tú sabes que no puedo más”. Y en seguida se encontró junto al río.

15. Había en Egipto un hombre que tenía un hijo paralítico. Lo llevó a la celda de abba Macario y lo dejó llorando en la puerta, y se alejó. El anciano, inclinándose, vio al niño y le preguntó: “¿Quién te trajo hasta aquí?”. Respondió: “Mi padre me tiró aquí y se fue”. El anciano le dijo: “Levántate y síguelo”. Y en seguida sanó; se levantó y alcanzó a su padre, y se volvieron entonces a su casa.

16. Abba Macario el grande decía a los hermanos en Escete, cuando despedía a la asamblea: “Huyan, hermanos”. Uno de los ancianos le preguntó: “¿Adónde hemos de huir más allá de este desierto?”. Pero él ponía su dedo sobre la boca, diciendo: “Huyan de esto”. Y entraba en su celda, cerraba la puerta y se sentaba.

17. Dijo el mismo abba Macario: “Si al corregir a alguien te sientes movido a ira, satisfaces tu pasión. No te pierdas a ti mismo para salvar a otro”.

18. El mismo abba Macario, cuando estaba en Egipto, encontró un hombre con un asno que estaba robando sus pertenencias. Él, entonces, como si fuera un extraño, ayudó al ladrón a cargar la bestia y lo acompañó con gran tranquilidad de espíritu diciendo: “Nada hemos traído al mundo, nada podemos sacar de él (1 Tm 6,7). El Señor ha dado, se hizo como Él quiso. Sea Dios bendito en todo (Jb 1,21)”.

19. Preguntaron a abba Macario, diciendo: “¿Cómo debemos orar?”. El anciano respondió: «No es necesario hablar mucho. Extiende las manos y di: “Señor, como tú quieres y sabes, ten piedad”. Si llega una tentación: “¡Señor, ayuda!”. Porque Él sabe lo que es útil, y hace misericordia con nosotros».

Abba Macario el Egipcio 

20. Dijo abba Macario: “Si el desprecio es para ti igual a la alabanza, la pobreza igual a la riqueza, la indigencia igual a la abundancia, no morirás. Puesto que es imposible que el que cree lo que debe y obra con piedad, caiga en la impureza de las pasiones y en el engaño de los demonios”

21. Decían que dos hermanos pecaron en Escete, y que abba Macario el alejandrino los había excomulgado. Vinieron y se lo contaron algunos a abba Macario el grande, el egipcio. Éste. dijo: “No están excomulgados los hermanos sino que el excomulgado es Macario” (aunque lo amaba). Oyó Macario que había sido excomulgado por el anciano y huyó al pantano. Salió abba Macario el grande y lo encontró acribillado por los mosquitos, y le dijo: «Tú excomulgaste a los hermanos, y tuvieron que partir para la aldea. Yo te excomulgué a ti, y tú, como una virgen hermosa, huiste hasta aquí, a lo más íntimo de la habitación. Convoqué a los hermanos, los interrogué y dije: “No hay nada”. Mira tú, hermano, si no te burlaron los demonios porque nada viste. Haz penitencia por tu falta» Dijo él: “Dame, si quieres, una penitencia”. Viendo el anciano su humildad, le dijo: “Ve, ayuna durante tres semanas, comiendo sólo una vez cada semana”. Esta era, en efecto, su práctica siempre: ayunar toda la semana.

22. Dijo abba Moisés a abba Macario en Escete: “Quiero vivir en la hesiquía, y no me lo permiten los hermanos”. Abba Macario le dijo: “Veo que eres de naturaleza delicada, y no puedes rechazar al hermano. Pero si quieres vivir en la hesiquía, ve al desierto, hacia adentro, en Petra, y allí tendrás la hesiquía”. Así lo hizo, y encontró la calma.

23. Fue un hermano adonde estaba abba Macario el egipcio, y le dijo: “Abba, dime una palabra para salvarme”. El anciano le dijo: “Ve al sepulcro e injuria a los muertos”. El hermano fue, los injurió y les tiró piedras, y volvió a decírselo al anciano. Este le preguntó: “¿Te dijeron algo?”. Respondió: “Nada”. El anciano le dijo: “Ve mañana otra vez, y alábalos”. El hermano fue, y los alabó, llamándolos apóstoles, santos y justos. Y regresó adonde estaba el anciano y le dijo: “Los he alabado” Le preguntó: “¿No respondieron nada?”. El hermano contestó: “No”. Le dijo el anciano: “Tú sabes de qué manera los has insultado, y no te respondieron, y cómo los alabaste, y no te dirigieron la palabra. Tú también, si quieres salvarte, sé como un muerto. Como los muertos, no pienses en la injusticia de los hombres ni en su alabanza, y podrás salvarte”.

