VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (19)

Cuarto grado (vv. 35-43)

El cuarto grado no describe solamente circunstancias excepcionales. Al contrario, es muy práctico y de uso frecuente. El 2º y el 3º grado han descrito el deseo profundo de disponibilidad y obediencia. El 4º muestra descarnadamente la realidad en la vida de una comunidad hecha de hombres limitados. No se trata de un camino llano y fácil sino, al contrario, de un camino áspero y penoso para nuestro más legítimo orgullo. Sin pensar en situaciones siempre dramáticas, es fácil evocar los mil choques y disgustos que suscita siempre la vida en común. Todos los días, cuando decimos la “oración del Señor”, los hermanos tendrán que perdonárselos (cap. 13,12). El final del Prólogo y el capítulo 58 insisten para que el nuevo hermano sea instruido sobe este aspecto de la vida en el monasterio. Más frecuente de lo pensado es, con razón o sin ella, nuestro sentimiento mismo de la justicia lo que puede ser un disgusto. Ciertas actitudes, gestos, palabras de nuestros hermanos o de los responsables pueden hacer nacer en nosotros la impresión de no ser comprendidos, de ser mal juzgados. A veces podemos sufrir esto en lo más profundo de nuestra afectividad o de nuestra susceptibilidad.

La dificultad será superada con una mirada de fe y en la caridad, como lo indica la RB. El texto tiene una expresión casi intraducible para indicar la actitud que la fe debería permitirnos tomar: “tacite conscientia patientiam amplectatur et sustinens non lassescat vel discedat”[1]. Lo que podría traducirse libremente: “Con el corazón silencioso, que el hermano resista en la paciencia sin cansarse ni echarse atrás”. De lo que se trata aquí es de la paz del corazón, que es el verdadero signo de la libertad espiritual.

El comienzo del párrafo hace primeramente alusión a situaciones muy precisas que nos ponen ante la obediencia y que contrarían nuestro amor propio. Más adelante, se trata con mayor fineza de estas mismas situaciones de obediencia y que nos ponen “bajo” la autoridad de otro, según la cita, interpretada con amplitud, de la Escritura: “Haz establecido hombres sobre nuestra cabeza”[2]. Cualesquiera sean las cualidades de los hombres, cualesquiera sean las disposiciones y las reformas adoptadas, siempre será duro para un hombre depender de otro. En estas situaciones, sobre todo, se enfrentan las personalidades, incluso más de lo que se tiene explícitamente conciencia. En toda sociedad hay una fuente de conflictos y una causa de disgregación. “Prefiero ser cabeza de ratón que cola de león”, se le hace decir a Julio César. Es en este conflicto, que a menudo ataca el corazón de la personalidad, en el que se juega frecuentemente una vocación monástica. En principio, el voto de estabilidad quita toda escapatoria frente a esta prueba; de hecho, se pueden encontrar muchos subterfugios para escapar más o menos de esto.

El final del párrafo extiende también esta misma actitud a todos los hermanos. Remite directamente al Evangelio. Es la bienaventuranza de los mansos. No es renuncia o pusilanimidad, sino fuerza de aquél que sabe guardar “el corazón en silencio” y que “se mantiene firme sin cansarse ni echarse atrás”, para perseverar en la caridad.

Cada uno hace lo que puede según los dones de la naturaleza y de la gracia recibidos del Señor.

En la vida cotidiana del monje, en las pequeñas y grandes ocasiones, este cuarto grado es el crisol que poco a poco hace caer nuestras máscaras. En la medida en que nos dejemos trabajar así a lo largo de la vida, cada día cincela nuestro propio rostro, aquel que es el nuestro, más allá de todos nuestros personajes.

 

Quinto grado (vv. 44-48)

El quinto grado de humildad es en la RB el testimonio de una de las tradiciones más constantes del monacato: la apertura del corazón.

