VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (12)

Tercera parte: El arte espiritual

La primera parte (Prólogo y cap. 73) ha establecido el camino personal como fundamento de la vida monástica. El monje es ante todo un hombre que BUSCA A DIOS, es decir, que quiere cumplir la voluntad de Dios siguiendo el camino del Evangelio.

La segunda parte ha trazado el marco general de la institución propuesta por la RB, en la cual se proseguirá esta búsqueda personal para quien quiera comprometerse en ella. Este marco comporta entonces:

- una estructura fundamental de cohabitación vitalicia (cap. 1);

- un espíritu de servicio mutuo en vistas a una verdadera comunión de caridad entre los hermanos en el amor de Dios (caps. 71-72);

- un ritmo de vida repartido en tres grandes actividades:

oración en común;

lectio;

trabajo.

La tercera parte trata sobre todo el CÓMO de esta vida. ¿En qué condiciones puede ser vivida? ¿Cuál es la clave de la misma?

Se trata de la DOCTRINA ESPIRITUAL de la Regla, cuyos grandes ejes son:

la OBEDIENCIA

el SILENCIO

la HUMILDAD

la VIDA DE ORACIÓN.

 

La “doctrina espiritual”

La RB no es una construcción sistemática. Sin embargo, encontramos grupos de capítulos centrados sobre todo en torno a un tema particular. Es el caso de los capítulos 4 al 7, que son como un resumen de la doctrina espiritual de la Regla. Pero ellos no pueden ser aislados de los demás capítulos, e incesantemente hay que relacionarlos con tal o tal pasaje.

Esos capítulos son el fruto de una larga experiencia, vivida por generaciones de monjes. El autor de la RB ha recogido de sus predecesores los frutos de esta experiencia. Pero a su vez ha marcado fuertemente esta tradición con su propia experiencia.

Cada generación debe hacer lo mismo. Si el marco de vida, que se ha descrito más arriba, es adoptado, es bueno ponerse a la escucha de aquellos que ya han vivido la vida y la experiencia que ese marco condiciona. Este modo de vida, en efecto, puede ser elegido o no: nadie está obligado a ello. Pero, una vez elegido, comporta en sí mismo, como todo modo de vida por otra parte, un cierto número de leyes internas sin las cuales no tendría sentido y se volvería inviable. La experiencia de aquellos que nos han precedido debe ayudarnos a redescubrir por nosotros mismos las condiciones necesarias para llevar a buen término nuestra propia experiencia en el contexto actual.

En el origen de la vida monástica hay, en efecto, una “tradición” en sentido activo, de los ancianos a los novatos, de una “doctrina espiritual”. Por “doctrina espiritual” hay que entender no una enseñanza especulativa ni un conjunto de reglamentos ya hechos, sino el fruto de una experiencia vivida, formulada en algunas sentencias, recomendaciones, principios de vida más o menos elaborados, etc. Las reglas antiguas, vividas antes de ser escritas, eran portadoras de tales experiencias tanto más cuanto que ellas no eran meros textos legislativos que codificaban un modo de vida. La Regla de san Benito no es propiamente hablando ni una obra de espiritualidad, que podría ser estudiada sin tener en cuenta su realización concreta, ni un código de derecho, del cual las prescripciones deberían ser tomadas literalmente. Ella es la descripción de una experiencia vivida en un tiempo y en un lugar precisos. No nos es más posible reproducir tal cual esta experiencia. Pero su acierto particular hizo que se la tome como referencia fundamental por aquellos que desean hacer una experiencia análoga. A través de ella nos ponemos a la escucha de una “doctrina espiritual” que creemos todavía capaz de guiarnos.

 

V. LOS INSTRUMENTOS DEL ARTE ESPIRITUAL. RB IV

San Pacomio recomendaba a sus monjes “meditar”, es decir, repetir a menudo mentalmente versículos de la Escritura que debían alimentar su vida a lo largo de las jornadas. Contaban incluso con colecciones enteras que se transmitían de comunidades a comunidades, con variantes. Esta costumbre rebasaba el mundo de los monjes. Era un hecho ampliamente expandido en un mundo de tradición “oral”. Las “Reglas morales”, para uso de todos los cristianos, redactadas por san Basilio, son una colección de este tipo, por ejemplo. Hoy todavía, la repetición de máximas y slogans muy impactantes es ampliamente empleado por todo el mundo de la propaganda y la publicidad. La encontramos también en ciertos métodos de meditación inspirados por el Oriente, por ejemplo en la práctica del “mantra”.

El capítulo 4 de la Regla de san Benito pertenece a este tipo de colección. No es original. Salvo cuatro o cinco versículos que le son propios, el autor retoma, con muy rpocas variantes, la lista que le viene de la tradición, en particular por la Regla del Maestro.