24. Iba una vez abba Macario a Egipto con los hermanos, cuando oyó que un niño decía a su madre: “Madre, un rico me ama, y yo lo odio, y un pobre me odia, pero yo lo amo”. Lo oyó abba Macario, y se asombró. Los hermanos le preguntaron: “¿Qué significa esa palabra, padre, que te causa asombro?”. El anciano les dijo: “En verdad, nuestro Señor es rico y nos ama, pero no queremos escucharle; nuestro enemigo el diablo es pobre y nos odia, y amamos su impureza”.

25. Le rogó abba Pastor con muchas lágrimas, diciendo: “Dime una palabra para salvarme”. El anciano le respondió: “Lo que tú buscas se ha alejado de los monjes”.

26. Fue una vez abba Macario adonde se encontraba abba Antonio, y después de conversar con él, regresó a Escete. Salieron los Padres a recibirlo. Mientras hablaban, les dijo el anciano: “Dije a abba Antonio que en nuestro lugar no tenemos oblación”. Y comenzaron los Padres a hablar de otras cosas, y no lo interrogaron para saber cuál había sido la respuesta del anciano, ni el anciano les dijo nada. Esto decía uno de los Padres, que cuando los Padres veían que los hermanos olvidaban preguntar algo útil para ellos, tomaban la iniciativa de comenzar la conversación, pero si los hermanos no la continuaban, no la seguían ellos, para no ser encontrados hablando sin haber sido interrogados, y se hallase inútil su palabra.

27. Interrogó abba Isaías a abba Macario: “Dime una palabra”. Le dijo el anciano: “Huye de los hombres”. Abba Isaías le preguntó: “¿Qué significa huir de los hombres? “ El anciano le dijo: “Sentarte en tu celda y llorar tus pecados”.

28. Dijo abba Pafnucio, discípulo de abba Macario: «Supliqué a mi padre: “Dime una palabra”. Él me dijo: “No hagas mal a nadie, a nadie condenes. Guarda esto y serás salvado”»[3].

29. Dijo abba Macario: “No duermas en la celda de un hermano que tiene mala fama”.

30. Fueron cierta vez unos hermanos de Escete adonde estaba abba Macario. Y en su celda no encontraron sino agua podrida. Le dijeron: “Abba, ven a la aldea y te haremos descansar”. El anciano les dijo: “¿Conocen, hermanos, la panadería de Fulano, en la aldea?”. Le respondieron: “Sí”. El anciano les dijo: “Yo también la conozco. ¿Conocen el campo de Zutano, por donde pasa el río?”. Le respondieron: “Sí”. El anciano les dijo: “Yo también lo conozco. Así que, cuando lo quiera, no necesito de ustedes, sino que puedo ir yo solo”.

31. Decían acerca de abba Macario que si un hermano se acercaba a él como a un santo y grande anciano, con temor, no le hablaba. Pero si un hermano le decía, como para humillarlo: “Abba, cuando eras camellero, y robabas nitro y lo vendías, ¿no te golpeaban los guardias?”, al que le hablaba de esta manera respondía con alegría, si lo interrogaba.

32. Decían acerca de abba Macario el grande que llegó a ser, según está escrito, como un dios terrestre. Porque como Dios cubre el mundo, así abba Macario cubría los pecados, y los veía como quien no los ve, y los oía como quien no los oye.