Hay una zona de nosotros mismos que no puede ser liberada sino por nosotros mismos. Incluso el desoxidante descrito en el 4º grado no penetra allí. Sólo la palabra puede verdaderamente liberar la verdad que está en nosotros. Una vez más, estos conocedores de la psicología humana que han sido los ancianos espirituales, han descubierto lo que las ciencias actuales sacan a luz: el hombre se libera y se crea a sí mismo diciéndose. Nada se dice aquí de la respuesta que puede aportar el abad (esto se tratará en otra parte); es el hecho mismo de hablar, de revelarse lo que es liberador y constructivo. Es el último golpe asestado a nuestro “personaje” y que nos hace acceder a nosotros mismos. Se trata, en efecto, de reconocer, diciéndolo, lo que siempre tendemos a escondernos a nosotros mismos: “los malos pensamientos...”, estos son los sentimientos y las pasiones que nos atormentan porque nos revelan este fondo de nuestra naturaleza que no aceptamos; “las faltas cometidas en secreto...”, son las debilidades que no encajan con el personaje que interpretamos más o menos conscientemente delante de los demás. Es por eso que la apertura del corazón es el último golpe asestado por nosotros mismos para tratar de desembarazarnos de nuestras máscaras, y acceder a nosotros mismos en la verdad.

Esta apertura debe desembarazarse de todo carácter de culpabilidad. Su fin no es en primer lugar descargarse de un peso o de ponerse como al abrigo de un peligro, incluso si esos sentimientos allí pueden mezclarse. Es ante todo un deseo de luz y de verdad ante uno mismo y delante de los demás. Este fin no puede alcanzarse sino dentro de un clima de confianza recíproca. El espíritu de fe viene a suplir las inevitables deficiencias humanas de uno y otro lado. Transfigura la lucecita de confianza humana que puede haber entre dos hombres. Ésta no es más que un reflejo del amor y de la confianza de Dios mismo. Para los antiguos, este espíritu de fe era tan evidente que, sin pestañear, todas las citas hechas en el texto se dirigen directamente a Dios, más allá del abad. Es por eso que este quinto grado tiene tanta afinidad con el primero. Procede del mismo acto de fe en el amor de Dios por nosotros.

Aquí se trata del abad. En efecto, éste tiene un lugar especial del que se hablará más adelante. Pero la misma RB amplía el círculo de aquellos a quienes puede hacerse esta apertura (final del capítulo 46). En palabras llenas de experiencia, ella ofrece los criterios que permiten dicha apertura: “... Que sepan curar sus propias heridas y las ajenas sin descubrirlas ni publicarlas” (RB 46,6).

Sólo practicándola se encuentra la nota justa de esta apertura de uno mismo al otro. Exagerada, ella conduce a la coacción y a la mezquindad. Puede tener lugar raramente, según las necesidades y los períodos de la vida. Puede ser más frecuente en otros momentos, normalmente en los comienzos. El criterio de su justeza es la paz y la libertad que procura, incluso si a veces nos hace pasar por golletes estrechos que cuestan al amor propio.

 

Sexto grado (vv. 49-50)

El sexto grado de humildad nos lleva más al contexto de la vida comunitaria. El rol que tiene cada uno en una sociedad, su función, su trabajo, etc. son siempre muy importantes. Es lo que lo sitúa entre los otros. Nuestro amor propio encuentra allí sobre todo su alimento o su frustración.

“Estar contento en todo”, incluso del último lugar... no por resignación o por renuncia, sino por libertad respecto de sí mismo. La imaginación como ayuda nos hace fácil creernos subestimados, subocupados, sobre todo en una vida en la que las necesidades de la comunidad toman su lugar sobre las aspiraciones personales del monje. Ya no se trata más de dar sistemáticamente trabajos o funciones contrarios a los dones personales de cada uno. La comunidad debe buscarse incluso en pleno desarrollo de estos dones. Ahí mismo tenemos una tradición benedictina conocida (cf. capítulo 57). Sin embargo, hay que prever que un hermano tenga que sacrificar algunas de sus posibilidades al servicio de sus hermanos. La naturaleza misma de la comunidad monástica y de su fin hace que muchas posibilidades humanas no sean explotadas. Al llegar a la madurez sobre todo, puede producirse en la vida del monje una de las grandes pruebas. La tentación de una “obra personal” a realizar puede hacer sufrir mucho y cuestionar la opción hecha al comienzo. ¡“Estar contento en todo...”!