¿Hay que considerar esta lista como normativa? Ella es representativa de la espiritualidad cristiana de una época; ¿no requeriría por tanto otra lista más representativa de la espiritualidad de nuestra época? Encontraríamos seguramente casi los mismos temas, pero sin duda con acentuaciones diferentes, las que el Espíritu sugiere a la Iglesia de hoy. Este capítulo, en efecto, es particularmente importante como ejemplo de lo que puede y debe ser la lectio divina. Es fácil advertir que la mayor parte de estas sentencias están tomadas de la Biblia. Esta colección es el fruto de una lectura atenta de la Escritura para “encontrar allí una rectísima norma de vida humana”, como dice el capítulo 73, y a la cual invita a los monjes. Cada uno, a lo largo de su vida, debería constituirse él mismo, a partir de su lectio, en una colección de “palabras” que lo hacen vivir, sea esta colección escrita o no, formulada o no. Y a partir de cada hermano, la misma comunidad es la crea de este modo un repertorio de “palabras” que dan forma a su oración y a su búsqueda de Dios. La liturgia, en sus posibilidades de creación, debería ser el lugar donde, sin sistematización, se escuchen estas “palabras” amadas por todos.

¿Entonces hay que concluir que la lista de la RB no tiene nada que enseñarnos? De hecho, la mayor parte de estos “instrumentos” no son específicamente monásticos. Sin embargo, su agrupamiento, su elección, no carecen de relación con la experiencia de vida descrita por la Regla. Es por eso que, incluso conservando una cierta libertad en relación a esta lista, podemos discernir allí un cierto “espíritu” propio de nuestra vida. Se trata de vivir los mismos principios cristianos que los demás cristianos, pero en el marco de la vida particular que se ha elegido.

Aparte de algunos reagrupamientos de temas, por lo demás bastante imprecisos, es imposible hacer un plan lógico de este capítulo. Esta ausencia de orden confirma bien la impresión de encontrarnos ante una antología de colecciones colocadas una detrás de otra.

Con todo, es posible encontrar allí las diferentes acentuaciones propias de la Regla: por una parte, por ejemplo, todo lo que se refiere particularmente a la búsqueda personal de Dios en la línea del Prólogo y del Epílogo; por otra, aquello que compete más a la vida en común, a las relaciones con los demás, a la obediencia, etc.

Notemos la mención de Cristo, que vuelve una y otra vez como un estribillo.

Cada una de estas sentencias debe ser leída y releída en función de la propia experiencia. Su verdadero comentario se encuentra en todo el resto de la Regla.

* * *

El fin del capítulo (vv. 75-78) podría ser considerado como una de las definiciones posibles de la vida monástica.

Se trata de:

“el arte espiritual”,

ejercido día y noche,

en la perspectiva de la fe cristiana,

en el interior del marco monástico.

 

“El arte espiritual” (v. 75)

Al igual que algunos hombres organizan toda su vida en función de su “arte” (sea el que fuere...), lo mismo la RB, que es vista como una “escuela”, organiza la entera vida en función de este “arte” particular llamado “espiritual”. Tanto en el plano individual como en el colectivo, todo ha sido dispuesto en torno a estos valores espirituales descritos en la lista del presente capítulo. Por consiguiente, todo le estará sometido y subordinado, incluso la vida temporal y sus necesidades. A menudo la RB hará al abad responsable de esta rectitud de orientación. Dicho de otro modo, el fin de cada uno y de todos es la conversión del corazón según la Palabra de Dios.

La expresión “arte espiritual” es antigua. Tenía originalmente un sentido mucho más rico y pleno que el que puede evocar hoy día. Designa todas las actividades por las cuales nos volvemos maleables al Espíritu, y que son al mismo tiempo obra del Espíritu en nosotros: desde las obras caritativas (vv. 14-19...), la lucha contra los instintos (vv. 3-7) o la ascesis (vv. 35-38), hasta la búsqueda de la caridad (vv. 22-23) y la perseverancia en la oración (vv. 55 y ss.), etc. Es lo que los antiguos llamaban la “vida activa”. No es sino más tarde que aparece la distinción entre vida “activa”, que designa sobre todo las obras caritativas y apostólicas, y vida “contemplativa”, designando más la ascesis y la oración. Esta distinción, demasiado materializada, ha sido perjudicial.

La RB habla de los “instrumentos” del “arte espiritual”. Los medios son separados del fin. Todo arte se sirve de instrumentos. Pero entre los “instrumentos” y la obra obtenida, tenemos todo el “arte” de quien se sirve de él. Más allá de todos los instrumentos, métodos, técnicas, etc., está la realidad personal imponderable que hace todo y es reveladora del genio de cada uno. Aquí el gran maestro es el Espíritu Santo. Todo lo que la Regla puede proponer no es sino un medio para entrar en su escuela. Es lo que su autor subrayará al final del capítulo 7. El carácter a la vez limitado y abierto que él da a su Regla al terminarla (cap. 73) jamás debe ser olvidado.

