VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (2)

Primera parte: “¿QUIÉN QUIERE TENER LA VIDA?”

I. El sentido de la vida monástica

El Prólogo y el Epílogo (cap. 73) son los dos puntos-clave de la Regla de san Benito.

De un lado y de otro se desprende el verdadero sentido de la vida que se lleva en el monasterio. A su luz es cómo deben leerse e interpretarse los otros capítulos, ellos son como la clave. Pero el sentido indica también la dirección, la orientación, el fin último. El Prólogo y el capítulo 73, que es como el epílogo de la RB, son los dos puntos fijos que determinan una trayectoria prosiguiéndose al infinito.

Sin ellos, la Regla corre el riesgo de perder su “espíritu” y volverse un código o una ley, o incluso un reglamento a observar, mientras que no tiene otro fin que el de llevar a hacer una cierta experiencia de vida, bajo la conducción del Espíritu Santo (fin del cap. 7).

Esta experiencia de vida está descrita por la Regla en un estilo muy antiguo, marcado por la mentalidad y la cultura de una época muy alejada de nosotros. Se trata, sin embargo, de una experiencia suficientemente profunda y verdadera para que ella tenga todavía hoy algo que decirnos, si sabemos escuchar más allá de las palabras y tener confianza. Cada uno entenderá de modo diferente, en función de su personalidad, de su cultura, de su historia personal que son infinitamente variadas. Pero esta escucha de la Regla de san Benito, admitida por todos como referencia común, da y mantiene un “espíritu” que funda la comunidad y consolida la comunión de los hermanos.

Situados uno en el comienzo de la RB y el otro en su obertura final, escritos los dos en un estilo muy parecido que los destaca claramente de los otros capítulos, el Prólogo y el Epílogo forman como una gran inclusión englobando todo el texto de la RB, y también la experiencia que ella propone. Este procedimiento literario, querido o no, es sorprendentemente significativo. Le da a la RB su dimensión contemplativa fundamental. Lejos de ser un código para aplicar o una prueba a superar, incluso si esto lo es también en ciertos aspectos, la RB introduce en el movimiento sin fin del espíritu. Abriéndose sobre estas perspectivas sin límites, el Epílogo lleva al Prólogo. Cualquiera sea nuestro adelanto en la experiencia de Dios, no estamos sino siempre en el punto de partida. La RB es siempre válida para relanzarnos a una aventura que es siempre la misma y siempre nueva, en un comenzar perpetuo: “Escucha, hijo, los preceptos del Maestro...”.

 

EL PRÓLOGO

El Prólogo comprende dos partes claramente distintas:

- una larga exhortación que podría haber sido una catequesis para una liturgia bautismal (vv. 1-44);

- un último parágrafo corto que es más directamente una introducción a la regla propiamente dicha (vv. 45-50).

 

La exhortación preliminar

La exhortación preliminar da el tono a toda la Regla misma.

Esta exhortación se dirige a alguien que ya ha hecho una cierta experiencia. De una u otra manera, y allí está el misterio de cada vida, una luz ya ha sido percibida. Y la experiencia de esta luz ha sido suficientemente fuerte como para poner en movimiento, para iniciar un camino. Ella pide una decisión capaz de comprometer toda la vida de un hombre.

Esta luz es imposible definirla. Puede tener variaciones extremadamente diversas. Es siempre más o menos un deseo de “vida” y la percepción de que solo Dios puede llenar este deseo.

Todo el Prólogo está edificado sobre este tema: por un lado el hombre sediento de vida y por otro lado Dios buscando apasionadamente dar esta vida. El medio y el lugar de este encuentro entre el hombre y Dios está en el centro de toda la exhortación: es la PALABRA DE DIOS.

 

Análisis más detallado de esta exhortación

En primer lugar, dos actitudes fundamentales: la escucha y la oración.

La escucha (vv. 1-3), es decir una actitud de receptividad para hacer entrar en uno mismo la palabra escuchada. No se trata de una escucha intelectual, sino de una escucha “con el oído del corazón” que va más allá de las palabras y culmina en la conversión del deseo y de la conducta práctica. Es la obediencia fundamental del corazón recto que “hace la verdad” a medida que la descubre. Obedecer, en efecto, viene de una palabra latina que quiere decir “escuchar” (oboedire u obaudire).

La obediencia es en primer lugar esta “escucha” profunda que se abre al otro, quienquiera que sea; si ella no es eso, puede ser una disciplina estimable y no la obediencia de la que habla san Benito. Esta es ante todo una salida de sí mismo, de su “voluntad propia”, es decir, de su egoísmo. Es la condición indispensable para seguir a Cristo.

¿De qué Maestro o Padre se trata aquí? Sin ninguna duda se trata primeramente de Cristo, como lo indica claramente la última frase del párrafo, pero también de todos aquellos que de una manera u otra, hablan en su Nombre.

