VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (22)

La oración personal (caps. 20 y 52)[1]

El rezo del oficio nutre la oración personal, pero es también verdadero lo inverso. No hay oración litúrgica viva sin una verdadera oración personal. Es por eso que la RB pasa inmediatamente de la una a la otra, mostrando de este modo su conexión. Incluso se ha propuesto ver en el capítulo 20 una alusión a los tiempos de oración silenciosa seguida de oraciones sálmicas que habrían servido de intervalos entre cada salmo[2].

La brevedad del capítulo no debe ocultar su riqueza. Las palabras empleadas están impregnadas de una rica tradición espiritual.

Además, aquí la primera frase remite al primer grado de humildad. Ella sitúa la oración al nivel de la actitud interior y no al nivel del pensamiento. Rezar es “estar”, “situarse” delante de Dios más bien que esforzarse en imaginarse a Dios, sentirlo, o concebirlo. La oración está a nivel del “corazón” más que de la inteligencia.

Tres veces se repite la palabra “pureza”: una “devoción pura” (RB 20,2), la “pureza del corazón” (RB 20,3), una “oración pura” (RB 20,4)... Es el término utilizado por Casiano en su célebre Conferencia novena sobre la oración. Fruto de una larga experiencia, recogida especialmente en el desierto, esta noción ha sido incesantemente retomada por la tradición posterior. Casiano hace incluso de esta pureza del corazón el fin propio de la vida monástica (Conferencia I). Por detrás está la bienaventuranza de los “puros de corazón... que verán a Dios” (Mt 5,8). Es la bienaventuranza del deseo ardiente de Dios, es por eso que puede ser llamada la “bienaventuranza de la oración”. No hay que dar, entonces, a esta “pureza” el sentido que se le asigna habitualmente, el de la ausencia de pecado o de alguna falta. El deseo de Dios puede permanecer muy vivo y fuerte, incluso en medio de un combate que deja heridas y huellas. Se trata más bien de la “rectitud del corazón” que tiende incansablemente hacia Dios con todo su deseo profundo, incluso si éste arrastra tras de sí muchas escorias. El Antiguo Testamento es una lenta y perseverante educación de esta rectitud del corazón. “Dios se revela en los corazones rectos” dice el Salmo 10. Según Casiano, la vida monástica está hecha para acrecentar y ampliar esta rectitud del deseo de Dios, lo cual se logra esencialmente en la oración.

Esta oración es la oración del “pobre”. Más que en los capítulos precedentes que hablaban de la oración litúrgica, el capítulo 20, sobre la oración personal, encuentra la tonalidad de la oración de “petición” e incluso de “súplica”. Ahora bien, es esta forma de oración a la que Cristo, en el Evangelio, vuelve con mayor frecuencia (cf. Mt 6,6 ss., etc.). Es además la oración de “deseo”, de aquel que reconoce no tener y que se dirige a Aquél que es la fuente de todo. De esta toma de conciencia brota lo que los antiguos llamaban la “compunción de lágrimas”, que hemos unido a menudo al sentimiento de culpabilidad mientras que es ante todo un sentimiento de espera y de confianza filial. Ella no se vierte en oleadas de palabras (aquí hay una reminiscencia explícita del Evangelio, Mt 6, 7), lo cual sería el signo de una falta de paz y de confianza. La verdadera oración tiende a simplificarse en algunas frases o palabras que expresan una actitud de fondo. Incluso en ocasiones se torna cada vez más silenciosa.

La RB recomienda una oración breve. ¿Sobre qué medida de tiempo hay que basarse para entender esto? Todo es relativo al contexto en que se vive. Lo que se puede retener de esta recomendación es que el valor de una oración no se mide por su longitud. Hay que ser flexible con uno mismo y aceptarse: “Oren como puedan, y no oren como no puedan”, decía dom Chapman. Una “verdadera oración” no puede ser sino una oración “verdadera”... y ordinariamente la oración no se mantiene mucho tiempo “verdadera”. “A no ser que se prolongue por un afecto inspirado por la gracia divina” (RB 20,4). La puerta está abierta bien grande a esta docilidad al Espíritu que es lo propio de la vida de oración, sin dejar de ver en estos detalles del Espíritu algo de extraordinario.

En el capítulo cuarto, la RB pide entregarse con frecuencia a la oración. Allí ella también es evangélica. Sea que esté en la enseñanza del Señor (Mt 6,6) o en su propio comportamiento (Lc 5,16 y paralelos), encontramos esta necesidad de un tiempo de oración personal. Toda la tradición espiritual siempre ha insistido sobre estos momentos de silencio que permiten colocarse más personalmente en la presencia de Dios. Eso es lo que se llama oración. Cada uno debe encontrar su ritmo y su manera, que varían según los períodos de la vida y la evolución de las circunstancias. La fidelidad a esta oración personal puede ser mirada como la clave de todas las otras fidelidades, en particular la fidelidad a los llamados del Espíritu mismo. Sin ella, todas las compensaciones son posibles, y hacen que se pase a un costado de lo que hace al fin de la vida monástica: el deseo de Dios. Sucede entonces lo que los antiguos llamaban la “acedia”, un estado del espíritu que hace perder todo sabor a las cosas de la fe. Una de las prioridades fundamentales es, por tanto, saber reservarse, en cualquier circunstancia en la que se esté, un tiempo para la oración.

 “En comunidad, abréviese la oración en lo posible...” (RB 20,5). No se ve aquí una nota de desengaño, sino simplemente la sabiduría de un hombre que conoce por una larga experiencia lo que es la vida de una comunidad. Querer agregar oraciones suplementarias o prolongar la oración de la comunidad no es forzosamente el medio para desarrollar el gusto por la oración; es más bien lo contrario a largo plazo. No hay alusiones muy claras en la RB sobre los tiempos reservados a la oración personal hecha en común, según la costumbre que se ha establecido hoy. Se ha escrito mucho a este respecto. Sin embargo, parecería que, según los Diálogos de san Gregorio, hubo tales reuniones de hermanos[3]. La costumbre varía según las comunidades. Con todo, no hay que dudar que sea bueno poder rezar juntos y confortarse mutuamente, como dice el capítulo primero, en el adiestramiento del ejército fraterno[4]. Esta oración silenciosa es a menudo la prueba del monje. Ella es más fácil de sobrellevar cuando se puede sentir que se está en comunidad, todos entregados al mismo combate.

El capítulo 52, considera como normal y ordinario que haya hermanos rezando en el oratorio. Esta presencia parece sobre todo continuar el oficio para prolongarlo en una oración personal más silenciosa. La presencia simultánea de muchos no debe ser molesta ni turbar este silencio. Sin embargo, todo parece ser dejado a la inspiración de cada uno, sin que se haga alusión a una costumbre institucionalizada. Retomando casi los términos del capítulo 20, este capítulo es más bien una invitación y un llamado: que todo se haga para que cada uno pueda dar libre curso a su deseo auténtico de oración.

Toda la vida prevista por la RB es en sí misma un camino para conducir a la verdadera oración según el Evangelio... y es la oración la que permite a la vida, según la RB, dar su fruto.

 


[1] El subtítulo original es: La prière personnelle ou oraison (N.d.T.).

[2] A. de VOGÜÉ, La Règle se saint Benoît, t. V, p. 574.

[3] Diálogos, II,4.

[4] RB 1,4-5 (N.d.T.).