VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (10). BAUTISMO DEL SEÑOR

[RB 48 (continuación)]

La lectio

En el ordenamiento del horario diario, se advierte un cuidado extremo en las horas reservadas a la lectio.

La lectio es ese esfuerzo de escucha personal de la Palabra de Dios que, desde el Prólogo al Epílogo, aparece como el corazón de la vida monástica. Si la Palabra nos llega ya en la liturgia, y también por otros canales a menudo imprevisibles, cuyo dueño es Dios, su escucha verdadera exige de nuestra parte al menos una contribución. Pide la participación de todas nuestras facultades, según los dones recibidos por cada uno. A veces llena de atractivo y consuelo, ella también puede volverse penosa y árida. Oración y lectio van juntas y sufren a menudo las mismas fluctuaciones. La asiduidad a la lectio es uno de los criterios de la vitalidad espiritual. Ella puede, con todo, evolucionar mucho en el transcurso de la vida, en su forma e incluso en la importancia material del tiempo que se le reserva.

Una de las fuerzas y de las riquezas de la vida monástica es justamente poder facilitar y fomentar la lectio. Según el horario de la RB, parece que una media de tres horas se reservaba a esta actividad. Sin duda, la lectio no estaba claramente diferenciada de lo que nosotros llamamos “estudio”. Este tiempo es relativamente considerado, sobre todo si se piensa que la lectura no tenía en esa época el lugar que ella ocupa actualmente en la vida de la mayoría de las personas. Se entiende entonces mejor las disposiciones tomadas por la RB para salvaguardar el valor de estos tiempos de lectio, que debían exigir un verdadero esfuerzo para muchos: ancianos circulando en el monasterio, etc.

Incluso hoy, la constancia en la lectura es una de las “pruebas” de la vida monástica y tiene necesidad del mutuo aliento. Es en esta línea que se coloca la puesta en guardia contra la pereza. Los Padres habían advertido sobre esta forma de pereza especial que ellos llamaban la “acedia” y a la cual hace alusión aquí la RB: “Un hermano perezoso (acediosus en latín) que se entrega al ocio y a la charla, que no atiende a la lectura...” (RB 48,18). Casiano consagra a esto un importante capítulo de sus Instituciones monásticas (10,2 ss.). La falta de gusto por la lectura se traduce enseguida por una falta de gusto por cualquier cosa, que puede terminar con la impaciencia por todo, la irritación, la rebelión contra su estado...

Es posible huir de la lectio de muchas maneras: el trabajo, el ministerio, la distracción e incluso una cierta búsqueda de oración. Es una cuestión de vida personal, pero que también es más o menos ayudada por el clima ambiente de la comunidad. Aprender a alimentar la vida por la lectio es uno de los puntos más importantes de la formación inicial.

Será necesario también volver sobre esta cuestión de la lectio. Aquí basta con situarla respecto a las otras actividades mayores de la vida monástica.

Si la RB dispone cuidadosamente de amplios momentos para la lectio, tampoco ella determina las variaciones del horario, sino más bien los imperativos del trabajo.

 

El trabajo

Este capítulo no trata sobre la organización del trabajo en la comunidad, ni tampoco, propiamente hablando, hace una reflexión sobre la concepción monástica del trabajo. Sólo la alusión de tener que ganar su vida con sus propias manos en caso de necesidad iría en tal sentido (48,8). Todas estas cuestiones, así como las que conciernen a la inserción económica de la comunidad en la sociedad, se volverán a ver en otro lugar. En el marco de este capítulo, esta alusión a la necesidad imperativa de ganarse el pan, subraya también esa prioridad concedida por la RB a las exigencias primarias de la vida.

Evidentemente es válida sobre todo a propósito del trabajo la máxima que abre el capítulo: “La ociosidad es enemiga del alma”.

El trabajo es visto aquí más en su realidad cotidiana, en la vida de la comunidad y en el de cada hermano. Es evidentemente a este nivel que la máxima tiene toda su vigencia. Si es difícil no hacer nada sin que en seguida se note, es mucho más fácil hacer “naderías” y estar sin embargo muy ocupado, incluso con mucho celo y piedad. Dos lemas se han difundido por igual respecto de los monjes: “trabajo de benedictino” o “monje parásito”. Los dos son verdaderos. Particularmente sensible a la solidaridad de todos ante las tareas a realizar, nuestra época es alérgica a toda forma de parasitismo. Al contrario, el valor del trabajo es reconocido universalmente. Es el medio de inserción más auténtico en la sociedad de hoy.

Tres pequeños incisos muestran el carácter propio de este trabajo: “Trabajen en lo que sea necesario”(v. 3); “hagan lo que haga falta”(v. 6); “trabajen en lo que se les mande”(v. 11).

Carácter objetivo del trabajo: es ordenado por los imperativos del momento, según las necesidades de la vida en común. Como para todo el mundo, hasta cierto punto, es el trabajo mismo el que ordena. En una vida que llama a vivir un cierto grado de interioridad, esta ley del trabajo es la salvaguarda del equilibrio humano (“aquél que no trabaja, le falta un tornillo”[1] decía un anciano monje…). Por otro lado, el trabajo se reparte entre todos. El trabajo no se elige, sino que es entregado por los responsables. Es una de las consecuencias de la vida en comunidad y de la puesta en común de los bienes y de las fuerzas.

