UN TESTIMONIO ACTUALÍSIMO: LA EXPERIENCIA ESPIRITUAL Y LA HUMANIDAD DE SANTA GERTRUDIS, ESPEJO RADIANTE Y SERENO DE LA MISERICORDIA DIVINA (III)

Muerte de Santa Gertrudis, pintura de hornacina del retablo de Santa Gertrudis de la iglesia del Real Monasterio de San Clemente de Sevilla, atribuida al pintor Valdés Leal[1].

 

María Geltrude Arioli OSBap[2]

A la certeza de la fidelidad del amor de Dios[3] Gertrudis responde con una actitud de total abandono, de dulce pasividad mística a la acción del Espíritu. Abundan, especialmente en Los Ejercicios, las expresiones de apertura dócil a la gracia, de consciencia de recibir todo por pura iniciativa de Dios: “Di a mi alma: ‘tú eres mía; yo, tu salvación te he reconocido: desde ahora no serás llamada más ‘Abandonada’, sino ‘mi complacencia’, a fin de que mi suerte esté contigo para siempre en la tierra de los vivientes”[4]. Y también: “Lo que yo soy por naturaleza, ella llegará a serlo por gracia. La uniré a mí con el abrazo del amor, estrechándola contra el corazón de mi divinidad, a fin de que, por la virtud de mi ardiente amor, se funda como al cera ante el fuego”[5].

“En el vigor de tu caridad, dígnate desencadenar con fuerza tu amor omnipotente; en el torbellino de tu Espíritu, dígnate atraerme con vehemencia a ti y acogerme en el seno de tu amorosa solicitud: hazlo con tanta fuerza y vehemencia que yo comience verdaderamente a morir a mí misma y a transferirme a ti en espíritu, oh dulce amor mío. Allí, allí, concédeme perderme a mí misma en ti, abandonarme en ti tan radicalmente que no quede en mí ninguna huella de mí, así como un granito de polvo, cuando es aventado, no deja nada allí donde había estado, ninguna huella de su desaparición (…) Haz desbordar sobre mí todas las fuentes del gran abismo de tu infinita misericordia (…). Que yo este sumergida en el abismo del mar de tu clementísima ternura”[6].

La conciencia humilde de ser indigna de la complacencia de las gracias del Señor es fuente de alegría y de alabanza, de estupor y de agradecimiento, que acrecienta el abandono. “¿Por qué, oh amor excelente, has amado a una creatura tan repugnante, tan torpe, sino para hacerla bella en ti? Tu amorosa caridad me atrae y me seduce”[7]. “Eres la vida de mi vida, Dios mío, Dios vivo y verdadero, fuente de luces eternas, y la luz de tu dulce rostro ha sido impresa sobre mí, aunque indigna; mi corazón desea saludarte, alabarte, glorificarte, bendecirte”[8].

El encuentro entre la dulzura de la misericordia que se vuelve sobre esta creatura y el sentido de humildad, de audaz confianza y de pasivo abandono se expresan en el tema de la suppletio tan característico de la doctrina espiritual de Gertrudis.

Parece que su misma personalidad humana, su temperamento sereno, abierto a lo positivo, la orientan en tal sentido. Experimentar la indignidad, como la falta de méritos, es cultivar no solo la certeza de que el amor de Dios suple sus límites, sino que llega a ser también motivo de altísima, pura alabanza, por la gratuidad absoluta de los dones de Dios:

“Y como la primera vez me había concedido esta gracia sin que la hubiera merecido (alude a la experiencia de la inhabitación) así entonces me concediste la alegría de tu presencia saludable, que todavía hoy perdura. Después de que la había positivamente desmerecido (alude a la disipación por una conversación mundana), puesto que el recaer es peor que el caer. Te sea dada aquella alabanza y aquella acción de gracias que procede suavemente del amor increado y que, de modo incomprensible para todas las creaturas, refluye en ti”[9].

Desde el fondo de su humilde consciencia de no haber correspondido a la gracia nace el ofrecimiento de esta alabanza misma del Espíritu Santo en el misterio de la vida trinitaria.

También estas sublimes oraciones expresan la serena certeza de la sobreabundante riqueza del amor de Dios que colma toda laguna: “Oh mi Dios, que la fuerza de aquel amor, cuya plenitud habita en Aquel que se sienta a tu derecha y que se ha hecho hueso de mis huesos y carne de mi carne, supla a todo lo que mi malicia pudo haber quitado a la fuerza de esa devoción”[10]. “(…) Te ofrezco en reparación de mis pecados, oh Padre amantísimo, la pasión de tu amado Hijo (…), toda la santísima vida de tu Unigénito”[11].

