VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (26)

El papel del abad

El rol del abad debe ser continuamente despojado de todas las imágenes, conscientes o no, que con frecuencia le han sido impuestas y que lo han llevado a equívocos: la del “padre” (sea antigua o moderna), la del señor feudal o jefe de empresa, la del líder o la del animador del grupo... Es evidente que no puede evitar ser influenciado por los “modelos” ambientales, pero no hay que asimilarlo a alguno de esos “modelos”. Se ha escrito mucho sobre la asimilación que habría hecho la RB entre el abad y el “paterfamilias” romano. Negar toda influencia sería absurdo; sin embargo ésta no es tan clara, y la controversia incluso en este tema lo muestra bien. Por otra parte, es bastante notable que la RB no haya hecho ninguna alusión explícita a esto, contrariamente a toda la literatura del último siglo que no habla del abad sino en referencia a otros modelos, en particular al del “padre de familia”, como si el papel del abad no tuviese bastante consistencia en sí mismo[1].

En un esfuerzo de verdad con la situación vivida en todas sus dimensiones es cómo se desempeñará el papel del abad, es decir, a partir de la misma naturaleza de la comunidad monástica. Hay aquí una trasposición de perspectiva análoga a la que se produce en la Iglesia respecto al papel del papa y de todo ministerio. Sólo después de haber dicho qué era la Iglesia, la comunidad de creyentes, y su naturaleza, el Concilio sitúa en seguida la jerarquía “en” esta comunidad como uno de sus elementos esenciales. Lo mismo es para el abad, que se sitúa “en” la comunidad y para ella.

El papel fundamental del abad es mantener y reafirmar sin cesar a la comunidad en su orientación: «Ante todo, que el abad no se preocupe de las cosas pasajeras, terrenas y caducas, de tal modo que descuide o no dé importancia a la salud de las almas encomendadas a él. Piense siempre lo que dice la Escritura: “Busquen el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33)...» (RB 2,33-35). Ante todo, pues, “mantener la primacía de lo espiritual[2]” en y a través incluso de lo temporal. No solamente de lo espiritual en general, sino de la vida espiritual de los hermanos. La comunidad misma está hecha para esta expansión espiritual de las personas, ella no tiene otros fines. El papel y la responsabilidad del abad son hacer de modo que a través de las peripecias y las decisiones que jalonan su historia, la comunidad no pierda nunca de vista la primacía de este fin y que todos y cada uno trabajen para ello.

En este fin, el abad tiene esencialmente dos responsabilidades que le son propias, incluso si puede hacerse ayudar por otros.

En primer lugar, decir la “palabra” necesaria a la comunidad para mantenerla bajo el soplo del Espíritu: “Su mandato y su doctrina deben difundir el fermento de justicia divina en las almas de los discípulos” (RB 2,5). Se trata de la Palabra que hace vivir, no de una enseñanza de tipo magisterial. Este último tipo de enseñanza tampoco se excluye, pero no es lo propio del abad. Efectivamente, hasta hace poco tiempo, el papel de la enseñanza doctrinal incumbía, en gran parte, sólo al abad. Hoy ya no puede ser más así, cuando las fuentes de información están a disposición de todos, y también porque las capacidades están más distribuidas y piden inversiones más considerables en cuanto a la formación. Pero al abad le queda una responsabilidad que le es propia, la responsabilidad “pastoral”. Sólo él puede decir a la comunidad la “palabra” que le conviene en las diferentes etapas de su vida y de su evolución. “Debe ser docto en la ley divina, para que sepa y tenga de dónde sacar cosas nuevas y viejas” (RB 64,9). Sólo él tiene la misión de dar la orientación que será la de la comunidad. Esto no quiere decir que lo hará arbitrariamente y con su solo juicio. Es toda la comunidad la que elabora incesantemente su propia orientación doctrinal y espiritual, pero es el abad finalmente el responsable de esto.

Después, el abad tiene también la responsabilidad de los hermanos en tanto que son “personas”. A ellos también él les da la “palabra” para mantenerlos y hacerlos crecer en su vida personal. Pero sobre este punto, la experiencia, vivida desde ya largo tiempo, hace que surjan grandes dificultades. Es difícil, si no imposible para un solo hombre tener con cada uno de los miembros de la comunidad, sobre todo si es numerosa, una relación suficiente para ser, propiamente hablando, un “padre espiritual”. Las posibilidades humanas de un padre espiritual auténtico, en efecto, no son ilimitadas. Los psicólogos fijan en alrededor de una docena el número de relaciones de esta profundidad que puede asumir un hombre, con todas sus implicaciones y exigencias del don de sí. Esta cifra no debe absolutizarse. Curiosamente es el número evangélico de los Doce... Si el número puede ser ampliado, queda la cuestión de la afinidad. No es posible, incluso sería en cierto sentido anormal y peligroso, que una comunidad entera, en tanto sea poco numerosa, esté en total afinidad espiritual con el abad. Por otra parte, ¿debe una comunidad entera cambiar de afinidad espiritual con cada cambio de abad? Ya en tiempos de la RB, la dificultad debía ser percibida. Si esto lo vemos de cerca, la RB no es tan clara sobre las relaciones personales de los monjes con el abad. Por el contrario, al final del capítulo 46, un párrafo muy explícito hace alusión a otros hermanos que, en la comunidad, ejercen este papel en el mismo plano que el abad.

