VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (11)

Anexo: LECTIO DIVINA

Hablamos mucho de “lectio divina”. ¿Qué entendemos con esta expresión?

Dos excesos a evitar:

-       contentarse con vanas palabras dando a esta expresión un sentido demasiado amplio, que abarcaría demasiadas cosas y le quitaría su fuerza;

-       o, al contrario, darle un sentido demasiado preciso y muy estricto, que entorpecería la libertad de nuestra búsqueda espiritual.

La lectio divina es, como la oración, una actividad esencialmente “personal”, es por ende tan variada como las personas. Habría, por consiguiente, maneras muy diversas de practicarla.

Además, como también la oración, es una actividad “vital”, por lo tanto concreta, es por la práctica como se la descubre.

En fin, siempre como la oración, es una “búsqueda” que tiende siempre a renovarse.

Por todas estas razones, conocer la experiencia concreta de los demás puede ser una fuente de enriquecimiento para mejorar y hacer más fructuosa la propia manera de hacerla.

 

¿Cómo hacer la “lectio divina”?

Puede hacerse de diversas maneras. Difiere según los temperamentos: no querer “copiar” a los otros. Difiere también según las épocas y la evolución espiritual de cada uno: no encerrarse en “su” método; una forma de hacerla, que en ese momento “no dice nada”, será, por el contrario, muy provechosa en otras circunstancias; las necesidades varían, el alimento debe variar; la experiencia de los otros puede ayudar.

Pueden ser utilizadas simultáneamente muchas maneras de hacerla, y es quizás esa… ¡la mejor manera!

También se pueden describir diferentes “tipos” de lectio divina:

-       La lectio lenta y sabrosa de un texto que se rumia, “medita” el contenido espiritual durante todo el tiempo que le “dice” algo al corazón y al espíritu. Se puede decir que esta manera es el ABC y el punto culminante de la lectio divina.

Punto de partida: meditación de un texto para conocerlo y comprenderlo.

Punto de llegada: meditar un texto conocido y asimilado para encontrar allí a Dios más directamente.

 Es la “meditación” más próxima a la oración. Bastan algunos minutos para hacerla y puede prolongarse… Es bueno hacerla un poco todos los días. Es una “degustación” espiritual.

-       La lectura libre y espontánea de textos que se llaman entre sí, dejándose guiar por los lugares paralelos, las reminiscencias, las armonías. Ella también incluye esa libertad plena, sensible a las inspiraciones momentáneas del Espíritu. Sin embargo, ella favorece un carácter más activo de búsqueda, para captar mejor un pensamiento del Señor expresado de diferentes maneras. Es un “cocktail” espiritual.

-       La lectura continua y más rápida de un texto más largo, de una unidad literaria que tiene su propio mensaje.

Esta manera tiene la ventaja de hacernos penetrar mejor en la mentalidad bíblica, de mantener más el sentido literal, de poder leer o redescubrir pasajes ordinariamente dejados de lado por ser menos importantes, de hacer ver con una mirada nueva pasajes bien conocidos, ubicados así en su contexto más amplio.

Es bueno aprovechar un tiempo más largo (por ejemplo un domingo) para zambullirse así en un texto, y, con el espíritu liberado de toda otra cosa, beberlo con largos tragos para impregnarse de él. Se puede hacer esto también todos los días (un evangelio se lee de un solo tirón en una o dos horas). Es un “refresco” espiritual.

-       La lectura que es más una búsqueda, una interrogación del texto. Ella se caracteriza en poner por obra todos los medios más metódicos, cuya gama es inmensa y varía según cada uno.

Será la búsqueda del mensaje propio de un libro, de un autor, con la ayuda de comentarios, etc.

Será la búsqueda de textos que respondan a una pregunta formulada, o a una luz que se quiera aprovechar, su puesta en paralelo, su confrontación, recurriendo a comentarios, antiguos o nuevos, al texto original, etc., hasta que brote una luz más grande de vida que se imponga poco a poco en nosotros.

Este modo exige más esfuerzo y perseverancia, pueden pasar períodos más áridos, pero termina haciendo penetrar más en el sentido profundo de la Biblia (ya no se “rastrilla” más, sino que se “cava” con el pico), y haciendo penetrar más la Biblia en nosotros. Contribuyendo mejor a ofrecernos convicciones profundas, estructura nuestra vida espiritual, siempre que este trabajo sea la expresión de una verdadera búsqueda interior y no una simple curiosidad intelectual. Lo que tarda más tiempo en entrar, permanece todavía más.

