VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (17)

VIII. LA HUMILDAD o “SER VERDADEROS” (RB 7)

“La verdad los hará libres” (Jn 8,32)

El capítulo 7 es por mucho el más largo de la RB. Es también el corazón. En él se encuentra la expresión más completa del camino espiritual que sostiene todas las páginas de la Regla y sin el cual la vida monástica no es sino un cuerpo sin alma.

Es éste el camino que el Prólogo va a buscar en lo más íntimo de aquél que se presenta, y que el capítulo 58 pide probar, para que pueda servir de cimiento para toda una vida. Los capítulos 5 y 6 le dan los puntos de apoyo seguros para afirmar el trazado: la obediencia por amor y el silencio interior. En los capítulos 19, 20 y 52 se revela la fuente escondida: la oración. Este camino es necesario reafirmarlo siempre, con algunos tiempos fuertes, como por ejemplo la preparación de la Pascua (capítulo 49). Sus frutos están descritos en los capítulos 71 y 72, son ellos los que dan nacimiento a una comunidad de caridad viva. Finalmente, el capítulo 73 le abre horizontes sin límites.

Históricamente, este capítulo es la culminación de una larga tradición. Viene de Casiano por intermedio de la Regla del Maestro[1]. El texto de la RB está sacado casi íntegramente de la RM, salvo algunos raros incisos, no carentes de significación. En cambio, como sucede a menudo, ha podado generosamente el texto prolijo de la RM.

Por su modo de pensamiento y por muchos aspectos de su formulación, este texto puede desconcertar. Evoca un mundo que parece muy lejano al nuestro. Sin embargo, si sabemos ir más allá de las palabras y del lenguaje para delimitar la experiencia vivida, de la que es expresión, permanece como una luz para todos aquellos que quieren intentar vivir esta misma experiencia en el marco de una comunidad que habita en el mismo lugar.

Este capítulo comprende una introducción, los doce grados de humildad, cuyo primer grado debe colocarse aparte por su importancia, y una conclusión

 

La introducción (vv. 1-9)

La introducción del capítulo es un eco del Prólogo. El estilo es el mismo. Es el de la exhortación. No puede haber otro. Todo lo que sigue, en efecto, depende de la libertad de cada uno. Dios mismo la respeta y no la interpela sino sólo por su Palabra.

(vv. 1-2) La primera palabra de la RB era: “Escucha...”. Aquí se trata de la Escritura que nos “grita” un mensaje. Es siempre la misma escucha de la Palabra de Dios que sirve de fundamento a esta “escuela del servicio del Señor”. Se trata de volverse “discípulos” de Cristo, poniéndose “en su seguimiento”. En efecto, en este capítulo se lee, como en filigrana, la actitud misma de Cristo en el transcurso de su vida.

“Todo el que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado” (Lc 14,11). Es el texto básico. Se encuentra al menos tres veces en los Evangelios (cf. Lc 18,14; Mt 23,12). Sin duda estaba entre las palabras familiares de Cristo. Sirve de telón de fondo para todo lo que sigue. El símbolo de la escala de Jacob refuerza además esta imagen paradójica de descenso y subida.

Hoy se puede decir que esta imagen revela toda una “estructura mental”, una mentalidad, que es ella misma el reflejo de una sociedad totalmente jerarquizada. Lo que está “arriba” es bueno, lo que está “abajo”, es malo. Lo positivo y lo negativo están asociados a esta imagen espacial de lo alto y de lo bajo. La mentalidad moderna a menudo reacciona frente a este esquema, por causas profundamente sociológicas entre otras. La noción de “humildad”, ligada a esta imagen de lo “alto” y de lo “bajo”, sufre al mismo tiempo la misma desafección. Todo un contexto vivido ha terminado por darle un desagradable olor de derrotismo o de masoquismo, incluso de hipocresía. Actitudes que dieron lugar a las críticas más virulentas contra los cristianos y las personas de Iglesia, no siempre sin fundamento. Hay que tener en cuenta este entorno cuando se habla hoy de humildad.

Pero ¿de qué se trata en realidad, sino de la paradoja evangélica más constante, la que coloca al cristiano en permanente protesta frente al espíritu del “mundo”? Cada contexto cultural, más sensible a tal o cual valor, lo expresa bajo un aspecto diferente, pero es siempre la misma paradoja, la de las bienaventuranzas: “Quien pierda su vida a causa de mí y del Evangelio la salvará” (Mc 8,35), etc. Ninguna aproximación del Evangelio podrá eliminarla sin traicionar. Es el misterio pascual de la vida que pasa por la muerte. En el origen tenemos la misma experiencia vivida por Cristo. El Evangelio no es, en efecto, una doctrina, sino esta experiencia misma vivida por Jesús de Nazaret. Sólo después buscamos expresar el Evangelio según las categorías de tal o cual época o mentalidad. Ninguna imagen, ninguna formulación podrá jamás hacernos tomar plena conciencia de esta experiencia. Es más, todas se vuelven falsas si se las hace exclusivas. Puede volverse también tan nocivo, al hablar del Evangelio, reducirlo a la pobreza, o al espíritu de infancia, o a la libertad para los demás, o a la plenitud, como reducirlo a la humildad... Sólo la experiencia vivida puede hacer la síntesis de todos estos aspectos. La RB propone una experiencia entre otras de esta paradoja evangélica que siempre buscamos, más o menos conscientemente, evitar. Es por eso que nos dice que la Escritura nos lo “¡grita!”... Exige un acto de fe para poder verdaderamente “entender”.