33. Contaba abba Bitimio que abba Macario dijo: «Mientras estaba en Escete bajaron una vez dos jóvenes extranjeros. Uno de ellos tenía la barba, al otro le estaba naciendo. Vinieron a mí y me dijeron: “¿Dónde está la celda de abba Macario?”. Yo les dije: “¿Qué quieren de él?”. Y respondieron: “Hemos oído hablar de él y de Escete, y hemos venido a verlo”. Les dije: “Soy yo”. Hicieron una metanía, diciendo: “Queremos quedarnos aquí”. Pero yo, al verlos tan delicados, criados entre riquezas, les dije: “No pueden permanecer aquí”. El mayor dijo: “Si no podemos permanecer aquí, iremos a otra parte”. Digo entonces a mi pensamiento: “¿Por qué los expulso? Se escandalizarían. El trabajo los hará marcharse espontáneamente”. Les digo: “Vengan, construyan, si pueden, una celda para ustedes”. Y dijeron: “Muéstranos un lugar, y la haremos”. Les dio el anciano un hacha, una cesta llena de panes, y sal. Les mostró el anciano una dura piedra, diciendo: “Saquen las piedras de aquí, lleven para ustedes madera del pantano y, después de techar, permanezcan en ella”. “Yo pensaba -continuó- que se volverían a causa del trabajo. Me preguntaron qué trabajo tenían que hacer aquí. Les digo: “Cuerdas”. Y tomando juncos del pantano les enseñé a principiar la cuerda, y a coser, y les dije: “Hagan canastos y denlos a los guardianes, y ellos les traerán todo lo que necesiten”. Después me retiré. Ellos hacían con paciencia todo cuanto les había dicho yo, y no vinieron a mí durante tres años. Yo permanecí luchando con los pensamientos y diciendo: “¿Cuál es su trabajo, que no vienen a consultar sobre su pensamiento? Los que viven lejos vienen hasta mí, y éstos que están cerca no vienen a mí ni van a otros. Solamente acuden a la iglesia, en silencio, para recibir la oblación”. Oré entonces a Dios, ayunando toda la semana, para que me mostrara su obra. Me levanté, pasada ya la semana, y fui hasta donde ellos estaban, para ver cómo vivían. Cuando llamé, me abrieron, y me saludaron en silencio; después de orar me senté. El mayor hizo una señal al más joven para que saliese, y se sentó para tejer la cuerda, sin hablar. A la hora novena hizo una señal, y entró el más joven. Hizo un cocido Y, a un signo del mayor, preparó la mesa. Puso tres panes sobre ella, y quedó en silencio. Yo dije entonces: “Levántense, comamos”. Se levantaron y comieron; trajo el odre y bebimos. Cuando atardecía, me preguntaron: “¿Te vas?”. Yo dije: “No, dormiré aquí”. Pusieron una estera para mí, en una parte, y en la parte opuesta otra para ellos. Se quitaron el cíngulo y la capucha, y se acostaron en la estera que estaba frente a mí. Cuando se hubieron acostado, yo rogué a Dios que me revelara su obra. Y se abrió el techo, y se hizo luz como si fuera de día, pero ellos no veían la luz. Cuando me creyeron dormido, el mayor golpeó al menor en el costado, y se levantaron y ciñeron, y extendieron sus manos hacia el cielo. Yo los veía, pero ellos no me veían a mí. Vi a los demonios que se acercaban como moscas al menor. Y venían algunos a posarse en su boca y otros en sus ojos, Vi entonces al ángel del Señor sosteniendo una espada de fuego, que daba vueltas en torno suyo y expulsaba a los demonios. Al mayor, empero, no podían acercarse. Poco antes de amanecer, volvieron a acostarse, y yo hice como que despertaba, y ellos también. El mayor me dijo solamente estas palabras: “¿Quieres que recitemos los doce salmos?”. Digo yo: “Sí”. Y el menor cantó cinco salmos de a seis versículos, con un aleluya, Y a cada versículo salía de su boca una lámpara de fuego que subía al cielo. Del mismo modo, cuando abría la boca el mayor para salmodiar, salía una como cuerda de fuego, que llegaba hasta el cielo. También yo recité algo, de memoria. Cuando salía, les digo: “Oren por mí”. Ellos hicieron una metanía, en silencio. Supe entonces que el mayor era perfecto, y que al más joven lo atacaba todavía el enemigo. Después de pocos días moría el hermano mayor, y al tercer día, el menor». Cuando los Padres iban a ver a abba Macario, éste los llevaba a su celda, diciendo: “Vengan a ver el martyrium de los jóvenes extranjeros”.

34. Los ancianos de la montaña enviaron a decir a abba Macario, rogándole: “Para que no se fatigue todo el pueblo por ti, dígnate venir hasta nosotros, para que podamos contemplarte antes de que emigres al Señor”. Cuando estuvo en la montaña, se reunió junto a él todo el pueblo. Los ancianos te rogaron que dijese una palabra a los hermanos. Al oírlo, dijo: “Lloremos, hermanos, y derramen lágrimas nuestros ojos, antes de nuestra partida hacia donde nuestras lágrimas quemarán nuestros cuerpos”. Y todos lloraron, y cayeron sobre sus rostros, y dijeron: “Padre, ruega por nosotros”.

35. En otra ocasión, se levantó contra abba Macario un demonio, que con una espada quería amputarle el pie, y como no lo lograse, por su humildad, le dijo: “Todo lo que tienen ustedes, nosotros también lo tenemos; sólo se diferencian de nosotros en la humildad, y vencen”.