En la conciencia de su falta de preparación para recibir al Señor en la Eucaristía, tiene lugar la manifestación misma del Señor para confirmar sus sentimientos de confianza: “El Señor se le apareció, la miró con mirada a la vez de compasión y de amor, y, para prepararla, le mandó su propia Inocencia, para que le sirviera como de túnica mórbida y cándida, y la Humildad (…) y la Esperanza (…) y el Amor (…)”[12]. Es el Señor mismo quien le sugiere que confíe en su Voluntad de suplir toda su insuficiencia: “Yo te presento mi corazón, órgano dulcísimo de la adorable Trinidad, a fin de que le puedas pedir con confianza que supla todas tus deficiencias”[13].

La constante conciencia de la propia debilidad y negligencia, que la santa siempre advierte, es consolada por el Señor con la promesa de que cada mancha será purificada. Ya sea por la expresión de una breve invocación de confianza, o bien recibiendo a Jesús en la Eucaristía, Él mismo proveerá a reparar toda falta. Y esto es confirmado por una experiencia:

“Se acercó luego a recibir el Cuerpo del Señor y entonces su propia alma le pareció límpida como un cristal que brillaba a la luz. La divinidad de Cristo resplandecía a través de este cristal y realizaba en su alma operaciones tan admirables y de tan inexpresable dulzura, que eran objeto de delicia para la Trinidad santísima y todo los santos”[14].

Frecuentemente el deseo y el sentimiento de impotencia para alabar a Dios como conviene es suplido por Él mismo: “Toda vez que, aun teniendo el espíritu y el alma ávidos de alabar a Dios, no logras encontrar palabras adecuadas a su dignidad, pide al Señor Jesús, que está enamorado de ti, que sea Él mismo quien se glorifique en ti (…)”[15]. Pensando en el juicio final, Gertrudis se confía ardientemente al Padre: “Quisiera saber qué sentencia pronunciarás sobre mí, ahora que tengo conmigo a mi Jesús, el amadísimo, el fidelísimo, que ha tomado sobre sí mi miseria, para obtenerme de ti una gran misericordia”[16]. Y también: “Oh Jesús mío dulcísimo, los actos de tus santísimos sentidos cubran todas mis culpas, y suplan todas mis negligencias, a fin de que todo lo que me falta en mí misma pueda tenerlo por entero en ti, que te has donado todo por mí”[17].

“Oh amado mío, por las lágrimas puras de tus luminosísimos ojos, lava toda mancha de pecado de mis ojos, para que al termino de mi vida yo pueda ver, sin ningún impedimento, con el ojo puro del corazón, tu rostro dulcísimo, en el espejo de la santa Trinidad (…) Oh amado mío, por la pura intención de tus santísimos pensamientos y el ardiente amor de tu corazón traspasado, lava todo pecado de mis pensamientos malvados y de mi corazón culpable (…)”[18].

El cristocentrismo trinitario de Gertrudis aparece en esta página revelando la dimensión profunda de su experiencia. La luminosa quietud, la plenitud de la paz en el abandono místico a la acción del Espíritu, son ciertamente fruto de la iniciativa de Dios con su gracia, pero también de la predisposición de la personalidad humana de la santa. Su sensibilidad para la belleza le hace sentir con deleite el gusto de la armonía de la naturaleza: “Te sean dadas gracias, oh Creador de los astros, que revistes de esplendor las luminarias del cielo y de variados colores las flores de la primavera”[19]. Y otro pasaje muy conocido:

“Un día entre la Pascua y la Ascensión, había ido al huerto, antes de la hora de Prima, y sentada junto a la piscina, contemplaba la belleza del aquel rincón solitario que me agradaba: por la limpidez del agua que corría, por el verde de los árboles que crecían en torno, por los pájaros, especialmente por las palomas que volaban con libertad y sobre todo por la gran paz de que se gozaba. Comencé a preguntarme qué cosa habría podido completar el encanto de aquel lugar, que casi me parecía perfecto, y encontré que le faltaba solamente la intimidad de un amigo afectuoso, cordial, sociable, que alegrara mi soledad”[20].

Este texto nos transmite el rasgo de un temperamento contemplativo que une los sentidos y el espíritu en el disfrute de lo bello, que sabe vivir en plenitud lo que los sentidos comunican, pero también abrirse a la dimensión simbólica de lo creado, que habla de la sabiduría y del amor de Dios: sentidos, fantasía, inteligencia, afectos, dones de gracia armonizados en la fe, unidad de una personalidad serenamente equilibrada. ¿No sería quizás también este rasgo una chispa de luz, una vía que abre a la esperanza, para la experiencia de los hombres de nuestro tiempo, oprimidos por la fragmentariedad de lo mínimo, de la conflictividad incesante entre cuerpo y espíritu, intelecto y sentimiento, tierra y cielo?

