VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (28)

¡Domingo de Pentecostés!

Actitud de los hermanos respecto al abad

El espíritu de fe es el que ante todo debe impregnar la relación de los hermanos de la comunidad con aquél que ha sido elegido para ser el abad de ellos. Se trata de “creer” que la función que él cumple en la comunidad es algo querido por Dios. E incluso “creer” en el hecho de que sea “éste” hombre y no otro, con sus cualidades y sus defectos, el que Dios ha elegido para “éste” tiempo de la vida de la comunidad.

Esta mirada de fe es fundamental.

No es sino un aspecto de la visión de nuestra vocación: buscar a Dios en y por la comunidad de caridad que se debe construir incesantemente según el Evangelio. El abad es como el signo permanente en el corazón de la comunidad de ese proyecto común. Sus mismos límites o defectos recuerdan que esta comunidad no está hecha de santos o de hombres superiores, sino con los que Dios ha reunido desde todo clase de horizontes y también, igualmente, con sus límites y sus defectos.

Únicamente esta mirada de fe podrá permitir la superación de las dificultades ineluctables, tanto desde el punto de vista individual como colectivo, sea que proceda de la misma  obediencia, sea por cualquier otra causa. Ella hace de la función del abad la “roca” (la “piedra”) sobre la cual está fundada la estabilidad de la comunidad, el centro que funda la comunión de todos.

El abad es también en la comunidad uno de los signos de la comunión con la Iglesia universal... Recibiendo de la Iglesia la ratificación de su elección, se vuelve responsable ante ella. A la Iglesia-jerarquía pero también al Pueblo de Dios debe rendirle cuentas de la misión de la comunidad. En medio de los hermanos el abad es el recuerdo viviente de que la comunidad no vive para sí misma. La comunidad eclesial tiene derecho a esperar que ella viva según lo que profesa ser: un verdadero centro evangélico donde, en comunión con todos los otros, se construye el Cuerpo de Cristo; los cristianos de hoy están sensibilizados en este sentido.

De ese espíritu de fe debe resultar un verdadero espíritu de colaboración. La RB vuelve a esto continuamente en todos los niveles. Incluso si habla en términos de obediencia, ella retorna a lo mismo, si se da a este término todo su alcance.

Colaborar, cooperar con alguien supone, en efecto, un don de sí que puede exigir mucho. Todos los hermanos, en comunidad, persiguen juntos un fin común. Cada uno aporta a esto su propio sello. Sin embargo, este aporte de todos no suprime el papel determinante y único del abad. A este nivel es cómo podrá ponerse especialmente a prueba la verdadera obediencia que libera de sí mismo. No sólo aceptar la influencia sobre su propia vida personal, de otra personalidad, sino además aceptar cooperar lealmente en un sentido que no es forzosamente su propio sentido espontáneo... En la reciprocidad que está en el corazón de toda colaboración, hay que asumir también el desfase debido a la autoridad. Ésta actitud es el fruto de la ascesis descrita en el capítulo séptimo. Ella no quita nada a la exigencia de verdad y cuidado del verdadero bien común, del cual nadie puede liberarse cualquiera fuese su lugar en la comunidad.

Esta misma colaboración supone un verdadero espíritu de caridad, en el auténtico sentido de la palabra, con toda su carga de humanidad y de corazón.

El abad es un hermano de la comunidad que aceptó la pesada tarea que sus hermanos le han confiado después de haber estimado que él era es más capaz para eso. Más que ningún otro tiene el derecho a la amistad y a la confianza de todos. “Las comunidades tienen los abades que se merecen”, se decía en otro tiempo. Si la influencia del abad sobre la comunidad es grande, la influencia de la comunidad sobre el abad es considerable. Esto es constante.

La RB tiene una frase que, en su simplicidad, es admirablemente exacta: “Amen a su abad con una caridad sincera y humilde” (72,10). “Amen...”, con esta gran confianza de hombres que saben que unos y otros pueden contar con la mutua comprensión que da una larga vida de camaradería. “Sincera y humilde...”, aceptando al mismo tiempo al hombre y a la función, no pudiendo disociarse ninguno de los dos ni en un sentido ni en el otro; aceptando también lealmente su propia posición dependiente con un corazón simplificado, buscando superar lealmente las complejidades inherentes a esta situación. Se habla hoy un poco apresuradamente de la “madurez” del hombre, que no debería tener más problemas en su relación con la autoridad. Quizás sea más sabio reconocer que esta relación será siempre difícil, tanto  de un lado como del otro. Esta dificultad, mirada de frente y asumida, no se transformará entonces en reproches inconfesados (o incluso dichos) de uno y otro lado. En esta humildad recíproca, la confianza será preservada, incluso la misma amistad.

Como toda relación de hombre a hombre, la relación con el abad no es sino una relación original en cada caso. Como se ha dicho más arriba, esta relación no debe ser estorbada por modelos sobre impuestos. Al igual que la comunidad no es una “familia” sino simplemente una comunidad, lo mismo el abad no es un “padre” sino un abad. Inútil es preguntarse si la relación es “filial” o “paternal”. En la frase citada más arriba, la RB no se lo cuestiona así. Lo que importa es que sea una relación “verdadera”, es decir que integre poco a poco todos los componentes que constituyen toda relación, más aquellas que le son propias: edades, personalidades, culturas, situaciones de autoridad y de obediencia, etc... Tener en cuenta también del tiempo necesario a la maduración de toda relación humana; más que cualquier otra, ésta no debe ser forzada. Si todos los componentes son asumidos en el espíritu del Evangelio, la relación con el abad será “exacta”, lo que no siempre quiere decir “fácil”. A causa de su importancia, para cada uno será un test privilegiado de su espíritu de fe, de verdad y de amor.