En la vida cotidiana, este poner (cada uno) todas sus facultades y sus medios al servicio de la comunidad, es una de las piezas maestras de esa “escuela de caridad” que quiere establecer la RB. Es un continuo don de sí, que puede llegar a veces hasta el sacrificio de capacidades reales y de legítimos deseos, pero que puede también, si se hace con alegría y con espíritu de fe, procurar poco a poco la verdadera libertad interior: “No se entristezcan…” (v. 7). Es por el trabajo y en él como se crea verdaderamente la comunidad y se tejen lazos entre los hermanos. Forma parte de la solidaridad total a la cual se compromete quien entra en la comunidad, comunidad de cohabitación.

El título del capítulo habla del “trabajo manual”. ¿Hay que tomar la expresión en sentido estricto? Cada uno responderá sin duda en función de su experiencia. Es cierto que el trabajo manual tiene un valor propio. Es un hecho también que las comunidades monásticas siguen la curva de la vida moderna que ve desarrollarse los trabajos de tipo terciario y de carácter más intelectual. Se plantea así una cuestión de equilibrio, que no es fácil de encontrar, tanto en el plano comunitario como en el personal. Lo que importa, en este capítulo, es que se trata de un trabajo “verdadero”. Y el trabajo “verdadero” es aquel que es “necesario”, como dice la RB, es decir aquel que es útil para la vida de la comunidad y para su actividad, sea la que fuere más allá de su valoración, si se juzga según los criterios de la sociedad.

Esta disponibilidad total al bien común ¿no corre el riesgo de hacer de la comunidad un ídolo por el cual son sacrificados los hombres? En efecto, a veces puede haber allí un conflicto grave. Cada monje puede estar enfrentado un día a este dilema del que habla el capítulo 68 de la RB. Se trata allí de una cuestión mucho más amplia, la de la obediencia, de sus exigencias y de sus límites. Otra cuestión que será desarrollada más adelante, en particular a propósito de los capítulos 5 y 7, y también cuando haya que tratar sobre la organización de la comunidad (capítulo 21)[2].

Este mismo conflicto entre el bien de las personas y el bien común concierne también a la autoridad. Una advertencia basta para hacer sentir el espíritu en la que ésta se inspira: “Sin embargo, dispóngase todo (incluso en el caso en que la necesidad se haga más apremiante) con mesura, por deferencia para con los débiles” (v. 9). El capítulo además termina con otra reflexión parecida: “El abad debe considerar la debilidad de éstos” (v. 25). El bien común no debe hacer perder de vista el bien de las personas. Es una tarea temible del abad mantener este espíritu en todos los engranajes de la comunidad, a fin de que ésta no se vuelva una empresa polarizada por una tarea a realizar, sino que siga siendo una casa de Dios. Los capítulos 2 y 64 le responsabilizarán de ello.

* * *

El ritmo cotidiano mismo está enmarcado en un movimiento más amplio, el de la semana y el del año, con sus estaciones y sus tiempos litúrgicos.

El domingo tiene un lugar especial y rompe el ritmo cotidiano. “En relación con los otros días, parece que se les permite a los hermanos cierta variedad o mitigación, en honor de la resurrección del Señor. Es como una tregua después de la observancia de la semana, que al introducir en ella cierta variedad, incita a esperar el retorno de ese día con más solemnidad, como un día festivo. Al mismo tiempo hace sentir como menos duros los ayunos de la semana entrante. En efecto, siempre se soporta con más tranquilidad cualquier fatiga y se cumplen las tareas sin fastidio, si se intercala alguna modificación o sucede algún cambio cualquiera en el trabajo.”[3]. Benito admite esta modificación del ritmo de la jornada para el domingo, pero hay que reconocer que las breves líneas que le concede al horario dominical no tienen el mismo tono que las de Casiano. Debió experimentar mucha desilusión respecto de la capacidad de los monjes para aprovechar el domingo… Tampoco los problemas de distensión se presentaban aparentemente como hoy en día.

El ritmo anual está marcado por los tiempos litúrgicos: tiempo de Cuaresma, tiempo de Pascua. La liturgia le da un color espiritual a esos períodos, no modifica el transcurso de las jornadas. Éste es modificado únicamente por el ritmo de los fenómenos naturales y de las condiciones de trabajo que se imponen.

Hoy somos menos tributarios de estas condiciones naturales. Lo somos mucho más de los condicionamientos sociales y culturales. ¿No es conservar el espíritu de la RB el adaptar el ritmo de la vida monástica a estos mismos condicionamientos siempre en movimiento? Preguntas que siempre hay que volver a hacerse dada la rapidez de la evolución de las condiciones de vida… Lo importante es que se mantenga, a través de estas evoluciones, la misma relación entre las tres actividades fundamentales: el TRABAJO, la LECTIO y la ORACIÓN. El espíritu de la Regla de san Benito estará entonces salvaguardado.

 

[1] El texto original dice: “Celui qui ne travaille pas travaille du chapeau”. “Travailler du chapeau” significa en lenguaje familiar ”estar loco, chiflado, faltarle un tornillo” (NT).

[2] En el texto original figura entre paréntesis el capítulo XII. Creemos que es un error de tipografía (NT).

[3] CASIANO, Instituciones, III,11.