VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (13)

VI. LA OBEDIENCIA (RB 5 y 68)

El capítulo precedente (RB 4) era una colección de sentencias y de máximas sin orden. Es difícil, en efecto, reducir una sabiduría espiritual a un sistema coherente. Sin embargo, es posible desprender de allí algunos valores fundamentales. Es lo que hace aquí la RB poniendo más en evidencia el tema de la obediencia.

“El primer grado de humildad es una obediencia sin demora” (RB 5,1). La humildad de la que se trata aquí debe tomarse en sentido amplio. Ella abarca casi todo lo que el capítulo precedente llamaba el “arte espiritual” y que es el objeto propio de toda esta secuencia. Esto vendría a decir que para la RB, la obediencia es el primer medio del arte espiritual, la base de toda la espiritualidad que ella propone. Es la obediencia la que va a poner en juego los instrumentos del capítulo precedente. Es difícil permanecer honestamente fiel a la RB sin reconocer este lugar primordial que le concede a la obediencia.

La misma palabra, obediencia, es muy fuerte. Hoy en día es objeto de fuertes cuestionamientos. Es por ello que es necesario un esfuerzo de comprensión para superar la palabra y alcanzar la realidad espiritual que designa en la RB.

No es la primera vez que aparece esta palabra. Desde las primeras líneas del Prólogo ya estaba presente. Allí tenía un sentido muy amplio, indicaba una actitud de “escucha”. Escucha de la Palabra de Dios en primer lugar, pero también de todas esas palabras humanas por las cuales Dios puede hacerse escuchar. Escucha que es superación del egocentrismo, de la “voluntad propia”, para utilizar la expresión de la Regla. Actitud ya próxima de la actitud de “fe”, de la cual es como el sustrato humano. Porque la fe es ante todo “escucha del Otro” y disponibilidad para cumplir su Palabra.

En la descripción “utópica” de la comunidad (caps. 71 y 72), la misma palabra obediencia retorna, no incidentalmente, sino para mostrar “el camino que lleva a Dios”. Tenía ya un sentido más restrictivo: señalaba la escucha de los demás, haciendo de esta escucha de todos los hermanos una disponibilidad que se abre hacia la “caridad” fraterna auténtica, centro de la vida de comunidad, participación en el amor de Dios mismo.

Aquí vuelve en su sentido más preciso, aquel que se le da habitualmente: la obediencia como respuesta a un mandato.

Sin forzar los textos, parece que este capítulo tiene sobre todo en vista la relación de obediencia a una persona, más que la obediencia a una ley o a un código común. Es verdaderamente el acto consciente de un hombre que ejecuta la voluntad de otro, del que reconoce la autoridad sobre él. Ahora bien, justamente es esta forma de obediencia la que más se cuestiona hoy en día, sobre todo cuando ella es introducida en una vida de comunidad que se siente fraternal y libremente elegida.

* * *

En primer lugar, hay que situar este capítulo en el nivel que le corresponde. Toda esta sección de la RB es propiamente hablando de estilo sapiencial. No se trata ni de una teología de la obediencia, ni de un directorio, sino de una doctrina espiritual que se sitúa como en medio de los dos.

Una doctrina espiritual apunta a una actitud del alma, a un espíritu. Este espíritu puede mantenerse idéntico incluso si está apuntalado por una teología diferente a la obediencia que condicionaría una práctica diferente, otro comportamiento. Se ha hecho notar que estas líneas, más que otros pasajes de la RB, se aproximan a la doctrina de los “Padres del desierto”: han conservado algo de su espíritu por intermedio de Casiano. Ahora bien, las “palabras de los Padres” no trasmitían ni un saber, ni un código de vida. Transmitían una experiencia de vida para iluminar al discípulo sobre su propia experiencia de vida. Es por esto que siempre tienen algo que decirnos pues, si las mentalidades y los condicionamientos han cambiado, queda entre ellos y nosotros una comunidad de experiencia. Ya que este capítulo quinto, a través de una descripción detallada, apunta más a una actitud del corazón, puede también tener todavía algo que decirnos, incluso si no tuviéramos la misma teología de la obediencia, ni el mismo comportamiento práctico.

Hay entonces una manera particular de “escuchar” estas líneas. “Inclina el oído de tu corazón”, decía el Prólogo, y situaba enseguida el nivel de su interpelación. Se trata de una “escucha espiritual”. Eso quiere decir que yo debo escuchar en referencia constante con mi propia experiencia, la que estoy viviendo. Si la RB no puede ser puesta en el mismo plano que la Escritura, ella es sin embargo leída, en estos capítulos en particular, con la misma actitud: por ella, Dios vuelve a unir mi propia vida; en la órbita del Espíritu, yo escucho lo que Dios me dice hoy. De ahí salen dos consecuencias: esta “escucha” no acaba nunca, puesto que la vida y la experiencia que yo hago, mi búsqueda de Dios, no acaban nunca. A cada paso de mi camino, estas líneas tendrán un nuevo sonido, pues yo mismo habré sido cambiado por las experiencias hechas. Estas páginas deben cuestionar mi vida sin cesar, y mi vida debe cuestionarlas para descubrir en ellas el verdadero mensaje. Otra consecuencia: estamos aquí en el plano de la conciencia personal, en lo que ella tiene de más íntimo y donde nadie puede penetrar. Estas líneas no pueden ser entendidas verdaderamente que por sí mismas, porque nadie puede realmente comprender lo que otro vive a este nivel. Signos y síntomas exteriores son visibles, pero no permiten inferir más allá. Inversamente, nadie puede impedir, sea quien fuere, vivir o intentar vivir lo que se dice en estas páginas.

Última observación, que surge del carácter propio de este texto y de su género literario: su valor educativo. Fruto de una larga experiencia, ofrece un medio seguro a aquél que quiera aceptarlo. En todo tiempo, esta ascesis de la obediencia ha sido vista como el conocimiento elemental de la formación monástica para eliminar los vicios y dilatar la caridad. Practicándola es como se descubre su valor y su eficacia, que se manifiestan sólo cuando se la cumple. Supone al principio un acto de fe para entregarse a una formación que puede transformarnos profundamente.

Se pueden distinguir en este capítulo quinto como tres niveles, correspondientes casi a tres parágrafos, sin endurecer, por supuesto, esta división[1]:

- una descripción de la obediencia sin demora;

- las motivaciones de esta obediencia querida por los cenobitas;

- la cualidad de esta obediencia.

 


[1] A. de VOGÜE, La communauté et l’abbé, p. 248.