VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (16)

VII. SOBRE LA PALABRA (RB 6, 7, 42, etc.)

A propósito del capítulo sexto de la RB, se habla a menudo del silencio. Es reducir considerablemente el sentido de este capítulo. En el sentido estricto del término, sólo se habla del silencio en los capítulos que tratan más directamente sobre la organización de la vida comunitaria, por ejemplo a propósito del silencio nocturno (42) o del silencio en el refectorio (38; ver también los capítulos 48 y 52).

El capítulo 6 se sitúa en un contexto muy diferente. Se trata, como se dijo más arriba, en esta sección, de una doctrina espiritual. La RB subraya algunos instrumentos del arte espiritual de los cuales la tradición y la experiencia han mostrado la importancia para la vida espiritual. Lo que importa aquí es su alcance educativo, y es a este título que aquí son mencionados. Luego de la obediencia, puesta como fundamento de toda la vida espiritual, el dominio de la palabra aparece como una de las condiciones esenciales. A cada uno le toca ejercerse en ella en la medida en que quiera alcanzar el fin mismo de la vida monástica.

Hay que recalcar, por otra parte, que estos capítulos 5 y 6, son retomados respectivamente por los grados 2º, 3º, 4º de humildad, y por los grados 9º, 10º y 11º. Están como en los dos extremos de la escala de la humildad. Históricamente, toda esta parte tiene como fundamento el tratado de Casiano sobre la humildad[1]. Poco a poco, estos dos aspectos de la obediencia y de la palabra han sido puestos más en valor y tratados por sí mismos, sobre todo en Occidente, según parece. Se siente aquí la influencia de un contexto mayormente cenobítico, comunitario, del género que nosotros vivimos.

Puestos ya en tema, entre el capítulo 4 y el 7, y en el mismo plano que el 5, este capítulo sobre el dominio de la palabra adquiere todo su valor espiritual. Se esclarece también a la luz del capítulo correspondiente de la RM, respecto del cual realiza cortes parciales. No retiene sino algunos pasajes puestos uno detrás de otro, lo que no siempre esto facilita la claridad de los mismos.

 

Discernimiento de la palabra (vv. 1-2)

Tres citas colocan al presente capítulo en las huellas de la sabiduría bíblica, la cual por otra parte, se relaciona con la simple sabiduría humana: la palabra es un poder temible que debemos aprender a emplear con discernimiento y maestría.

La primera cita está sacada de un salmo. Incluso si la traducción no es del todo la que empleamos, la interpretación de Benito corresponde al movimiento del salmo. El salmista, en efecto, retiene aquí, al menos por un momento, el grito que sube de su corazón hacia Dios. La RB, siguiendo una tradición ya existente, saca de esto la siguiente lección: entre el momento en que nacen en nosotros pensamientos y afectos, incluso buenos y fuertes, y el momento de su expresión, es bueno a veces saber gestionar un tiempo de silencio. No se trata de un control voluntarista o demasiado intelectual de nuestros pensamientos, lo que sería la muerte de toda espontaneidad. Se trata más bien de una actitud interior hecha de libertad respecto a sí mismo, de alejamiento frente a los propios pensamientos y sentimientos. En un clima interior de confianza, ese tiempo como detenido permite una decantación. Nuestro verdadero deseo profundo puede entonces abrir su camino despojándose aún más de sus escorias. Es fundamental una actitud de escucha, de acogida de la verdad en nosotros mismos. Lo que en el salmo se dice de la oración dirigida a Dios, se extiende en la RB a todas las palabras, incluso buenas. Sin decirlo explícitamente, la Regla propone aquí una aproximación de muchísima importancia. Nuestra ascesis de la palabra no es una simple actitud disciplinaria, sino que tiene un alcance propiamente espiritual. Nosotros le hablamos a Dios como lo hacemos con nuestros hermanos, y viceversa: con agitación, impulsivamente... o con calma y sobre todo con una actitud de escucha. En los dos casos, saber hacer silencio es una condición de la verdad de nuestra oración como de nuestras palabras.

