VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (27)

Obediencia evangélica y obediencia al abad

“Se cree que en el monasterio el abad hace las veces de Cristo” (RB 2,2).

Se dice igualmente en otras partes, y muchas veces, que Cristo debe ser visto también en el enfermo, en el huésped que llega, etc. Para un cristiano, en efecto, todo hombre ocupa el lugar de Cristo. Debe ser respetado, amado, servido, como si fuera el mismo Cristo (RB 36,1; 53,1).

Sin embargo, cada uno es también considerado en función de su papel en la obra común que se desarrolla en el monasterio, y que es la obra querida por Dios. Reconocer todas esas “coyunturas” por las cuales Cristo construye su “Cuerpo” (Ef 4, 14-16), es entrar por la fe en esta Obra de Dios.

En la vida comunitaria, la autoridad tiene un lugar y una función preponderantes y únicos. Es por esto que la fórmula empleada aquí por la RB es igualmente única. Se cree que el abad hace las veces de Cristo “en el monasterio”. Como hombre, debe ser amado y respetado como todos los hermanos, como todos los hombres. Pero su función y su papel son un signo muy especial de la presencia de Cristo obrando en la comunidad. Cada comunidad cristiana está construida de algún modo sobre el modelo del grupo que Jesús había reunido en torno a él. En ese grupo, él era el fundamento de la cohesión de todos y de su orientación hacia el Padre. Después de la resurrección, él designó a un hombre, Pedro, para ocupar el lugar que él ocupaba entre los suyos, es el sentido mismo del nombre de “vicario” de Cristo dado a los sucesores de Pedro. Es también el mismo término de la RB. Pero Cristo no es “remplazado” por un hombre. Un hombre puede ocupar el lugar que Cristo ocupaba mientras vivía junto a los suyos. Pero Cristo no es por eso “remplazado”, excluido. Él está siempre vivo, y es él quien envía a su “vicario”. “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre” (Hb 13,8). Él continúa obrando por sí mismo, por su Espíritu, por todos los modos y por todas las formas de mediaciones. La autoridad es una de ellas, pero entre muchas otras. Incluso si ella es única en su género, ella no es otro Cristo. Es la Iglesia entera la que es el verdadero “sacramento” de Cristo en la tierra. Lo es incluso a nivel de la comunidad, conservando las proporciones.

A través de la Iglesia, aparece el modelo de toda comunidad humana capaz de engendrar una verdadera comunión de personas. Ella se apoya sobre tres fundamentos:

- los miembros vivos de la comunidad,

- una carta[1] común (escrita o no) que sirva de referencia,

- una autoridad que asegure la cohesión viva del conjunto.

Los fracasos de las comunidades vienen a menudo del rechazo a aceptar uno de estos tres fundamentos o de la excrecencia indebida de uno de ellos en detrimento de los otros, o del bloqueo de relaciones entre ellos. Aceptar, al contrario, el juego de estas tres instancias es entrar en la vía de la madurez humana y espiritual, personal y colectiva. “Es un medio de salida de sí y de adhesión al otro y a los otros, una necesidad pedagógica que abre al Evangelio”.

Entrar en una comunidad monástica es aceptar, a lo largo de nuestros días y de un modo muy sentido, estar en el corazón de esta red comunicante[2]: los hermanos y su vitalidad propia, la “regla” común, la autoridad. Es bueno tomar conciencia de esto y hacer el discernimiento en el centro de los acontecimientos pequeños y grandes que tejen la vida de una comunidad. A cada instante, o casi, esta situación puede ser vivida “en espíritu de fe”, como nuestra cooperación personal al “Que ellos sean uno en Nosotros” de la oración de Cristo, bajo el influjo del Espíritu Santo, para cumplir la Obra del Padre.

En este conjunto, la autoridad tiene un papel único. Ella es querida por Dios. El Evangelio, lejos de suprimir la autoridad, le ha devuelto su verdadero rol. Ella es un “servicio”. El término mismo viene del latín “auctor”, que designa a aquél “que hace crecer” (de ahí su relación con la paternidad). La autoridad hace crecer a la comunidad asegurando la cohesión, por la apertura del los miembros entre sí, que impide la cerrazón sobre sí. Este es el papel que desempeña el abad. Por su acción indispensable de “catalizador”, permite muy simplemente a la comunidad ser.

Esta responsabilidad global frente a toda la comunidad justifica su título de abad. Hermano entre sus hermanos, designado por ellos, pero confirmado por la autoridad apostólica de la Iglesia, él es, en la comunidad, el signo de Cristo reuniendo a los hombres en un solo Cuerpo. Él participa por ello de una manera particular en la misión y en la pasión de Cristo.

 


[1] En el sentido de legislación o constitución (N.d.T.).

[2] “Reseau” en francés tiene en esta acepción el sentido de conexión, de comunicación (N.d.T.).