VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (23)

Anexo: EL ORDO DEL OFICIO DIVINO

Los capítulos 8 al 18 de la RB presentan un “ordo” completo, es decir que fijan una organización completa del oficio para cada día a lo largo de un año entero. Durante alrededor de catorce siglos, este ordo ha sido asimilado a la RB como una de sus partes integrantes. Ha formado a generaciones de monjes y su influencia se ha hecho sentir sobre la Iglesia entera mucho más allá de los muros de los monasterios.

Las restauraciones litúrgicas que han marcado la historia de la Iglesia durante estos largos siglos no lo habían cuestionado. Casi se diría que había sido una de las referencias de esas restauraciones. No es más así hoy día. El Vaticano II no solamente ha efectuado una “restauración” litúrgica. Es una verdadera “reforma” litúrgica la que ha sido inaugurada por el Concilio, de tal magnitud que la historia de la Iglesia no conocía otra igual hasta ahora. “Debemos observar que una nueva pedagogía espiritual ha nacido con el concilio, decía Pablo VI el 13 de enero de 1965. No debemos dudar en participar entrar en esta nueva escuela de oración que va a comenzar, y luego sostenerla...”. Esto lo afirmaba algunos meses después del fin del Concilio.

Nosotros no seguimos más el ordo de la RB, que ya no corresponde a este nuevo espíritu litúrgico.

Este ordo no puede más servirnos de guía en esta búsqueda de una nueva Liturgia, al menos directamente. Pero es posible reunir algunas reflexiones todavía llenas de sentido para nosotros: por ejemplo RB 9,7, sobre “la reverencia en honor de la Trinidad”, que denota todo un clima que se debe dar a la celebración del oficio... Pero hay más.

Más ampliamente que esto, se trata de la inserción misma del ordo en el texto de la Regla que es significativa para nosotros en muchos niveles. Los estudios históricos posibles hoy permiten, en efecto, comprender mejor el alcance y el sentido de estos capítulos. En esta perspectiva ellos tienen algo que decirnos. “La estima de Benito por esta oración común se marca por el lugar privilegiado que él le reserva, inmediatamente después de los tratados doctrinales y antes de toda la parte legislativa de la Regla[1]”.

El cuidado con el cual Benito organiza la oración de la comunidad, el hecho de que una parte importante de la RB le esté consagrado, están bien en la línea del principio expresado en otro capítulo: “Que nada se anteponga a la Obra de Dios” (43,7). Todo está previsto para que la disposición del Oficio sea verdaderamente una escuela de oración.

Si este ordo es transcrito así, tan minuciosamente, en la RB, es porque lo considera propio. Es el fruto de una experiencia reflexionada y de elecciones queridas. Porque ha comprendido la considerable influencia del oficio sobre la vida personal y comunitaria de los monjes, el autor de la RB ha controlado muy de cerca su elaboración y se interesa de que se observe. Nada es sin importancia en este terreno.

Hoy debemos de nuevo afrontar la tarea de construir nuestra Liturgia. Se necesitará el mismo cuidado y la misma vigilancia. A lo largo de los días y de los años, la vida espiritual de la comunidad y de cada uno va siendo formada gradualmente por la oración de las horas litúrgicas.

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En efecto, ahora sabemos mejor que la RB ha sido redactada en un contexto que no dejaba de ser análogo al nuestro. Era un período de transición donde todo era más o menos inestable en materia litúrgica. ¡Había también una crisis profunda de “civilización”! Sería difícil presentar todas las corrientes que trabajaban entonces en una Iglesia todavía marcada por los esfuerzos de un san León hacia un comienzo ya de centralización, sin que, con todo, tenga ésta algo en común con lo que hoy conocemos.

En el contexto, y en comparación con otros textos de su época, la obra litúrgica de la RB aparece como una obra muy personal. Ella se encuentra en particular en el punto de confluencia de dos fuentes principales:

- la tradición monástica antigua, representada por la RM que el autor de la RB tuvo ante sus ojos y de la cual a menudo se aparta;

- la liturgia romana en plena evolución.

En esta coyuntura, la RB hace una elección: opta en el sentido de la evolución romana: “(en dos lugares) Benito remite a la costumbre en honor a Roma (capítulos 13,10 y 18). Para él y para sus monjes, la tradición fundamental es pues la de la Ciudad. Y cuando la corrige, no es para volver al ordo arcaico del Maestro sino para continuar más profundamente en el sentido de las tendencias romanas de renovación. La obra de Benito aparece menos como un compromiso entre dos fuentes que como la puesta al día de una de ellas según la lógica de su evolución anterior. Esta puesta a punto parece ser una iniciativa personal que supone independencia y autoridad[2]”.

Luego, la comunidad monástica es la que crea su propia Liturgia. Lo hace en función de su vida, de sus obligaciones y proyectos, de su tradición. Un párrafo como el que cierra toda esta legislación muestra el peso de la tradición monástica en el espíritu de su autor (18,22-25). Y sin embargo, él opta claramente por la tradición eclesial contra la tradición monástica cuando ésta no sigue el sentido dado por la primera.