En el pasaje citado encontramos también otro aspecto de la humanidad de Gertrudis: la importancia de la relacionalidad. Después de haber vivido la soledad en la infancia, fuera de las normales relaciones familiares, no se ha encerrado en sí misma, al contrario, se ha abierto y lanzado con toda su persona al amor por Cristo, en el cual ha encontrado plena realización a su deseo de amar y ser amada. Y esto no solo no ha limitado, sino que ha intensificado la delicada capacidad de querer a sus hermanas, de amar y socorrer a la personas de fuera del monasterio que recurrían a sus consejos y de ser sensible al valor de la amistad.

Es vivo el afecto de Gertrudis por aquella que le había sido dada como maestra, Matilde de Hackeborn, que la guía, la aconseja y le confía sus experiencias espirituales. Es ciertamente a Matilde, a quien alude cuando habla de aquella que le aconseja unir a la continua y pía meditación sobre el amor del corazón de Cristo traspasado en la cruz, el agua de la devoción, derramada para el lavado de todas las ofensas, junto con el bálsamo del reconocimiento de su amor”[21].

Gertrudis conoce la fecundidad sobrenatural de la amistad espiritual. Cuenta de hecho que, impulsada por el deseo de recibir la impresión de los estigmas de Cristo, había revelado este secreto a una hermana. Dice a propósito -para aprovechamiento espiritual del lector- que frecuentemente, luego de tales confidencias, ha sentido crecer el fervor de su devoción. Agrega luego:

“No sabría decir si fui inducida a hacer tal revelación por efecto de tu Espíritu, oh mi Señor y mi Dios, o si lo hacía impulsada por un afecto puramente humano. Pero he oído decir a una persona de mucha experiencia, que siempre es más útil revelar estos secretos a alguien que no solo nos demuestre afecto, sino que también sea superior a nosotros por ancianidad[22] y por eso nos inspire un sentido de reverencia”[23].

Por estas palabras captamos algunos aspectos interesantes. Nuestra santa no tiene para nada temor de vivir relaciones afectuosas y fraternas con sus hermanas, sino que las vive en armonía con el amor exclusivo por Cristo y como sostén espiritual a profundizar en su riqueza: naturaleza y gracia, humanidad y vida sobrenatural están armonizadas sin tensiones o contrastes, con absoluta simplicidad.

Esta misma simplicidad emerge del tono sereno, sin rebusques o repliegues sobre sí misma, con el que habla de las experiencias místicas extraordinarias como si fueran hechos normales y comunes a todos.

Aparece siempre en sus escritos la conciencia de la consagración bautismal como fuente primera de pertenencia a Cristo en la vida monástica: tema redescubierto por la teología de la vida consagrada en el Concilio Vaticano II y el magisterio sucesivo[24].

“Oh Jesús, luz inextinguible, enciende en mí la lámpara ardiente de tu caridad, de modo que no pueda ya extinguirse y enséñame a custodiar mi bautismo de modo irreprensible, a fin de que, cuando, llamada por ti, llegue a tus bodas, estando pronta pueda merecer acceder a las delicias de la vida eterna, para verte a ti, luz verdadera, y ver el suavísimo rostro de tu divinidad”[25].

Tal es la frescura de su relación afectiva con el Señor que nos hace comprender cómo para ella, la encarnación del Verbo no es un dogma sino una dimensión vivida. Hace sonreír un pasaje en el cual, después de haber pasado una noche de insomnio en íntimo coloquio con Jesús, narra su biógrafa:

“Tomó el crucifijo, lo cubrió de tiernos besos, estrechándolo entre sus brazos y cubriéndolo de caricias. Después de un rato, sintiendo que sus fuerzas decaían a causa de aquella vigilia prolongada, dejó el crucifijo diciendo: ‘Adiós, querido Señor, te deseo una buena noche. Ahora déjame dormir, a fin de que pueda recobrar las fuerzas que he perdido entreteniéndome contigo’”[26].

Con esta espontaneidad coloquial y afectiva con el Señor, Gertrudis es maestra de oración, de diálogo en el que toda su humanidad se transforma en la humanidad del Verbo; vía simple y directa de divinización, para quien se deja asumir en la persona de Cristo, abriéndose a las relaciones trinitarias.