No hay compartimentos cerrados entre estos diferentes modos. Se enriquecen mutuamente: la pausa meditativa, que saborea un texto, vivifica la búsqueda más metódica y ésta permite dar toda su densidad espiritual a un texto particular. A menudo de la meditación de un texto, o de su confrontación con otro, es como brota la luz que responde a una larga búsqueda.

Estos modos también se complementan, porque cada uno podría tener sus desviaciones. Los temperamentos afectivos que se contentarían con los primeros modos correrían el riesgo de ronronear sobre sus propios pensamientos si no se sujetan a un estudio más ajustado del texto. Los intelectuales que no se enardeciesen de vez en cuando con un pasaje, podrían evadirse en bellas síntesis que no repercutirían en sus vidas.

 

Condiciones de la “lectio divina”

Gratuita. No en el sentido de que no tenga un fin (cf. más abajo), sino en el sentido que la intención que la anima trascienda todos los fines secundarios que no están directamente ordenados a alimentar nuestra vida personal. Se podría incluso decir que esta intención, y su pureza, es la que hace que nuestra lectura sea una lectio divina: ¿qué buscamos al fin de cuentas? En esto reside toda la cuestión.

A lo sumo, toda lectura puede volverse lectio divina si se hace en este espíritu, como, al contrario, la lectura de los textos más sagrados no llega a ser una lectio divina si falta este espíritu. Un trabajo hecho con otro fin (estudio, instrucción del prójimo) puede ser asumido así y volverse lectio divina; todo depende de la intensidad y de la actualidad de nuestra búsqueda interior.

Personal. Ella responde a nuestro deseo de vivir nuestra vida más plenamente. Ella debe ser “personalizante” y, por tanto, “interiorizada”. Debe permitir a “aquél que somos cada uno de nosotros” crecer en la verdad.

Espiritual. Es decir bajo la acción del Espíritu Santo. La lectio es una  escucha con los dos oídos: el oído exterior que escucha la Palabra en el libro, el oído interior que escucha lo que el Espíritu dice en el corazón. De ahí la importancia de la oración antes de comenzar la lectio.

Vivida. Ella se inserta en todo el contexto de la vida. Debe haber allí  armonía entre el texto leído y el contexto vital para que pueda ser asimilado. Toda la vida conduce a comprender la Palabra (o a oponerse a ella), y la Palabra debe impregnar toda la vida para que pueda desarrollarse el “gusto” de la lectio.

Exacta. Es decir, que ella sea verdaderamente “una escucha” objetiva de la Palabra. No se trata de hacerle decir cualquier cosa, sino de escuchar lo que ella dice; y para eso es necesario un espíritu de humildad, de pobreza: creer siempre que se tiene que aprender, recibir, revisar sus maneras de pensar.

En esta perspectiva es indispensable una lectura más metódica para responder a la necesidad cada vez más intensa de verdad, que debe normalmente crecer en nosotros a medida que vamos madurando espiritualmente para alcanzar una fe adulta.

Esta exactitud de la Palabra sólo puede encontrarse en referencia a su interpretación por la comunidad eclesial. De aquí la importancia de los estudios. Estos no tienen otro fin que ponernos en contacto con la Palabra actual de la Iglesia, fruto de su Tradición y de su vida en el momento actual. Ellos nos hacen leer la Palabra de Dios “en Iglesia”. Es esencialmente con este fin que el monje prosigue sus estudios de Sagrada Escritura, de teología, de patrología y demás… Cada uno debe entregarse a ellos en la medida de sus capacidades. Más escolares en los tiempos de formación, ellos deben proseguirse toda la vida en un ritmo apropiado para cada uno. La “acedia” está ligada a menudo a una falta de coraje para los estudios. Al contrario, cuando el gusto espiritual está desarrollado y vivo, la frontera entre lectio y los estudios tiende a achicarse. Los dos conducen a Dios.

Perseverante. Incluso cuando no se tiene ganas de comer, hay que alimentarse. Incluso cuando ciertos alimentos son amargos, hay que tomarlos. Incluso cuando hay poco tiempo, hay que emplear el que se tiene. Más se es fiel, más gusto se tiene… Menos se la practica, menos se experimenta la necesidad.

