TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. Ciclo "A"

«Hoy, en el monte Tabor, Cristo ha reelaborado la imagen de la belleza terrestre y la ha trasformado en icono de la belleza celestial. Por eso está bien que yo diga: ¡Este es un lugar terrible! Es nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo (Gn 28,17). Hoy el Tabor y el Hermón se han alegrado a la vez (cf. Sal 88 [89],13); han invitado a todo el universo a alegrarse. El país de Zabulón y de Neftalí se han unido a la fiesta y han bailado bajo el sol. Hoy, Galilea y Nazaret han participado en la danza y han animado la fiesta con coros. El Monte Tabor se alegra por la fiesta y arrastra a la creación hacia Dios, renovándola.

Hoy, en efecto, el Señor ha aparecido verdaderamente en la montaña. Hoy la naturaleza humana, creada al principio a imagen de Dios, pero oscurecida por las figuras deformantes de los ídolos, ha sido trasfigurada en la antigua belleza del hombre creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). Hoy en la montaña, la naturaleza, que se había extraviado en la idolatría en las montañas, ha sido transformada sin dejar de ser la misma, y ha brillado con la claridad resplandeciente de la divinidad. Hoy, en la montaña, el que estaba vestido con sombrías y tristes túnicas de pieles, de que habla el Génesis (cf. 3,21), se ha puesto el vestido divino, envolviéndose en la luz como en un manto (Sal 103 [104],2). Hoy en el monte Tabor ha aparecido misteriosamente la condición de la vida futura del Reino de la alegría. Hoy, de manera sorprendente, los antiguos mensajeros de la Antigua y Nueva Alianzas se han reunido junto a Dios sobre la montaña, portadores de un misterio lleno de paradojas. Hoy, en el monte Tabor se traza el misterio de la cruz que por la muerte da la vida: así como Cristo fue crucificado entre dos hombres en el monte Calvario, ahora se alza con divina majestad entre Moisés y Elías…

En el Sinaí los símbolos fueron diseñados prefigurativamente; en el Tabor resplandece la verdad. Allí la oscuridad, aquí el sol; allí las tinieblas, aquí la nube luminosa...»[1].

 


[1] San Anastasio Sinaíta, Sermón para la Transfiguración de Cristo (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Editorial Apostolado de la Prensa, 1973, K 24). San Anastasio Sinaíta, murió a comienzos del siglo VIII. Algunos lo llaman “nuevo Moisés”, ya que como abad del Sinaí fue guía de muchísimos monjes. Su vida es desconocida en gran parte. Fue un polemista y disputó con muchos herejes que pululaban por Siria, Palestina y Egipto. Se encontraba en Alejandría, cueva de herejías, poco antes del 640 y luego entre el 678-689, en tiempos del patriarca monofisita Juan III; vivía aún veinte años después del concilio Constantinopolitano III (680-681). Su obra principal es el Hodegos, que en 24 capítulos ataca las diversas formas del monofisismo.