VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (15)

RB 68

Este texto es propio de la RB. Es muy representativo del espíritu de la Regla y de su preocupación por personalizar la vida monástica. El respeto a la subjetividad de las personas, de su accionar consciente y libre no se encuentra a este nivel en las demás reglas monásticas de la época[1]. Lo que sólo es un esbozo en la RB, hoy se encuentra amplificado por todo un contexto cultural nuevo.

Una primera lectura podría hacer aparecer este capítulo como más exigente y más radical que el capítulo quinto. En realidad, no agrega nada a las exigencias ya expuestas. Al contrario, introduce allí toda una dimensión de diálogo y de relaciones humanas que no aparecen en el primer texto. Este no dejaba ningún espacio entre la orden y la ejecución. En cambio, previsto para casos más graves, casos límite, este capítulo esclarece los demás textos concernientes a la obediencia “sin demora” en el sentido expresado más arriba. Hay que notar, en efecto, que el capítulo 68 se encuentra en esa sección de la RB que está más personalmente atribuida a su autor, mientras que el capítulo quinto es mayormente el reflejo de una tradición. El que ha escrito estas líneas ha aprendido más de la experiencia que de la tradición.

“Si sucede que a un hermano se le mandan cosas difíciles o imposibles... (v. 1)”. Todo el capítulo deja completamente en la vaguedad la naturaleza de la autoridad interviniente. Los términos empleados muestran bien, sin embargo, que se trata de una autoridad reconocida oficialmente en la comunidad. No se trata aquí de la obediencia a los hermanos, sino de la obediencia en sentido estricto, como en el capítulo quinto. Todos los términos son los de “mandato”, “orden”. Pero el punto de vista que queda es únicamente el del hermano que obedece, no el de la autoridad que manda. Es el hermano el que estima, como se dirá más adelante, que esta obediencia es difícil o imposible. Esta apreciación es relativa a “sus propias fuerzas”. Aquí aparece pues la importancia dada a la subjetividad. Aquél que recibe la orden no es una máquina automática. Reacciona como hombre, con su propio juicio, sus opciones, sus deseos, su sensibilidad.

¿De qué imposibilidad puede tratarse? La vida concreta de una comunidad no está exenta de situaciones en las que el peso o las exigencias parecen estar por encima de tal o cual. Ellas se presentarán sobre todo con ocasión de un trabajo del que no se puede, o no se puede en absoluto, soportar el peso, de una colaboración que afronta características demasiado incompatibles, de una orientación dada que choca con convicciones profundas o con todo un ambiente de sensibilidad, etc. Parece en ciertos momentos que “no se puede más” aceptar eso, soportarlo. Excelentes razones pueden incluso venir a confirmar esa imposibilidad.

La primera actitud es la del capítulo 5: una disponibilidad fundamental que permite acoger lo mandado y un esfuerzo por calmar en sí mismo la indignación (mansuetudine). Luego, y éste es el aporte muy particular de este capítulo, se prevé un diálogo. Las condiciones de este diálogo están descritas sin omitir la elección de un momento favorable. El superior es también un hombre cuya subjetividad debe tenerse en consideración. Este espacio que se concede al diálogo hoy no nos sorprende. Incluso no concebimos de otro modo la obediencia religiosa. La misma Iglesia, sin quitar nada de las exigencias de la obediencia, lo hace entrar cada vez más en el marco de una colaboración fraterna, de una búsqueda conjunta de la voluntad de Dios[2]. Aun más, este diálogo forma parte de una verdadera obediencia, como la que señalamos más arriba. A menudo hay que aclararle al superior cuáles son las consecuencias de su mandato, las cuales él no puede llegar a medir.

“Si el superior mantiene su decisión... (v. 4)”. El diálogo fraterno no suprime en nada los roles recíprocos. La decisión última es la del que tiene autoridad. Hay entonces de verdad dos voluntades humanas presentes que en nada son contrarias sino en el hecho de que una tiene “autoridad” sobre la otra.