La referencia constante en sus escritos a la Palabra, la expresión de las más elevadas experiencias místicas en el contexto de la liturgia[27], confieren a sus escritos una límpida objetividad contemplativa, que tampoco tiene nada de fríamente intelectual: una afectividad cálida y vibrante expresa la concreción de una vida inmersa en el Misterio del Amor de Dios.

También este aspecto de coincidencia entre la liturgia y la vida es un llamado interesante para la mentalidad de hoy. Gertrudis vive la intimidad personal con el Señor, pero no se refugia en el intimismo, se abre a un ámbito comunitario, tiene un sentido vivísimo de la comunión de los santos, del cuerpo místico de la Iglesia, vive con intensidad el contexto sacramental, especialmente el contacto con el Señor Jesús en la Eucaristía. Además, su mismo modo de contemplar la naturaleza, está influido por la estructura simbólica, sacramental, característica de la visión cristiana de la realidad. Sus experiencias místicas tienen lugar prevalentemente, o durante la rumminatio de la Palabra de Dios, o durante la celebración de la Misa y de la Liturgia de las Horas; la intensidad de la unión con Jesús no le impide seguir cada fase de la celebración, porque -al contario de cuanto nos sucede hoy- ella no ve la liturgia como un rito formal, sino que la vive como participación en el misterio de Cristo, que se realiza en el momento actual.

En sus escritos, si se los compara con los de Teresa de Ávila, como nota Doyère[28], se remarca la prevalencia de la contemplación objetiva del misterio, por sobre todo aspecto subjetivo. Para Gertrudis la liturgia es epifanía de Dios, lugar de su presencia, no alegorismo o mito: en la liturgia Dios se comunica de modo vital. Ella vive lo que celebra, y lo que expresa con palabras es, más que su propio estado interior, el cumplimiento actual del misterio de Dios[29].

Por lo demás, la participación en la liturgia en el Monasterio de Helfta es verdaderamente la expresión de la vida. Esto es tan verdadero, que la comunidad de Dougne ha podido redactar un “año litúrgico” compuesto con las oraciones de Gertrudis y de Matilde[30].

El magisterio de Benedicto XVI ha subrayado precisamente la necesidad de recuperar hoy el valor de la liturgia como expresión de vida y como oración, no solo comunitaria y eclesial, sino también íntimamente personal.

Aún si en este estudio nos hemos limitado a algunas escenas, por lo tanto no exhaustivas, sobre la viva actualidad de algunos temas, debemos reconocer que los escritos y la personalidad de Gertrudis de Helfta no pueden ser circunscriptos al siglo en el cual ella vivió: hablan al corazón y a la mente de los cristianos, así como a los hombres de hoy y de todo tiempo.

 

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M. Geltrude Arioli OSBap - Un testimonio actualísimo, la experiencia espiritual de S. Gertrudis

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[1] El retablo de santa Gertrudis de la Iglesia del Real monasterio de San Clemente de Sevilla constituye un conjunto pictórico grandioso, de estilo barroco, fechable en los últimos años del siglo XVII. En el centro se encuentra el gran lienzo de Lucas Valdés, Santa Gertrudis en inspiración, de 1680. Rodeando el cuadro aparecen diversas escenas de la vida y visiones de Gertrudis. Este cuadro representa la visión de Gertrudis sobre su propia muerte. Tenemos dos relatos de esta visión, consignados en los últimos capítulos del Libro V del Legatus (capítulos 30 y 32). Esta pintura se basa en el relato del capítulo 30: muestra también a Gertrudis en su lecho de enferma, rodeada de sus hermanas, que rezan la recomendación de su alma. Gertrudis ve en éxtasis a la Santísima Trinidad, en forma de tres figuras humanas. La figura central el Cristo, de cuyo corazón brotan ríos de luz que se dirigen directamente a la boca de la enferma. Se representa así el momento en el que el corazón de Cristo absorbe el aliento de la santa, haciendo ingresar su alma en el reino celestial. He aquí el relato de la visión: “En una ocasión se le apareció el Señor Jesús con incomparable belleza por encima de todos los hijos de los hombres[1]. La acogió con inefable ternura entre sus dulces abrazos y le preparaba un lugar de reposo en su brazo izquierdo junto a su Corazón dulcísimo, lleno de felicidad (…). Mientras reposaba ella dulcemente en el brazo izquierdo sobre el amantísimo Corazón de Dios, al mirar ese mismo Corazón deífico en el que se ocultan todos los bienes, vio que se le abría totalmente, a modo de jardín paradisíaco con todos los atractivos y deleites espirituales (…) Además parecían brotar del centro del Corazón divino como tres arroyuelos cristalinos que, jubilosos, juntaban las aguas en su curso, de forma maravillosa. El Señor le dijo: “Beberás de estos arroyuelos a la hora de tu muerte con tal avidez que tu alma se vigorizará con esa agua saludablemente y alcanzarás una perfección tan completa que ya no podrás permanecer en la carne. Mientras esto llega, gózate contemplando los arroyuelos para eterno crecimiento de tus méritos” (L V 30, 1 y 2).