No es, sin embargo, indiferente que la RB haya privilegiado esta aproximación del Evangelio por el camino de la humildad, mientras que san Francisco, por ejemplo, pone más el acento en la pobreza. Se trata siempre de la paradoja evangélica, pero vista desde puntos de vista diferentes, según las familias de espíritu diferente, que dan lugar a diferentes espiritualidades. Este último término de “espiritualidad”, no goza de buena prensa, porque se lo reduce únicamente a expresar una variedad de devociones, más o menos insípidas o estrechas. Al contrario se trata de experiencias espirituales diferentes, debidas no a estados de ánimo subjetivos, sino a un contexto vivido, concreto y exigente. Francisco, que quiere lanzar a sus hermanos por los caminos para recordar la simplicidad del Evangelio a una Iglesia recargada por sus compromisos con los poderes del mundo, redescubre toda la profundidad de la pobreza anunciada por Jesús. Benito, que quiere reunir a sus hermanos en una comunidad cuyo fin es la comunión evangélica de los hermanos en el amor de Dios, se enfrenta al mayor obstáculo de esta comunión: el orgullo personal.

(vv. 3-4) La RB habla de subida, de exaltación. Cita el término expresivo del salmo: “No anduve buscando grandezas ni maravillas superiores a mí[2]. Andar por encima de uno mismo, no es ser más “uno” sino interpretar un “personaje”. El contexto cultural actual, más o menos impregnado de ciencias humanas, nos ha ayudado a tomar conciencia de este “personaje” que todos nosotros interpretamos y que nos impide ser nosotros mismos, que falsea toda verdadera relación. La madurez que permite amar de verdad va pareja con nuestra capacidad en desembarazarnos de estas máscaras que la sociedad y nuestra complicidad han colocado sobre nuestro verdadero rostro. Se trata de ser uno mismo de verdad. Es el sentido mismo de la humildad, que viene de la palabra latina “humus”, es decir, tierra, suelo. La humildad consiste en construir nuestra vida sobre lo que somos en realidad, y no “un metro y medio por encima del piso”, como decía un hermano...

(v. 5) “Hermanos, si queremos alcanzar...”. Como siempre, la RB recurre a esta decisión personal que depende de nosotros solos. No se trata de una decisión voluntarista, sino de la respuesta a un llamado y a un impulso que ha sido puesto en nosotros por el Espíritu Santo mismo, como lo recordará el final del capítulo.

(vv. 6-9) Para encontrar esta humildad o esta verdad de uno mismo, la RB utiliza de manera original la imagen de la escala de Jacob. El símbolo del “ascenso” y del “descenso” es secundario. Lo que más impacta es la interpretación que se da: “La escala en cuestión es nuestra vida en este mundo... los dos lados de esta escala son figura de nuestro cuerpo y de nuestra alma”. La verdad se encuentra uniendo a nuestra vida, en cuanto que la condicionan, tanto nuestro cuerpo, nuestra salud, cuanto nuestro temperamento y nuestros datos psicológicos. “Sobre estos lados, la vocación divina ha dispuesto diversos grados de humildad y de ascetismo por los que debemos subir”. No hay ningún camino espiritual sin esta aceptación constante y realista de lo que somos.

La pedagogía de Cristo en el Evangelio aparece claramente como un esfuerzo por hacer volver a cada uno a su propio corazón, y para hacerle hallar allí el lugar del Amor. El mandamiento del amor fraterno es a la vez el medio y el fruto de este retorno al centro de nosotros mismos. En la línea de toda la tradición monástica, la RB no tiene otros fines. Pero ella impulsa más que otros textos la experiencia cenobítica, haciendo de la vida en común el medio y el fruto de ese retorno a uno mismo, camino seguro del retorno a Dios. Si san Francisco y sus hijos recuerdan a la Iglesia y al mundo la pobreza liberadora, san Benito y sus monasterios tienen como misión recordar sin cesar esta verdadera vida personal en la verdad de sí mismo, fundamento indispensable de la verdadera comunión:

“Esta sed de verdadera vida personal es la que conserva en toda su actualidad el ideal monástico... La excitación, el ruido, la agitación febril, la exterioridad, la muchedumbre amenazan la interioridad del hombre. Le falta el silencio con su auténtica palabra interior, le falta el orden, la oración, la paz. Le falta ser él mismo. Para encontrar el dominio y el gozo espiritual de sí mismo, tiene necesidad de ponerse frente a él mismo”[3], decía el Papa Pablo VI en su discurso pronunciado en Montecasino el 24 de octubre de 1964.

Los grados de humildad que siguen son como la descripción de esta marcha hacia la verdad de sí mismo. Cada uno es como una baliza en la ruta. No hay que buscar en el orden que ofrecen una lógica racional. Como siempre, se trata de una experiencia vivida descrita bajo múltiples aspectos. Menos aún deben verse cual etapas cronológicas, como si se pasase de un grado a otro para llegar finalmente al último. Esta imagen de los “grados” no es sino un género literario, bastante difundido en la antigüedad.

Porque se trata de una experiencia vivida, todo comentario de este texto es discutible a priori. Se trata de que cada uno “escuche”, más allá de las palabras, el eco que ellas hacen resonar en él a partir de su propia experiencia. Siguiendo simplemente el texto, querríamos solamente sugerir algunas reflexiones.

 


[1] Cf. P. DESEILLE, Regarde sur la tradition monastique, Vie Monastique nº3, Bellefontaine 1974, pp. 150-153. Y también A. de VOGÜÉ, La Règle de saint Benoît, tomo VII, p. 179, nota 29.

[2] La RB cita el salmo 130 (131),1-2.

[3] En la traducción del Osservatore Romano se lee: “Tiene necesidad de volver a asomarse al claustro benedictino” (N.d.T.).