VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (18)

Primer grado (vv. 10-30)

El primer grado de humildad tiene un lugar especial. Es con mucho el más desarrollado. Punto de partida y punto de llegada a la vez, es como el telón de fondo sobre el cual todos los demás grados se destacan. Se lo llama “el grado de la presencia de Dios”. Es el de la “fe”. Se expresa en un lenguaje cuyas imágenes en mayor o menor medida nos hablan.

(vv. 10-13) Ningún momento de nuestra vida está fuera del Misterio que la fe nos hace conocer. El realismo de las expresiones: “los pensamientos, las manos, los pies, la voluntad propia, los deseos de la carne”, quiere abarcar toda la amplitud de nuestra vida humana. Es ahí donde Dios se encuentra y no en otra parte. “Olvidar a Dios...”, es escapar de esta realidad y evadirse de ella tratando de andar con rodeos. “Pensar en Dios sin cesar...”, no es romperse la cabeza sino adherirse a esta realidad, no hacer trampas con ella como nos llevarían los impulsos de nuestra “voluntad propia” y nuestros instintos librados a sí mismos. En esta misma realidad, y no en otra parte, se halla para nosotros el encuentro con la Voluntad de Dios. La presencia de Dios es la acogida en la fe del instante presente en toda su verdad: “Oh riqueza del instante presente, tú contienes a mi Dios...” (santa Teresa Soubiran[1]).

(vv. 14-18) En ese instante presente encontramos a Dios. Él no nos espera directamente sino sólo a través de toda la realidad que nos rodea, la situación que vivimos. Este afrontar todos los instantes con la vida, por así decirlo, revela el espíritu que nos hace obrar (“los riñones y los corazones” son el símbolo bíblico) y “descubre los pensamientos del hombre”. La verdad sobre nosotros mismos se devela entonces a nuestros ojos. Nos hace falta un esfuerzo para aceptarla, de ahí esta “solicitud”, esta “vigilancia”, para no embaucarnos a nosotros mismos con pensamientos “engañosos” que son siempre más o menos un rechazo de ver lo que es. Con paciencia y perseverancia, se trata de hacerse poco a poco un “corazón puro”.

(vv. 19-25) Ante Dios y en la oración es así cómo podemos vernos en verdad y pedir a Dios que “su” voluntad y no la nuestra se haga en nosotros. Esta actitud que está en el centro de toda oración cristiana, a imitación de la de Cristo, se transforma poco a poco en la trama de todos los instantes de la vida. Ella sola nos hace escapar de las ilusiones del amor propio (es decir, de la voluntad propia) y de las de nuestras pasiones.

(vv. 26-30) Esta presencia de Dios es a la vez temible y liberadora. No es una presencia que “juzga y condena”, sino la del Amor que espera, aguarda, paciente, pero también deja a cada uno a su total responsabilidad. Las antiguas imágenes (“Me he callado”) hablan de la experiencia de la “presencia-ausencia” de Dios de la cual hoy hablamos más fácilmente.

Este grado de humildad es el de la fe. De la fe que nos hace acoger la vida y todas las cosas sin nada más que la certeza de que todo tiene un Sentido, porque todo es conducido por Aquél cuya Obra nos la da a conocer Cristo, y de quien Él nos ha revelado sobre todo el Amor por nosotros: “Éste Dios del que nos sabemos amados” (santa Teresa de Ávila).

 

Segundo grado (vv. 31-33)

El segundo grado nos coloca frente a la elección fundamental. El primer grado ha puesto a plena luz el centro de nosotros mismos. La pedagogía de Benito parte del corazón para ir de inmediato a las actitudes y comportamientos. Es siempre la pedagogía seguida por Jesús y una de sus grandes lecciones (cf. Mc 7,17-23). Él lleva a cada uno a la verdad de su corazón. Allí se juega la lucha entre “dos amores”, como dice san Agustín. El amor de sí mismo o el amor de Dios. San Pablo describe este combate como el que sostienen el espíritu del mundo y el espíritu de Dios. Hablando de complacencias y de deseos, la RB se sitúa en un plano más bien psicológico, que quizás se asemeja a ciertas aproximaciones modernas. Lo cual ha sido señalado a menudo. Superando el egocentrismo nos abrimos al amor verdadero.

En el ámbito de la fe, se trata de una actitud de total disponibilidad a la voluntad de Dios. Voluntad que puede expresarse en todas las circunstancias de nuestra vida. Es la actitud fundamental de Cristo, como se vio en el tema de la obediencia. Este grado se ubica claramente en la línea del comienzo del Prólogo de la Regla. Introduce en la comunión íntima con Cristo, pero a través de una conducta concreta, con hechos (v. 32).

 

Tercer grado (v. 34)

El tercer grado sitúa esta misma disposición en el marco preciso de la vida en común tal cual está descrita en la RB. El autor ha agregado al texto primitivo “por amor de Dios”. Estas simples palabras transfiguran la relación exigente y despojadora de la obediencia, que entonces se vuelve liberadora. Como se ha dicho, ésta precisa obediencia es nuestro camino en el seguimiento de Cristo.



[1] Marie-Thérèse (nombre de religión) de Soubiran, nació en Castelnaudary (Francia) el 16 de mayo de 1834 y murió en París el 7 de junio de 1889. Fundó la Congregación de María Auxiliadora (N.d.T.).