La comunidad monástica se sitúa en la gran comunidad eclesial y es finalmente ésta la que crea continuamente su Liturgia, su lenguaje litúrgico. Un adagio ya existente en el tiempo de san Benito dice: “La ley de la oración es la ley de la fe”. Eso quiere decir que la oración litúrgica es el lugar primordial de la trasmisión de la fe auténtica. De ahí la responsabilidad de los pastores frente a la Liturgia para discernir y mantener allí la verdadera fe. Esta es la actitud que ha sido puesta en evidencia por el Vaticano II. Después de haber escuchado las nuevas expresiones de la fe que aparecían en la comunidad cristiana, el concilio dio nuevas directivas -discernir un nuevo sentido, dar nuevas formulaciones-. Dentro de las orientaciones así fijadas, cada comunidad debe expresar su propia oración. En otros términos, la Iglesia se crea un “lenguaje” litúrgico que debe permitir a cada comunidad expresar su “palabra” particular. Pero esta última sólo será verdaderamente “oración de la Iglesia” si respeta la “lengua” de la Iglesia.

A su vez, estas comunidades orantes y vivas son las que contribuyen a conservar en la Iglesia una lengua litúrgica viva. La observación del Padre de Vogüé tiene, en el contexto actual, un alcance particular: Benito “avanza hacia delante en dirección de las tendencias romanas de renovación”. Esto supone un gran dominio de sí y una escucha atenta para no dejarse guiar por los propios deseos sino más bien por el sentido de la Iglesia. Pero aquí aparece sobre todo una actitud, respecto de la Liturgia oficial de la Iglesia, que nosotros debemos reencontrar.

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¿En qué sentido van las tendencias de Benito? Esto ya se ha dicho más arriba a propósito de su aparente “desenvoltura” (A. de Vogüé) en cuanto a la distribución de las Horas. Él siempre va en el sentido de una más grande verdad de la oración y de su inserción en una vida que sea verdadera también. Esta actitud no influye solamente en las horas del oficio, sino incluso en su disposición interna. He aquí lo que también dice el Padre de Vogüé:

“Con respecto a sus dos fuentes principales, la obra de Benito representa una neta reducción. Este carácter aparece desde que se considera la cantidad de salmos empleados. Del romano al benedictino, esta cantidad disminuye a la mitad en las horas menores, mientras que en la división de los salmos largos... se produce una reducción importante de la salmodia antifonada en vísperas y en las vigilias... Con respecto a la RM, esta reducción es más difícil de evaluar, pero sin duda bastante considerable en definitiva[3]”.

La RB es fiel al principio enunciado al final del capítulo 20. No es la acumulación de oraciones lo que hace a la verdadera oración. Se puede constatar que la mayoría de las reformas han eliminado en primer lugar los añadidos que siempre tienden a reaparecer. Es necesario periódicamente reinsertar la oración en la vida en lugar de aislarla. La RB va en este sentido, aparentemente más relajado... “¿Por qué Benito abrevia?... Cuando se trata de las vigilias, se puede ver una de esas mitigaciones de las cuales la RB ofrece más de un ejemplo: se trata de dar a los monjes un tiempo más largo de sueño continuo. En el caso de las horas menores, es en provecho del trabajo que parece efectuarse la reducción... Por otra parte, estas reducciones parecen prolongar una evolución ya iniciada en Roma misma. Repetidas veces se constata que las medidas en las cuales se detiene están en la línea de una serie de estados sucesivos del oficio romano... como el resultado de tendencias que se hacían ya sentir en sus predecesores[4]”.

Sin embargo, Benito se mantiene como el maestro de la orientación que él imprime. Distingue lo que es una verdadera búsqueda de autenticidad y lo que es pérdida del sentido de la oración. “Reduciendo la salmodia, Benito pone a salvo... el principio del salterio íntegro en una semana. Principio discutido ya en ciertas comunidades (contemporáneas). Él se apoya en un llamado a la tradición... que se refiere simplemente a un apotegma encontrado en sus lecturas... En este argumento que carece de fuerza, hay que ver la voluntad de frenar una tendencia a la reducción que él mismo había seguido ampliamente”[5].

Los mejores criterios pueden ser mal empleados. La mejor garantía de autenticidad de nuestra Liturgia está en buscar una comunión viva con la Iglesia, tanto con sus pastores y responsables como con la comunidad entera de los creyentes, y con las comunidades cristianas que nos rodean.

 


[1] A. DE VOGÜÉ, La Règle de sain Benoît, t. V, p. 637; cf. igualmente las páginas siguientes.

[2] Ibid., p. 491.

[3] Ibid., p. 638.

[4] Ibid., p. 638.

[5] Ibid., p. 553.