36. Dijo abba Macario: “Si recordamos los males que nos infligen los hombres, borramos el poder del recuerdo de Dios. Si recordamos los males de los demonios, seremos invulnerables”.

37. Contó abba Pafnucio, el discípulo de abba Macario, que el anciano había dicho: “Cuando era niño, comía brevas con otros niños, y ellos fueron a robar higos. Mientras corrían, cayó uno, y lo tomé y lo comí. Cada vez que lo recuerdo, me siento y lloro”[4].

38. Dijo abba Macario: «Marchando en cierta ocasión por el desierto, encontré el cráneo de un muerto, que yacía en el suelo. Cuando lo toqué con el bastón de palma, el cráneo me habló. Le digo: “¿Quién eres tú?”. Me respondió el cráneo: “Yo era un sacerdote de los ídolos y de los paganos que vivían en este lugar; tú eres Macario, el pneumatóforo. Cuando te apiadas de los que están en el tormento, y oras por ellos, sienten un poco de alivio”. El anciano le preguntó: “¿Cuál es el alivio y cuál es el tormento?”. Le respondió: “Cuanto dista el cielo de la tierra, tanto hay de fuego bajo nuestros pies; estamos en medio del fuego, de la cabeza a los pies. No se puede ver a nadie cara a cara, sino que el rostro de cada uno está pegado a la nuca del otro. Cuando oras por nosotros, cada uno puede ver un poco del rostro del otro. Este es el alivio”. Llorando, dijo el anciano: “¡Ay del día en que nació el hombre!”. El anciano le preguntó: “¿Hay un castigo peor aún?”. El cráneo le respondió: “La pena mayor está debajo nuestro”. El anciano le preguntó: “¿Quiénes están allí?”. Dijo el cráneo: “Nosotros, puesto que desconocíamos a Díos, recibimos alguna misericordia, pero los que conocían a Dios y lo negaron, están debajo nuestro!”. El anciano tomó la calavera y la enterró».

39. Decían acerca de abba Macario el egipcio, que una vez subía desde Escete a la montaña de Nitria, y cuando se acercaba al lugar, dijo a su discípulo: “Adelántate un poco”. Cuando se adelantó, se encontró con un sacerdote de los paganos. El hermano, a gritos, lo llamaba: “Ah, ah, demonio, ¿para dónde corres?”. Y se volvió, y lo golpeó, dejándolo medio muerto. Después, tomando el bastón escapó. Había marchado un poco cuando en su camino apareció abba Macario, que lo saludó: “Salve, salve, hombre fatigado”. Admirado, fue hasta él, y le dijo: “¿Qué has visto de bueno en mí para saludarme?”. Respondió el anciano: “Es que te veo trabajar, y no sabes que te esfuerzas en vano”. Le dijo: “Pero yo me he conmovido con tu saludo, y supe que era de parte de Dios. Otro monje, pero malo, me encontró y me insultó. Entonces, yo lo golpeé hasta la muerte”. El anciano supo que había sido su discípulo. Pero el sacerdote, abrazando sus pies, dijo: “No te soltaré hasta que me hagas monje”. Y subieron hasta donde había quedado el monje, lo alzaron y lo llevaron a la iglesia de la montaña. Al ver al sacerdote con él, se asombraron. Lo hicieron monje, y muchos de los paganos se hicieron cristianos. Decía abba Macario que la palabra mala hace malos a los buenos, y la palabra buena hace buenos a los mismos malos.

40. Se contaba de abba Macario que, estando una vez ausente, entró en su celda un ladrón. Cuando regresó a la celda, encontró al ladrón que estaba cargando el camello con sus cosas. El entraba en la celda, tomaba los objetos y cargaba (junto con el ladrón) el camello. Cuando estuvo cargado, el ladrón empezó a castigar al animal para que se levantara, pero no se alzaba. Al ver abba Macario que no se levantaba, entró en la celda y encontró un pequeño recipiente, lo sacó, y lo puso sobre el camello, diciendo: “Hermano, el camello busca esto”. Y el anciano, golpeándolo con el pie, le dijo: “Levántate”. Enseguida se levantó y se alejó un poco, a causa de su palabra, pero después se sentó nuevamente, y no se levantó hasta que no lo descargaron de todos los objetos. Después, se fue.

41. Abba Aio interrogó a abba Macario, diciendo: “Dime una palabra”. Abba Macario le respondió: “Huye de los hombres, siéntate en tu celda y llora tus pecados. No ames la palabra de los hombres, y te salvarás”.

