VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (21)

¡Feliz Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor!

La oración comunitaria y litúrgica (cap. 19)

¿Cómo vivirla? ¿Cómo participar en ella plenamente?

Sólo alguna reflexiones tratando de conservar la sobriedad de la misma RB. Esta discreción es en sí misma una lección: no hay “recetas” o “técnicas” para vivir nuestro rezo del Oficio. Se vive y se penetra en él por la perseverancia de toda una vida.

(v. 1) La primera frase se une directamente al primer grado de humildad que, como se ha dicho, es la trama de la vida monástica. Es la vida de fe.

Una primera consecuencia: la vida litúrgica es inseparable de todo el resto de la vida. Ella no es sino la expresión. La liturgia no es una realidad “en sí”. Lo que existe es una comunidad que quiere construirse sobre los datos de la fe, una comunidad que quiere abrirse a la acción de Dios. La comunidad misma es la “Obra de Dios” realizándose en tal lugar, al igual que en todos los lugares donde se reúnen hombres y mujeres en nombre de Jesucristo para formar una comunidad según el Evangelio[1]. Esta obra se realiza en el monasterio a través de todas las realidades humanas más banales y más concretas en y por las cuales se construye una comunidad de cohabitación. Ella se sitúa en el nivel de los espíritus y de los corazones. En la Liturgia, ella se manifiesta y se expresa comunitariamente en la confesión de fe: todos juntos reconocen en la acción de la gracia el amor siempre primero de Dios, dejando brotar las aspiraciones más profundas de sus deseos por sí mismos y por los demás, sin límites, y comprometiéndose en el seguimiento de Cristo. En este sentido, la Liturgia puede ser llamada más exactamente “la obra de Dios”, porque ella revela lo que está en el corazón de cada uno y de todos.

La segunda consecuencia es que la Liturgia es la expresión exacta de la vida de la comunidad, con sus altos y sus bajos, sus tiempos favorables y sus tiempos más difíciles, sus momentos de entusiasmo y sus momentos de fatiga. Cinco veces por día por trescientos sesenta y cinco días por año, la comunidad se revela así tal cual es delante de Dios, delante de sí misma, delante de los seres humanos. Los fieles que vienen a rezar al monasterio querrían encontrar siempre un fervor indefectible. Les cuesta entender que después de una jornada de trabajo, o de tal dificultad en la comunidad, haya debilidades, cansancios, nerviosismos que se manifiestan en el coro. Es una prueba de veracidad que puede a veces ser pesada de sobrellevar, pero que se une a ese camino de humildad descrito en el capítulo 7. En ocasiones la tentación puede ser grande: querer buscar un modo fácil de evitar esta prueba. Se buscan medios para ocultar las debilidades, se acusa a los liturgistas, a los cantores, etc. A largo plazo jamás será una solución que compense.

La tercera consecuencia es que la Liturgia se prepara por todo el conjunto de la vida tal como la describe la RB. Cualquiera sean los arreglos y las reformas litúrgicas, debe haber una cierta proporción armoniosa, tanto en el plano individual como en el comunitario, entre el lugar dado a la Liturgia y el que se da a los valores propios que alimentan la vida de fe: lectio divina, oración personal, vida de silencio, esfuerzo contra la dispersión de los centros de interés, etc. Sin esta armonía y este equilibrio, todos los esfuerzos de reforma necesarios se agotarían, incluso pasando del latín al español, remplazando las butacas de las sedes, adoptando melodías bizantinas o buscando nuevas estructuras de oficio.

(v. 2) No es menos verdadero que la participación en la Liturgia exige también una disposición especial, un esfuerzo más preciso de atención, un acto de fe más explicito...

Si la Liturgia es la expresión de la fe de la comunidad, la Liturgia es al mismo tiempo el lugar donde se nutre y se forma la fe de la comunidad. Ella es como el crisol en el cual la comunidad se da un espíritu común. Esto es más verdadero hoy que antaño, desde que la reforma ha “personalizado” aun más la Liturgia: “En la Liturgia yo rezo como miembro de la comunidad y debo crecer espiritualmente a través de esta oración. Y si no se está presente (sobre todo hoy con la renovación litúrgica que comporta más libertad de elección, de posibilidades de oraciones universales, de homilías, etc.), no se puede crecer con la comunidad. La obligación de estar presente en el oficio ha cambiado, para mí, desde las modificaciones que hemos hecho en nuestra actitud ante el oficio: es verdaderamente un lugar para el Espíritu. Si alguno está ausente por algún tiempo, verdaderamente ha perdido algo: escuchar el Espíritu con la comunidad”, decía el 4 de mayo de 1975, el Abad primado dom Weakland.

Cada uno encuentra allí la medida en la que él aporta. Lo que es verdad en toda obra común, es verdad también para la Liturgia. Hay una preparación remota indispensable para la comprensión de la oración litúrgica: estudio de la Escritura, estudio de los salmos, etc. La Regla lo prevé de una manera explícita (capítulo 7,1. 3)[2]. Esta preparación está dada más explícitamente en los comienzos. Ella debe proseguirse toda la vida. Es el fin de la lectio divina. Hay también una preparación inmediata, tanto desde el punto de vista de la oración misma que va a ser dicha (libros, páginas, etc.), como de las disposiciones personales (recogimiento, silencio, etc.). Somos muy solidarios los unos con los otros y del ambiente general en este nivel. Cada uno es también responsable de su propia actitud. Cuidándose sin embargo de juzgar con demasiada rapidez la actitud de los demás... Muchos factores entran en juego que a menudo se nos escapan.