Esta capacidad de silencio, que es también una capacidad de escucha, es el fruto de la paz interior a la que debe conducir la vida monástica (o a la libertad interior, que vendría a ser lo mismo). Pero ella es también la causa. Ejercitándose en esto, aprendiendo poco a poco a ser consciente de su palabra, a retener la lengua, es cómo uno se establece en esta paz y libertad interiores: “Puse un freno a mi boca... me abstuve de hablar...”[2]. Esto se aprende. En nuestra época de reuniones, de compartir, de consejos, etc., este aprendizaje de la palabra forma parte de la educación permanente de uno mismo. Incluso hoy hay técnicas variadas con este fin. No hay que desperdiciarlas, están para ser utilizadas en cuanto nos sean de provecho. Pero ellas no reemplazarán este trabajo de liberación al que nos invita la RB.

 

Palabra y pecado (vv. 3-5)

Este discernimiento ejercido respecto a nuestras palabras debe hacernos evitar los pecados de la palabra.

“La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Pr 18,21). Releer respecto a esto el famoso capítulo 3 de la Carta de Santiago. Es inútil extenderse largamente sobre este poder ambiguo de la palabra que puede a la vez salvar y también matar. Hay que volver al tema del buen uso de la palabra en las relaciones fraternas. En este capítulo seis se hace alusión, sobre todo, a los posibles excesos.

“Si hablas mucho no evitarás el pecado” (Pr 10,19). Esto es sin duda particularmente verdadero cuando se vive en un grupo relativamente cerrado. En efecto, ¿de qué se habla allí con frecuencia? De los demás, de lo que sucede, etc. La experiencia muestra cómo fácilmente se lanzan falsos rumores, falsas interpretaciones, juicios prematuros, etc., que a veces tienen repercusiones no queridas por sus autores. Una comunidad monástica no está hecha de santos. En el capítulo del prior (cap. 65), Benito prevé camarillas, disensiones... Esto puede existir siempre, y por otras muchas razones que la de la elección de un prior. Es entonces cuando aparece el poder considerable de la palabra, de las palabras dichas. Ella puede actuar en los dos sentidos. Lo importante no está en no decir nada, sino en saber lo que se dice. El hábito del silencio, o más bien del dominio de la palabra, permite discernir lo que viene de nuestras propias pasiones y la verdad que quizás se pueda decir para bien de todos. Se vuelve a la actitud descrita en el primer párrafo, y su vínculo con la oración.

“Rara vez se dé permiso… para hablar...” (v. 3). Es bastante difícil darse cuenta de la disciplina del silencio exigida por la RB. Otros indicios se reconocerán más adelante, según otros pasajes de la Regla. Sin embargo, se da aquí una orientación clara y que encontramos un poco por todas partes. No se hablará con frecuencia “por amor al silencio” (v. 2). La palabra latina usada designa la calidad de aquel que “permanece fácilmente en silencio”, que “espontáneamente habla con pocas palabras”. La Regla no busca “imponer silencio” a los hermanos, o “reducirlos al silencio”, sino ofrecerles amor al silencio, el deseo del silencio. Ella indica aquí una directiva espiritual. Esta directiva espiritual debe inscribirse en el plano comunitario de una disciplina comunitaria, pero esta última no debe nunca adelantarse a la primera.

 

Obediencia y silencio (vv. 6-7)

El versículo 6 retoma la actitud de escucha que ha sido indicada desde el comienzo del Prólogo. Hoy concebimos de otra manera las relaciones de maestro a discípulo. Se tiene mayor conciencia del diálogo y de la búsqueda conjunta. Con esto no es que sea menos verdadera la actitud de acogida y escucha, que es la condición necesaria de toda maduración espiritual. Ella es signo de la libertad de corazón, de la humildad que se abre a la luz de Dios. En el cuarto grado de humildad la RB volverá sobre este silencio del corazón en medio de las tempestades que, a veces, puede provocar en nosotros la situación de “probados”. Estas observaciones se encuentran también al final del capítulo quinto sobre la obediencia realizada con alegría de corazón.