42. Dijo abba Macario: «Cuando era joven, sentí una vez acedia en la celda, y fui al desierto para decir mi pensamiento al que se mostrara, pidiéndole la gracia de una respuesta. Y encontré a un niño que comía como un animal. Le pregunté: “¿Qué haré, niño, que tengo hambre?”. Me dijo: “Come”. Le dije nuevamente: “He comido, y sigo con hambre”. Me dijo: “Come otra vez”. Volví a decirle: “Ya comí, y aún tengo hambre”. Entonces me dijo: “Eres un asno, abba, que quiere devorarlo todo”. Y saludando, se alejó».

 

 


[1] «Es conocida la complejidad del problema macariano. Las fuentes hablan abundantemente de dos Macarios contemporáneos, el Alejandrino y el Egipcio, sin que sea siempre posible distinguir lo que le concierne a uno o el otro (cf. Antoine GUILLAUMONT, Le problème des deux Macaire dans les “Apophthegmata Patrum” en Irénikon 48 [1975], pp. 41-59). Aquí nos interesa sólo el segundo, de quien Casiano nos dice que fue el fundador de Escete (Conferencias, 15,3,1). Su biografía puede establecerse de la siguiente manera (cf. Historia Monachorum in Aegypto, caps. 21 y 23 [del griego], o caps. 28-29 [latín: PL 21,449C-455C]; Historia Lausíaca, cap. 17; Juan Casiano, op. cit. Las informaciones de los historiógrafos no son siempre confiables (cf. Rufino, Historia Eclesiástica, II,4; Sócrates, Historia Eclesiástica, IV,23-24; Sozomeno, Historia Eclesiástica, III,14 y VI,20). Nació hacia el año 300, siendo de origen modesto: camellero ocupado en el transporte de nitro (Macario 31). Hacia 330, se retiró a una celda en las afueras de un pueblo del Delta. Rechazó la clericatura y se fue a otra población, donde soportó la calumnia, partiendo después para instalarse en Escete (lugar que sus viajes transportando nitro [o salitre] le habían dado la oportunidad de conocer; cf. Macario 1). Entre 330 y 340 fue a visitar al menos una vez, sino dos, a Antonio (Macario 4 y 27). Hacia 340, tal vez por consejo de Antonio, aceptó ser ordenado sacerdote (Historia Lausíaca, cap. 17), afirmándose como el padre espiritual de los hermanos que se habían reunido en torno suyo. Después de 356 (muerte de Antonio), Sisoes , uno de los más célebres de sus discípulos, deja Escete ya muy poblado (Sisoes 28): es el fin de la que proponemos llamar “primera generación”. Otros discípulos, siempre más numerosos, tomaron la posta. En 373-375, Macario sufrió el exilio, al igual que su homónimo, por obra del arriano Lucio, a una isla del Delta, donde convirtió a los habitantes (Sócrates, Historia Eclesiástica, IV,23). De regreso a Escete su reputación siguió creciendo; los discípulos seguían afluyendo: le llevaron un paralítico para que lo curara (Macario 15). Poimén de Pispir, antiguo discípulo de Antonio, le imploró una palabra (Macario 25; este Poimén es aquel que menciona Rufino, Historia Eclesiástica, II,8, y que interviene en el apotegma Antonio 4 y en el apotegma Amún de Nitria 2, y nada tiene que ver con su homónimo del siglo V). Dos jóvenes extranjeros que habían oído hablar de él le manifiestan su deseo de vivir en su proximidad (Macario 33)... Y es recibido con mucha deferencia en el centro monástico de Nitria (Macario 2 y 34). Murió en Escete hacia 390, a la edad de casi 90 años. Tal fue el fundador de Escete, de quien los testimonios subrayan unánimemente la aptitud excepcional para ayudar a los demás. Había recibido, según la Historia Monachorum in Aegypto, el don permanente de la cardiognosis, es decir el conocimiento de las ilusiones que el demonio podía formar en el corazón de los hermanos (PL 21,455A). Casiano recuerda también su discretio en tres de los cinco episodios que narra sobre él (Instituciones, 5,41; Conferencias, 6,12,3; 24,13,1-4). Y Paladio añade: desde su juventud monástica había recibido el don de discernimiento; pero como ese don es normalmente una prerrogativa de los ancianos, por eso lo llamaban el paidariogéron, el niño-anciano (Historia Lausíaca, cap. 17)...» (SCh 387, pp. 47-49).

[2] Prosphoràn: la Misa.

[3] Esta sentencia hay que atribuirla a abba Macario el Alejandrino.

[4] Este apotegma también hay que atribuirlo a abba Macario el Alejandrino.