“Creerse incapaz e indigno...”, no es un llamado al derrotismo sino a un sano realismo. La verdad nos fuerza a reconocer que siempre queda un margen entre lo que nosotros hacemos y lo que podría hacerse. Esta actitud permite entonces constatar sus límites sin desanimarse, es la condición del progreso. Hay cargos que hacen sentir más estos límites personales, y que deben sin embargo ser conservados con constancia por el bien de todos Son situaciones que, mucho más que otras, acaban purificando al hombre de todo retorno a sí mismo. La palabra del salmista adquiere entonces su sentido: “He sido reducido a la nada... pero yo siempre estoy contigo”[3].

Este sexto grado recuerda que, si una comunidad se apoya sobre las actividades de cada uno, más fundamentalmente es aún la calidad humana de los unos para con los otros lo que hace a la solidez de la misma. Más allá del “hacer”, está el “ser”, lo que cada uno “es” en verdad.

 

Séptimo grado (vv. 51-54)

El séptimo grado no depende directamente de nosotros. Es el fruto de esta conducta de Dios “que ha dispuesto diversos escalones de humildad para subir la escala de nuestra vida” (cf. v. 9). La vida misma, en efecto, comporta normalmente, en cualquiera de sus etapas, pruebas que nos hacen tocar nuestro propio fondo: fracasos, estados de impotencia física o psicológica, etc. Éstas pueden ser la ocasión de quiebres profundos... Pueden ser también ocasiones de unificación y de pacificación, haciendo descubrir horizontes nuevos, liberándonos aún más de aquello que nos esconde a nosotros mismos. A través de estos pasajes es como se forma nuestro verdadero rostro de hombre. Querer alcanzar por sí mismo este nivel de verdad, sin haber pasado por estos momentos, acabaría en la peor de las caricaturas.

 

Octavo grado (v. 55)

El octavo grado ha sido siempre el objeto de no pocas protestas. No puede ser interpretado de una manera tan estrecha que transforme al monasterio en una máquina de producción en serie de modelos estándar.

¿Hay que entenderlo de otra manera que la de ver allí la actitud de disponibilidad leal que permite entrar sin intención oculta en la comunidad? La vida de una comunidad está hecha de decisiones continuas para resolver las múltiples preguntas planteadas por la vida. A cada una de estas preguntas, muchas respuestas podrían darse. Hay una que es asumida por la comunidad, por los responsables. No es forzosamente la mejor ni la más astuta. Podría ser casi siempre materia de discusión sin fin y la posibilidad de asumir una disposición diferente. Una actitud más amplia y liberadora, más constructiva para la comunidad, hace entrar en el juego sin vacilar, comprometiéndose por los demás sin singularizarse mezquinamente.

Esta actitud al contrario es sin duda la que mejor prepara a saber resistir al espíritu gregario que siempre amenaza a una comunidad, sobre todo numerosa, y a hacer valer las objeciones de consciencia valederas en situaciones más graves.

El octavo grado de humildad es el testimonio de una constante de la tradición monástica. La formación de los jóvenes monjes depende más de una tradición viva, en una comunidad de vida y por imitación de aquellos que en ella viven, que de una enseñanza teórica[4].

 

Noveno, décimo y undécimo grados (vv. 56-61)

Estos grados de humildad son en parte la repetición del capítulo sexto.

Se los resitúa a veces en el marco de las “conferencias de los padres” acostumbradas en ciertos medios monásticos primitivos, y de las cuales Casiano nos hace llegar algunos ecos.

Sea cual fuere el valor histórico de este dato, estos grados de humildad toman un peso del todo nuevo en nuestro contexto actual de coloquios o de reuniones más frecuentes: practicar el contenido de sus palabras para decir lo que hay que decir, hablar en su momento sin quitar de la boca la palabra a los demás (v. 56), etc., son las condiciones elementales de todos estos tipos de ejercicios. Por el tono, la buena marcha y la verdad de los intercambios comunitarios, este undécimo grado está particularmente bien caracterizado[5].