(vv. 6-7) “Que nuestro espíritu concuerde con nuestra voz”. Esta frase ha sido retomada en la Constitución conciliar sobre la Liturgia, que la ha hecho uno de los fines mayores de la reforma litúrgica (SC nº 11).

Se trata del “espíritu” (mens); no es exactamente de la “inteligencia”, ni del “pensamiento”, incluso si es evidente que sea necesario un esfuerzo en la atención para perseguir el sentido de las palabras pronunciadas y de los gestos realizados. Cada uno es aquí tributario de su propio temperamento y debe hacer lo que está en su poder para desarrollar esta capacidad de atención. Pero la oración litúrgica no debe volverse un rompecabezas. Siendo común por naturaleza, ella no puede adaptarse exactamente a cada uno en todo momento. Es difícil además no estar perseguido, incluso en el oficio, por mil preocupaciones o proyectos que entretejen nuestras vidas. La gracia de Dios puede llenar estas falencias, pero ella no siempre lo hace de una manera sensible.

El “espíritu” del que se trata está en buscar más profundamente, más allá de nuestros pensamientos o de nuestra imaginación, a nivel del “corazón”, no en sentido sentimental sino en sentido bíblico, es decir a nivel de nuestros deseos y de nuestras decisiones. Todo lo que decimos y cantamos en el oficio ¿corresponde a nuestros deseos y decisiones que orientan nuestra vida a lo largo de la jornada? ¿Venimos al oficio con “un corazón recto” (lo que no quiere decir “puro” o “sin defecto”), que se comprometa verdaderamente, o venimos por rutina, sin una gran convicción? Nuestro “espíritu” concordará con nuestra voz si de verdad hay armonía profunda entre nuestra vida, nuestra búsqueda interior, y el Misterio que expresamos en el oficio, más allá de las palabras.

La Liturgia es también una “acción” que abarca por completo a la persona en ciertos momentos de la jornada.

Por consiguiente, en primer lugar es necesario un tiempo. La comunidad conserva un cierto poder para organizar este tiempo: distribución, horas, duración, etc., en función de circunstancias o épocas. Pero una vez tomadas estas disposiciones, a cada uno le toca participar en la obra común como ella ha sido prevista. La RB se muestra intransigente en la participación de todos en el oficio. Ha hecho del oficio el lugar por excelencia de reunión de la “comunidad”. Incluso en caso de retrasarse los hermanos, prevé que ellos se unan a la comunidad en oración en tanto sea posible (capítulo 43). Las razones dadas por la Regla en ese capítulo no están tan perimidas como se podría creer. Estamos hechos del mismo barro que nuestros padres, sólo que las lecturas o la televisión han simplemente remplazado otras “distracciones”... Pero la verdadera razón de esta insistencia es la fe en el Espíritu que está allí donde reza la comunidad reunida, como se dijo más arriba.

Y sin embargo, como siempre, en el momento mismo en que se afirma con autoridad un valor fundamental sobre el cual descansa la comunidad, la RB prevé que la vida impondrá sus leyes y obligará a compromisos. Toda la comunidad está allí, y con todo, al final de cada oficio, “se hará siempre memoria de todos los ausentes” (capítulo 67,2): en efecto, siempre los habrá. Razones de trabajo u otras razones retendrán a los hermanos lejos (capítulo 50). Cada comunidad tiene sobre este punto costumbres que evolucionan en función de las circunstancias. Ellas deben incesantemente ser revisadas en el plano comunitario. Cuestiones de trabajo o de salud, por ejemplo, pueden poner a tal o cual hermano en una situación particular. Lo importante es ser claro con uno mismo y con los demás en este punto. Su propia participación efectiva en el oficio de la comunidad puede ser para cada uno un verdadero examen de su participación en la vida comunitaria y en lo que allí se vive en profundidad. Sin embargo, más que respecto de otros tiempos, este examen es verdaderamente válido por sí mismo, obligando a cada uno a decirse o a explicar a sus hermanos las verdaderas razones de su actitud. Puede ser también la ocasión para preguntar a sus hermanos, no para juzgarlos únicamente sobre esta participación o no participación regular.

La RB es igualmente insistente sobre la exactitud de la Obra de Dios (capítulos 43 y 47). Esta exactitud es un signo de las disposiciones que llevamos a la oración. Muchas veces cuesta abandonar, varias veces al día y a menudo en momentos propicios, un trabajo al que uno se entrega fielmente. Es grande la tentación de ganar siempre algunos minutos de más. Esta disponibilidad es un acto de fe. Es una condición necesaria para que pueda crecer en nosotros el gusto de la oración. El tiempo de silencio en común que abre las reuniones de oración es muy importante para la calidad de la oración que sigue.

La RB desarrolla además otra exigencia concerniente a la oración común: la de la responsabilidad de aquellos que tienen una tarea que cumplir. Ya sea la del que convoca a la comunidad dando la señal de la oración, o la de todos aquellos que tienen un papel en el desarrollo de la liturgia, todos deben tomar muy en serio lo que tienen que hacer, “con humildad, gravedad y temor de Dios” (capítulo 47,4); “pero no se atreva a cantar o leer sino el que pueda desempeñar este oficio con edificación de los oyentes” (capítulo 47,3). No todos son aptos para todo. Hoy particularmente, la Liturgia demanda talentos y dones variados. La sola buena intención no basta, ni la fe... Cada uno debe reconocer con simplicidad para qué ha sido hecho y ponerlo al servicio de todos, y para qué no ha sido hecho y quedarse en paz. No le toca a él decidirlo solo, sino con el parecer de los hermanos y de los diferentes responsables.

 


[1] Jn 4,34; 17,4, etc.

[2] Probablemente hubo un error en la cita y en realidad se se quiso citar el capítulo 8 en lugar del 7 (N.d.T.).