Desde las primeras frases, las miradas se vuelven hacia Cristo. Él es llamado aquí “Cristo el Señor”. En muchos lugares no se trata sino del “Señor”, pero es la figura muy concreta de Cristo Jesús la que hay que poner bajo este nombre en la mayoría de los casos.

En latín la primera palabra de la Regla se une a menudo a la última como para darnos el secreto: “Escucha... tú llegarás”.

Se trata, por tanto, de ponerse a la escucha de la Palabra de Dios dicha en Jesucristo.

La oración (vv. 4-7). Esta receptividad no es pasiva: es la expresión de un deseo fuerte, de una espera, de una conciencia verdadera de sus límites y también de las exigencias que serán demandadas. Se acompaña pues de una “muy instante oración”. Reflejo de lo que hay que adquirir antes de toda buena empresa que se vaya a hacer. Hoy quizás estemos menos motivados por miedo al infierno o al castigo, pero nuestra oración se fundamentará sobre todo de un sentido más consciente de nuestras responsabilidades ante Dios y ante los hombres con el deseo de no decaer, a fin de “emplear a su servicio los bienes que Él ha puesto en nosotros” (v. 6).

Seguidamente viene una larga escucha de Dios a través de algunos pasajes de la Escritura, elegidos en toda la Biblia. No hay que buscar en esta página una lógica rigurosa. Sigue el ritmo de una fe viva que quiere comunicarse y llevar a una decisión vigorosa (vv. 8-44).

Si incluso, a veces, se hace sentir una cierta emoción, el tono guarda sin embargo una gran sobriedad. Este sería uno de los rasgos dominantes de la Regla, que no busca tocar la cuerda sensible. Algunas pocas excepciones dejan entrever una experiencia cálida y llena de ternura, pero en seguida el lector es llevado a instancias más prácticas y concretas: “Guarda tu lengua...”, etc. A través de actos muy prosaicos es cómo “el mismo Señor en su bondad nos muestra el camino de la vida” (v. 20). Esta será una de las notas fundamentales de la espiritualidad de la Regla.

“Ciñamos entonces nuestras cinturas con la fe y la práctica de las buenas obras; tomando por guía el Evangelio, avancemos en sus caminos” (v. 21). Esta breve frase es sin duda la que resume mejor todo el prólogo e incluso toda la Regla. Es el Evangelio la última norma de toda vida cristiana. Hoy somos particularmente sensibles a esto, cuando toda la renovación actual de la Iglesia acaba de volverse más consciente al Evangelio. Ahora bien, la regla de san Benito es una lectura del Evangelio entre muchas otras. Es un “pressis”[1] del Evangelio, decía Bossuet.

Ponerse a la escucha de la Palabra de Dios, seguir a Cristo esforzándose en vivir el Evangelio, no se tratará de otra cosa a lo largo de la Regla. La promesa de una cierta experiencia de Dios no está excluida de la perspectiva; ella, sin embargo, no está dada como el fin a alcanzar. Esta experiencia es, en efecto, el DON gratuito de Dios al cual solamente podemos disponernos. Como un eco muy fiel al Evangelio mismo, la Regla queda abierta ampliamente al misterio de esta experiencia, en esta vida o más adelante, pero guarda una muy particular discreción respecto a esto.

Toda la doctrina de esta exhortación es pues simplemente la vida cristiana; ella da el sentido de la vida bautismal tal cual debe ser presentada a todos los bautizados. Es por esto, otros indicios ayudan, que parece que tenemos allí una catequesis, un formulario destinado a las celebraciones bautismales. Este hecho debe tener para nosotros una gran significación: la vida monástica no es “otra cosa” que la vida cristiana. El monje no es sino un cristiano bautizado cuyos “ojos se abrieron a esta luz que diviniza” (v. 9) y que ha decidido vivir a fondo su vida cristiana. Muchos otros cristianos hacen lo mismo y se comprometen entonces en caminos diversos para vivir el Evangelio concretamente. El Evangelio, en efecto, no puede ser vivido únicamente a nivel del pensamiento y del sentimiento. Exige un compromiso en una situación concreta que pide una elección, y esta elección excluye por sí misma otras opciones.

Estas elecciones evangélicas son múltiples: estado matrimonial, obras de caridad, militancia, etc. En todas ellas siempre se tratará de realizar el espíritu del Evangelio.

Entre todas estas elecciones, la Regla propone una. No se trata de ver si es o no superior a las otras. Se trata de saber si es a ésa a la que el Espíritu de Dios nos impulsa, a esta elección cuya descripción comienza a partir del último párrafo del Prólogo.

 


[1] Este término podría traducirse como resumen, compendio o compilación (NT).