[2] Madre María Geltrude del Divin Cuore (Marialuisa) Arioli, nacida en 1936, graduada en filosofía, es monja benedictina de la Adoración Perpetua en el Monasterio de Milán. Fue docente en el liceo interno y Priora de la comunidad monástica, desde 1990 hasta 2016. Actualmente dicta cursos monásticos y de espiritualidad para laicos.

[3] Continuamos publicando la traducción de las actas Congreso: “LA “DIVINA PIETAS” E LA “SUPPLETIO” DI CRISTO IN S. GERTRUDE DI HELFTA: UNA SOTERIOLOGIA DELLA MISERICORDIA. Atti del Convegno organizzato da Istituto Monastico della Facoltà di Teologia Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, Roma, 15-17 novembre 2016. A cura di Juan Javier Flores Arcas, O.S.B. - Bernard Sawicki, O.S.B., ROMA 2017”, Studia Anselmiana 171, Pontificio Ateneo S. Anselmo, Roma 2017. Cfr. el programa del Congreso en esta misma página: http://surco.org/content/convenio-divina-pietas-suppletio-cristo-santa-gertrudis-helfta-una-soteriologia-misericordia. Traducido con permiso de Studia Anselmiana y de la autora, por la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso. 

[4] Ejercicios Espirituales I, versión italiana: Esercizi spirituali, 9.

[5] Ibid., III, versión italiana: Esercizi spirituali, 22.

[6] Ibid., IV, versión italiana: Esercizi spirituali, 52-53.

[7] Ibid., V, versión italiana: Esercizi spirituali, 63.

[8] Ibid., VI, versión italiana: Esercizi spirituali, 91.

[9] Legatus II,3, versión italiana: Le rivelazioni, 93-94.

[10] Ibid., II,5, versión italiana: Le rivelazioni, 100.

[11] Ibid., II,23, versión italiana: Le rivelazioni, 141.

[12] Ibid., III,18, versión italiana: Le rivelazioni, 200.

[13] Ibid., III,25, versión italiana: Le rivelazioni, 216.

[14] Ibid., III,37, versión italiana: Le rivelazioni, 252-253.

[15] Ejercicios Espirituales VI, versión italiana: Esercizi spirituali, 99.

[16] Ibid., VII, versión italiana: Esercizi spirituali, 123.

[17] Ibid., VII, versión italiana: Esercizi spirituali, 126.

[18] Ibid., VII, versión italiana: Esercizi spirituali, 144-145.

[19] Legatus II,16, versión italiana: Le rivelazioni, 124.

[20] Ibid., II,3, 91.

[21] Ibid., II,5, 100.

[22] N. de T.: Ancianidad es la antigüedad en la vida monástica, que no se computa según la edad cronológica sino de acuerdo a la fecha de entrada en el monasterio (cfr. Regla de san Benito, cap. 63).

[23] Ibid., II,4, 96.

[24] Pablo VI, Constitución dogmática Lumen gentium (21 de noviembre de 1964) 44; Decreto Perfectae caritatis (28 de octubre de 1965) 5; Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita consacrata (25 de marzo de 1996) 30; Francisco, “Constitución apostólica Vultum Dei quaerere (22 julio de 2016) 1.

[25] Ejercicios Espirituales I, versión italiana: Esercizi spirituali, 11.

[26] Legatus III,45, versión italiana: Le rivelazioni, 266.

[27] C. Vagaggini, Il senso teologico della liturgia, Milano 19582.

[28] P. Doyère, «Introduction», en Gertrude d’Helfta, Oeuvres spirituelles, t. II, Le Héraut (Livres I et II) (= Sources Chrétiennes 139), Introduction, texte critique, traduction et notes par Pierre Doyère, Cerf, Paris 1968, 52.

[29] H. Minguet, Théologie spirituelle de sainte Gertrude, Colletanea Cistercensia 51/52 (1989-1990) 174.

[30] L’Année liturgique d’après sainte Gertrude et sainte Mechtilde, vol. 2, editado por la comunidad de Dourgne, Maredsous 1927.