Por su manera de hablar, sobre todo en grupo, un hombre revela profundamente lo que él es, mucho más allá de lo que tiene conciencia de decir. Hay un dominio de sí, una paz y una verdad en las palabras que son el fruto de todo un camino interior. Mientras que en el capítulo 6 el esfuerzo de control estaba dado como un medio educativo para llegar a la paz del corazón, estos grados aparecen aquí, en particular en el undécimo, como el reflejo, el fruto, de un corazón unificado y pacificado en la verdad.

 

Duodécimo grado (vv. 62-66)

El duodécimo grado de humildad es, también él, más una consecuencia que un fin a alcanzar. Debe ser entendido a la luz del 72º instrumento de las buenas obras: “No querer pasar por santo antes de serlo...” (RB 4,62).

Subraya solamente el hecho de que lo que vive profundamente un hombre influye incluso en su comportamiento.

Sin embargo, a la inversa, siempre es temerario querer rápidamente sacar conclusiones, a partir de su comportamiento, sobre lo que interiormente vive un hombre. Muchos factores entran en juego: educación, temperamento, etc., etc.

Sería totalmente ridículo querer adoptar “el” comportamiento descrito por la RB en este duodécimo grado para alcanzar la fuente. Pero lo ridículo no siempre es inverosímil...

 

Conclusión (vv. 67-70)

La conclusión del capítulo hay que enlazarlo a las conclusiones del Prólogo y del capítulo cuarto, y también al capítulo 73. Subraya el carácter “abierto” de la Regla de san Benito, que no se toma a sí misma como fin, ni tampoco como medio absoluto. Ésta está orientada enteramente hacia una experiencia espiritual, a la cual quiere hacer acceder: la experiencia del “amor de Dios que echa fuera todo temor”, según la palabra implícitamente citada de san Juan (1 Jn 4,18). Desde el comienzo del capítulo séptimo, este término final se hace sentir, es él quien, ya, orientaba y polarizaba todo el camino descrito. El Prólogo había prevenido que nada duro se pediría, salvo sin embargo lo que fuera necesario para arrancar de raíz los vicios y permitir el pleno desarrollo de la caridad. El capítulo 7 ha descrito este trabajo situándolo en el corazón de una comunidad. Ofrece la palabra maestra: “la humildad”, que se nos ha presentado más bien bajo el aspecto de: la verdad.

La RB introduce en esta conclusión un inciso que le es propio: la RM hablaba solamente de amor (RM 10,88). El autor final de la Regla precisa: el amor de Cristo (RB 7,69). Una vez más hay que subrayar el aspecto profundamente evangélico de su espiritualidad... Es inútil comentarlo. Finalmente, es al Espíritu Santo al que se le atribuye este trabajo de purificación y de liberación del amor en nosotros. Muy conscientemente, con certeza, esta alusión termina dando toda la dimensión trinitaria de la experiencia descrita. El Padre nos atrae hacia Él en el seguimiento de Cristo que nos ha dado su Espíritu, para restituirnos a nosotros mismos y hacer realmente de nosotros “hijos de Dios”.

Esta conclusión no está puesta como una cláusula de estilo, para cumplir una formalidad teológica, cuidando la ortodoxia. Es la expresión de una experiencia vivida. El que habla verdaderamente ha alcanzado la libertad espiritual que, sin abolir la Ley -aquí la regla-, le permite acceder a la espontaneidad de ser él mismo. Ha descubierto, poco a poco, el Espíritu de Dios, “más íntimo a sí mismo que él mismo”.

Es este mismo Espíritu el que conduce a cada uno en su camino, según el don personal que le fue concedido, para el bien de todos.

 


[1] “… Se abrace con la paciencia y calle en su interior, y soportándolo (todo) no se canse ni desista…” (RB 7,35-36) [N.d.T.].

[2] Sal 65 (66), 12a.

[3] Sal 72 (73),22-23.

[4] Cf. Dom Jean LECLERCQ, La vie parfaite, p. 76, nota 84.

[5] La RM hablaba aquí de palabras “santas”; la RB las reemplazó por palabras “razonables” (o: juiciosas; RB 7,60)... Es todo un espíritu.