¿Entonces el abad tiene sólo un papel espiritual junto a los hermanos? En el contexto de la comunidad tal como ha sido descrita, es imposible suprimir este papel muy directo con respecto a los hermanos. La responsabilidad del abad está, por el mismo hecho de la cohabitación, siempre presente. Además, por el hecho de la conexión íntima en los asuntos temporales y en los asuntos espirituales, él está, en sus decisiones, incesantemente frente a asuntos de personas y por tanto de sus intereses espirituales. Incluso si él no puede tener con cada hermano una verdadera relación espiritual (¡lo que incluso pasar con un buen número!), no debe sin embargo quitarse la carga de su responsabilidad espiritual con respecto a ellos.

Más ampliamente, más radicalmente, el abad ejerce una verdadera paternidad espiritual ante los hermanos por intermedio de la misma comunidad. Sus decisiones, su enseñanza pastoral influyen sobre la comunidad y le dan un espíritu particular. Y este espíritu a su vez influye profundamente sobre la vida de los hermanos. Esta es una de las consecuencias, y una de las más fundamentales, de las mismas condiciones del marco de vida. En esta cohabitación continua, la interdependencia de todos es determinante sobre la evolución de cada uno, sea ella libremente asumida o incluso sea más o menos rechazada. De un cierto modo, se puede decir sin exagerar que, en ese contexto, las “paternidades” son múltiples. Incluso cada una, de alguna manera, contribuye a hacer de la comunidad un medio portador de vida. La situación del abad permanece, con todo, única, porque su responsabilidad es única en su nivel. Él ejerce entonces una especie de “paternidad” (en el sentido de que es causa de vida) que es la de todo responsable, sea en el monasterio o en cualquier empresa humana colectiva. Pero, contrariamente a la mayoría de los demás responsables, el abad asume este cargo, no por algunos momentos o en ciertos sectores, sino a lo largo de la vida, en todos los momentos, y en los aspectos más diversos. Ciertamente no le toca a él tomar todas las decisiones, pero no por eso será menos responsable de toda pérdida o decrecimiento de vida en el monasterio (RB 2,16) y que tendrá que rendir cuentas a Dios de todas sus decisiones y de todos sus actos (RB 64,3). Esta permanencia y esta extensión de su responsabilidad son su “pasión” y cimentan profundamente su “paternidad”.

Esas decisiones no son únicamente de orden espiritual, muy a menudo son incluso de orden temporal. Hoy más que nunca, el abad no puede por sí mismo tomar todas las decisiones concernientes a la vida de una comunidad. Son necesarias otras competencias. Muchas veces incluso, no podrá siempre controlarlas. Deberá remitirse a otros para juzgar sobre ellas. Sin embargo, siempre tendrá dos responsabilidades propias, aquí también. Es él quien primero nombra a todos los demás responsables de la comunidad. Y sin lugar a dudas eso es hoy una de sus más pesadas responsabilidades, justamente a causa de la “competencia” que deberá dejarles. La RB vuelve frecuentemente sobre este principio, en particular en el capítulo del prior. Se podrían concebir las cosas de otro modo. Pero dadas las exigencias de cohesión de una comunidad viviendo en cohabitación, esta responsabilidad global es una garantía de unidad. Es el verdadero motivo dado por la RB (capítulo 65). Motivo que tiene trasfondos de orden eclesial y teológico. Esta responsabilidad global del abad no es por otra parte contraria a una distribución importante de tareas e incluso al reparto de la responsabilidad con toda la comunidad. Esta cuestión la volveremos a ver a propósito del consejo (capítulo 3) y de los decanos (capítulo 21).

La segunda responsabilidad del abad vuelve a lo que se dijo al comienzo: es aquél que vela para que todas las decisiones tomadas en comunidad, en todos los niveles y en todos los dominios, no vayan contra el fin fundamental de la comunidad e incluso la favorezcan hacia lo mejor.

El modo de decisión o de gobierno puede cambiar según las mentalidades. Pero es imposible pensar que se le quite al abad el principio de su propia responsabilidad.

 


[1] cf. A. BORIAS, Collectanea cisterciensia, 1978/3, p. 215. “... Las omisiones, sobre todo las del capítulo 2, son muy significativas del espíritu de Benito. Benito omite sistemáticamente esta analogía, familiar al Maestro, que propone las relaciones de los padres con sus hijos como ejemplo del abad en sus relaciones con sus monjes. Benito rehúsa hacerse cargo de esta imagen y esta concepción”. Cf. también: B. DOPPEFELD, Das Kloster als “Familie”, 1974, recensión en Collectanea cisterciensia, 1976/1, p. [12] nº 20; B. de GERADON, osb, “L’abbé d’hier et d’aujuord’hui”, Vie consacrée, mayo 1980, pp. 131-142; Collectanea cisterciensia, 1979/2: «L’abbé aujourd’hui».

[2] A. de VOGÜÉ, La communauté et l’abbé, DDB 1961, p. 186.