 

Finalidad de la “lectio divina”

En el capítulo 73, san Benito nos pide que leamos la Escritura y los Padres para encontrar allí “una norma de vida” y “un camino directo para llegar a nuestro Creador”.

El fin profundo y verdadero de la lectio divina es “evangelizar” poco a poco toda nuestra vida en su totalidad (oración, trabajo, relaciones fraternas, comunitarias, sociales, la propia conducta, etc.), para ajustarse a los “mandamientos del Señor”.

Para eso, primeramente, hay que impregnarse de su pensamiento, transformar poco a poco, por una lectura asidua, nuestro espíritu y nuestro corazón según su Espíritu.

Esta lectura, al ser un contacto con la Palabra, es ya también un contacto con el Señor y una contemplación. Es normal, y es bueno, buscar y gustar este gozo y esta plenitud del contacto con Dios. La Escritura nos es dada “para nuestro consuelo” (Rm 15,4), pero más profundamente, ella es “una instrucción” (id.) para enseñarnos a vivir. Ella es el alma de nuestra “conversión de costumbres”.

 

¿Qué hay que leer en nuestra “lectio divina”?

Todo lo que puede conducirnos a Dios puede ser materia de lectio divina.

Primeramente y esencialmente la Sagrada Escritura, que nos es dada a tal fin. Ella es la Palabra de vida, aquella de la que se alimenta el hombre. Toda vida cristiana insuficientemente alimentada de la Palabra de Dios, por un contacto directo, corre el riesgo de perder amplitud en particularidades intrascendentes.

Para mejor penetrar la Palabra de Dios, hay que leer la de los hombres que la comprendieron y vivieron: los Padres, es decir, aquellos que han recibido la gracia de paternidad espiritual para irradiarla, sean estos de la antigüedad o del siglo XX, desde el momento en que ellos están en el pensamiento de la Iglesia.

Por consiguiente, conservando la prioridad de la lectio divina en la Biblia, refiriéndose a ella incesantemente y volviendo continuamente a ella, no querer a priori contentarse con esto. Esto sería una pretensión.

 

Conclusión

Situar bien nuestra lectio divina: ella se ubica exactamente en el eje de nuestra búsqueda de Dios.

De ahí su importancia para un monje que ha venido al monasterio justamente para buscar a Dios, es decir que “continúa su carrera sobre el camino de los mandamientos divinos… sin apartarse nunca de las enseñanzas de Dios… persevera hasta la muerte en el monasterio, participando, por la paciencia, de los sufrimientos de Cristo para merecer tener parte también en su Reino” (final del Prólogo).

A aquél que, en su deseo, viene a golpear la puerta del monasterio, se le responde: “Ausculta”, “Escucha”. Toda la vida de la comunidad, desde las enseñanzas del abad hasta las lecturas en común y las directivas más particulares, debe colocarlo a la escucha de la Palabra. Pero es por su escucha personal de la Palabra, en la “lectio”, que alcanzará su “estatura de hombre perfecto en Cristo” (Ef 4,23).

 

Bibliografía

J. LECLERCQ, Amour des lettres et désir de Dieu, Cerf. 1951, en particular pp. 71 y siguientes[1].

T. MERTON, Direction spirituelle et meditation.

 

“Tú, señor e hijo mío, atiende principalmente a la lección de las Escrituras divinas (cf. 1 Tm 4,13); pero atiende. Porque de mucha atención tenemos necesidad quienes leemos lo divino, a fin de no decir ni pensar nada temerariamente acerca de ello. Y a la par que atiendes a la lección de las cosas divinas con intención fiel y agradable a Dios, llama y golpea a lo escondido de ellas, y te abrirá aquel portero de quien dijo Jesús: A éste le abre el portero (Jn 10,3). Y al tiempo que atiendes a la lección divina busca con fe inconmovible en Dios el sentido de las letras divinas, escondido a muchos. Pero no te contentes con golpear y buscar, puesto que necesaria es de todo punto la oración pidiendo la inteligencia de lo divino. Exhortándonos a ella el Salvador, no sólo dijo: Llamen y se les abrirá, busquen y encontrarán, sino también: Pidan y se les dará (Mt 7,7; Lc 11,9)”[2].

 


[1] La traducción española lleva por título “Cultura y vida cristiana”.

[2] ORÍGENES, Carta a Gregorio Taumaturgo, 4; Trad. de Daniel RUIZ BUENO en: Orígenes. Contra Celso, Madrid, La Editorial Católica, 1967, p. 618 (BAC 271).