El versículo 7 se aproxima más al capítulo 68. Hay una manera de pedir que se hace en el silencio interior de un corazón libre o, al contrario, con la impetuosidad de la pasión o el desconcierto de la inquietud cuando estamos muy atados a lo que pedimos. Benito debe haber sido un romano cuidadoso de su tiempo y sin duda ¿ha sufrido la prueba lamentable de las explicaciones interminables...? Antes de pedir, es bueno que uno mismo sepa lo que quiere.

Esta advertencia no es válida para todas las situaciones que se sitúan en el plano de la ayuda espiritual o de la relación fraterna.

 

Distensión y palabra (v. 8)

Este último versículo nos hace correr frío por la espalda... Es sin duda el que ha inspirado a la iconografía representando a san Benito con un dedo sobre los labios y una disciplina en la mano. Hay que relativizar esta condena absoluta aproximándola al capítulo 49, donde se pide a los monjes reducir un poco lo que aquí está excluido para siempre: “Que supriman toda todo lo que haga reír...”. ¡Era lo que faltaba!

Sin embargo, no se puede forzar los textos a tal punto de negar esta tendencia de la RB a excluir lo que aparecería más como una distensión y expresión de la alegría de vivir. Ésta había ya aparecido en el capítulo cuarto (vv. 52-53) y reaparecerá en el capítulo siguiente. ¿Quizás haya que leer en detalle las advertencias de san Pablo a los Efesios (5,3-4)? ¡Las diversiones de los monjes no pueden asemejarse a las de un cuerpo de guardia! Y, con todo, los hombres son iguales en cualquier parte. En el tiempo de san Benito como en los nuestros...

Muchos elementos entran en juego en este tema de la distensión: factores personales, educación, medio, contextos culturales, etc. Forma parte de la ascesis personal. Casiano cuenta la parábola del arco: para conservarle toda su fuerza de tensión, hay que aflojar cada tanto la cuerda, si no pierde su elasticidad. Cada uno debe aprender a conocer su propio ritmo de resistencia, y también a descubrir las distensiones que son eficaces para él. No nos escapamos enteramente a las tensiones nerviosas de la vida moderna. Hay que saber, incluso en el marco de nuestra vida, aportar las distensiones necesarias. La cuestión se plantea a nivel comunitario, donde el tema es mucho más difícil de resolver dada la diversidad extrema de los hermanos.

Incluso en este nivel la RB tiene algo que decirnos. Hay distensiones que no son tales, son más bien liberaciones o excitaciones... o “ejercicios” comunitarios. De eso se vuelve decepcionado. Hay también una búsqueda inquieta de distensión que puede ser el indicio de que el asunto está en otro lado y que una distensión no podrá aportar sino un paliativo, nada despreciable quizás, pero insuficiente. Más que una distensión, se trata pues de permitir volver a hacerse cargo de su propia vida. Serán necesarios, quizás, medios más radicales. Es una cuestión de discernimiento y de ayuda fraterna. El silencio, por de pronto el silencio exterior pero más aún el silencio profundo que libera de las pasiones, es él también un camino hacia la verdadera distensión. Conduce a la verdad y a la paz interior. La necesidad de distensión entonces se siente menos. La misma vida se vuelve distendida, pues se está en armonía con ella.

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Para no salirnos del marco espiritual de esta sección situada en el nivel de la doctrina espiritual, examinaremos en otra parte las prescripciones de la disciplina comunitaria esparcidas en la RB. Basta concluir con esta advertencia del Padre de Vogüé: “Debemos constatar que el tema de la palabra se encuentra renovado en la RB por (el) cuidado de las relaciones fraternas en la vida corriente”[3]. No se trata del silencio por el silencio, sino más bien de una educación de la palabra. El presente capítulo es el que da sentido a la disciplina del silencio.

 


[1] Instituciones cenobíticas, IV.

[2] Cf. Sal 38 (39),2-3 (N.d.T.).

[3] La Règle de saint Benoît, tome IV, p. 280.