El final del capítulo 68 es una de las maravillas de la RB. En breves palabras se podría decir que contiene todo el espíritu de la Regla.

“Tenga por cierto...” (v. 4)[3]. Esta expresión a menudo empleada en la RB tiene un sentido muy fuerte. Señala una convicción consciente y voluntariamente asumida que desemboca sobre una decisión y se apoya sobre un acto de fe.

“Que así le conviene...” (v. 4). No es la misma orden la que, cueste lo que cueste, debe ser reconocida como buena. No se trata de una obediencia de la capacidad de juzgar, que haría ver blanco lo que es negro. Es el acto de obediencia el que, en este caso, será un bien para el hermano, en lo que concierne a su propia vida espiritual y, también podría agregarse, el bien espiritual común de todos.

“Por caridad...” (v. 5). Al igual que en la mayoría de los casos semejantes, donde el término “caritas” se emplea, se trata aquí en primer lugar del amor fraterno. Es dar toda su luz a la decisión de obedecer. No por una decisión resignada, o incluso de rabia contenida. Todos esos sentimientos, que pueden remover legítimamente el corazón del hombre en esta situación, deben ser poco a poco exorcizados por el amor fraterno hacia aquél que ordena y también hacia todos aquellos a los que atañe esta decisión. A veces es necesario un largo tiempo para llegar a amar verdaderamente una orden a la cual se obedece en una lucha difícil consigo mismo.

“Confiando en el auxilio de Dios...” (v. 5). Es el último móvil, un acto de fe en Dios. Todo monje debe esperar, en cualquier momento, tener que hacer uno de esos actos de fe, que le hace descubrir otra luz de la fe. A veces será en ocasión de una situación espectacular, y otras permanecerá en lo secreto de Dios, en situaciones aparentemente mínimas pero muy sentidas.

“Obedezca” (v. 5). La RB parece no dejar ninguna salida. Abre un camino muy grande por donde cada uno se comprometerá según la vitalidad de su impulso espiritual. “He aquí el camino de la salvación; si te agrada, ve y Dios te dará la mano, pero si tú no quieres, ya verás; porque cada uno tiene su libertad para hacer lo que quiere... Elige entonces lo que tú quieres[4]”.

¿Debe ser la obediencia en todos los casos y en todas las situaciones la única actitud? ¿No debe en ciertos casos ser rechazada? La experiencia de la Iglesia, la toma de conciencia de la responsabilidad personal, nos obligan hoy a ampliar los datos de la RB. Por otra parte es notable que la RB, en los capítulos 2 y 5, ha omitido deliberadamente dos pasajes de la RM que predicaban el traspaso total de toda responsabilidad del inferior al superior. Para la RB, la obediencia no suprime toda responsabilidad. Ésta permanece entera respecto a la Ley de Dios y de su Cristo, que ninguna autoridad humana puede hacer olvidar.

Pero esto exige una profundización doctrinal y teológica de la obediencia religiosa que no puede ser abordada aquí.

“La regla puede debilitarse a fuerza de interpretaciones. La sal se vuelve insípida. La relajación es lo que más daña a la obediencia. Al igual que la goma, se le puede dar una forma tan elástica que la voluntad de los subordinados, como también quizás la del superior, rebota como si realmente fuera de goma y no de la substancia del Espíritu Santo, dura y clara como el cristal. De esta obediencia alterada se desarrollan una tibieza general, el hastío y el tedio” (Adrienne von Speyr)[5].

 


[1] Cf. A. de VOGÜE, La communauté et l’abbé, pp. 487 ss.

[2] Perfectæ Caritatis, nº 14.

[3] Sciat: sepa; o: crea, comprenda (N.d.T.).

[4] BARSANUFIO Y JUAN DE GAZA, Correspondencia, Carta a un hermano diácono, nº 237 (Solesmes, 1971, Lettre à un frère diacre, p. 189).

[5] H. U. von BALTHASAR, Adrienne von Speyr et sa mission théologique, Apostolat des Editions, Paris, 1976, nº 292, p. 364.