 

Ejercido día y noche

Lo que el marco de la vida monástica puede aportar de particular es una conciencia más despierta. Cada hombre, cada cristiano tiende a esta conciencia. El monje tiene menos excusas que los demás de perderse en la “diversión”, en el sentido que Pascal da a esta palabra. Conciencia que no hay que tomar en el sentido moral, sino mucho más como camino hacia la unidad personal, acceso a la libertad interior.

 

En la perspectiva de la fe cristiana

Aquí el autor de la RB contrasta ampliamente con el texto tradicional que él debía tener ante sus ojos. La RM, en efecto, hace un largo desarrollo, dentro del gusto de la época, sobre los gozos del cielo. La RB lo reemplaza con el versículo de san Pablo, subrayando nuestra imposibilidad de concebir cualquier imagen del más allá. Sobre este tema el Padre de Vogüé hace una observación muy importante:

«Absteniéndose de este modo de describir los gozos del paraíso, Benito difumina el fin trascendente de la vida monástica. Si los instrumentos de las buenas obras tienen todavía por recompensa la vida eterna, evocada en los términos completamente apofáticos de san Pablo, la escala de la humildad (cap. 7) no culmina más allá, sino solamente en la caridad perfecta aquí abajo. El fin terrenal del progreso espiritual se pone de este modo en valor. Paralelamente, el agregado final del Prólogo hace esperar una expansión del amor que hará fácil la virtud. Allí también Benito agrega a la esperanza escatológica, de la que encontraría la formulación en el Maestro, la esperanza de un progreso en esta tierra. En el otro extremo de la Regla, el epílogo oscila igualmente entre los dos fines, no sin insistir un poco más, en resumidas cuentas, sobre la perfección a alcanzar aquí abajo.

Esta valorización de la vida espiritual en este mundo no concierne solamente a los individuos. Cuando Benito, sobre todo hacia el final de su Regla, insiste sobre las relaciones fraternas y busca instaurar toda la vida cenobítica en la caridad, reconoce implícitamente a la comunidad un valor distinto a la de una simple “escuela-que-prepara-a-cada-discípulo-para-el-más-allá”. En el plano colectivo, como en el plano individual, propone (más claramente que el Maestro) un fin que debe realizarse en la tierra»[1].

Más que nunca, sin duda, la Iglesia toma conciencia hoy del alcance terrenal del Evangelio, que no sólo es un mensaje de salvación para el más allá sino también para la vida de la humanidad en este mundo. Es interesante constatar ya en la RB esta acentuación realista de la vida espiritual. Nos recuerda que debemos todavía proseguir esta búsqueda. ¿Qué tipo de hombre queremos realizar? Es la pregunta que plantea el presente capítulo. El tipo de hombre formado por la vida monástica ¿puede ser un testimonio para los hombres de hoy en favor del Evangelio como factor de transformación del mundo? Las comunidades benedictinas han sido anteriormente centros de humanización. En el mundo actual, en busca de un nuevo estilo de vida, ellas deberían aportar su contribución, como lo proponía Pablo VI en su discurso en Montecassino.

 

En el interior del marco monástico

“El taller... es el claustro”: nota específicamente benedictina en su concepción de la comunidad. Se trata primeramente de la presencia “física” en el monasterio. Si la “cohabitación” es uno de los elementos claves de esta comunidad, es evidente que aquel que no participa de este juego, tampoco vive realmente la experiencia del mismo. Por otra parte, esa presencia material no tiene valor en sí, si el claustro no es realmente considerado como un “taller”, donde uno se entrega “diligentemente” al trabajo para el cual está hecho: el arte espiritual. Esta presencia no debe pues tomarse en un sentido negativo (ausencia por salidas), sino en un sentido positivo: una elección hecha para consagrarse enteramente a la obra que se ha elegido (cf. cap. 16 del presente comentario).

“La estabilidad en la comunidad”: debe diferenciarse de la presencia física. Se trata del compromiso de por vida con los hermanos. Lo cual evidentemente tiene un valor muy diferente. El voto de estabilidad, característico de la vida benedictina, se apoya sobre este compromiso. Habrá que volver de nuevo sobre esto a propósito del compromiso de los nuevos hermanos. Delante de Dios, los hermanos se comprometen mutuamente, y de por vida, a proseguir, sin ánimo de volver hacia atrás, la construcción de una comunidad de caridad evangélica. Ésta puede entonces volverse uno de esos centros de “edificación del pueblo cristiano”, del que ya hablaba el Concilio (V.R. nº 8).

 


[1] La Règle de saint Benoît, t. 1, SC 181, pp. 65-66 (los pasajes en cursiva no están así en el texto del P. de Vogüé).