VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (3)

El párrafo final del Prólogo

El último párrafo es de un tono totalmente distinto. Es ya el tono de todo lo que va a seguir: conciso y claro, organiza una institución, según su misma expresión (vv. 44-50).

Una institución evoca a menudo la imagen de una coacción peligrosa para la libertad de las personas y el pleno desarrollo de la “vida”. El peligro es cierto, de eso estamos hoy más conscientes. No es menos verdadero que para jugar su papel y dar fruto, una institución comporta siempre un cierto número de exigencias admitidas y aceptadas por todos aquellos que hacen elección de esta institución. Por el hecho mismo, toda institución no es válida para todos: ella debe ser el objeto de una elección libre y consciente.

Una institución no tiene un fin en sí mismo, está hecha para otra cosa, sobre todo si se trata de una “escuela”. Pues bien, aquí se trata de una “escuela”. Y como toda “escuela”, no tiene como meta una obra exterior a realizar: ella tiene como fin formar hombres y hacerlos aptos para la finalidad precisa que ellos persiguen. Jamás, por ende, la regla o el monasterio deben volverse el fin de la institución monástica. Todo deberá ser visto en función de las personas. No se trata de “cuidar la Regla” sino de “cuidar a los hombres” en su dirección correcta. Este es el papel de la Regla. Ella es esencialmente un instrumento de formación. El monje no está “formado” al final de su noviciado, sino (que se va formando), en principio, durante toda su vida... El primer período no tiene otro fin que el de aprender a servirse de ese instrumento ofrecido por la Regla.

“Una escuela del servicio del Señor” (v. 45). Para expresar en una traducción el matiz difícil de la palabra latina “dominici”, teniendo en cuenta la significación que se ha precisado más arriba del nombre de “Señor”, se podría traducir mejor esta expresión célebre con las palabras: una escuela del servicio evangélico, es decir una escuela donde se aprende a servir como lo hizo Jesús, el Servidor de Dios. Esto es una hipótesis de traducción personal y no toca el fondo de la cuestión, incluso si esta orienta ya sobre el espíritu.

El fin de esta escuela es, en efecto, el de toda vida cristiana. Desde los orígenes hasta nuestros días, parece que se puede encontrar constantemente esta tradición en la mayoría de los grandes autores monásticos, incluso si todos no lo dicen con la misma claridad. Para san Basilio, el monje no puede separarse del cristiano[1]; san Juan Crisóstomo dice más o menos lo mismo, pero en sentido inverso: recuerda a su grey que la perfección evangélica no está reservada a los monjes[2], sabiendo discernir lo que era propio a estos últimos. San Juan Clímaco[3], san Máximo[4] muestran claramente que el fin de la vida monástica es la caridad como para los demás cristianos. “Nuestro fin es el de agradar a Dios”, decía san Teodoro Estudita[5]. Los grandes restauradores del último siglo no tienen una opinión diferente. “San Benito no separa al cristiano del monje” decía Dom Guéranger[6]; y Dom Marmion, por la publicación de sus conferencias a los monjes de su monasterio, ha sido para todo el pueblo cristiano de la primera mitad del siglo XX, uno de los principales promotores del retorno al Nuevo Testamento como alimento habitual de los creyentes[7]. No hay, propiamente hablando, espiritualidad benedictina. El monje es un hombre que quiere situarse plenamente y conscientemente en su piel de criatura frente a su Creador, o mejor aún, que desea volverse cada vez más discípulo de Cristo para hacerse con él “hijo en el Hijo”. Podría ser que en tal o cual tradición benedictina particular se hayan agregado otros fines, en función de un contexto cultural o histórico preciso: la educación, la misión, incluso la liturgia o la contemplación. Estos fines secundarios están más o menos armonizados con el espíritu de la RB, no están necesariamente ligados a éste.

“... Esperamos no establecer nada que sea áspero o penoso” (v. 46). En esta breve frase hay una cierta toma de posición con respecto a otras tradiciones monásticas, en las cuales a veces la lucha contra uno mismo se había convertido casi en un valor en sí. Hay en nosotros un instinto que renace fácilmente, que nos empuja a asimilar rudeza y sufrimiento con la perfección de la santidad. Numerosos clichés sobre las proezas de los “Padres” han perdurado hasta nuestros días. Ciertas reglas tenían este carácter voluntariamente “sufriente” para someter la naturaleza rebelde. No es en este sentido que Benito orienta la suya.

“... Para conservar la caridad” (v. 47). Indica, al contrario, claramente su fin: la caridad. La RB es ante todo una escuela de caridad. En sus numerosos capítulos, de comienzo a fin, todo se orienta hacia esta expansión de la caridad. Basta leer las dos reglas al mismo tiempo, la del Maestro y la de Benito, para constatar hasta qué punto la segunda se diferencia, por este clima de caridad, de la primera, mucho más impregnada del cuidado de la observancia. Es lo que habrá que subrayar leyendo enteramente la Regla.

“... Para corregir los vicios” (v. 47). Esta caridad no es una renuncia o una negligencia. Es una exigencia. El desarrollo de la caridad está ligado a un combate difícil y perseverante contra todo lo que le es un obstáculo: los vicios. Benito habla más veces de los vicios que de las faltas. Las faltas son perdonables si se reconocen; los vicios hay que arrancarlos, son mucho más nocivos y contrarios a la caridad.

“... Pero si, por alguna razón de equidad, se dispone algo más estricto” (v. 47). El espíritu de san Benito aparece particularmente expresado en esta frase. Es la discreción, o más bien su virtud de “discernimiento”. Todo debe ser pesado y hecho con sabiduría, pero también sin debilidad, sin miedo, incluso si ello provocará dolor.

“No huyas en seguida, sobrecogido de temor...” (v. 48). El discernimiento de Benito se encuentra allí, y pide a su discípulo que también se impregne de ese discernimiento sin dejarse llevar por sus impresiones. La actitud ante las dificultades depende de la firmeza de la decisión. “Nunca abandonar en las tinieblas lo que ha sido visto en la luz”, dice un proverbio inglés. La perseverancia, o paciencia, es una de las actitudes queridas por los primeros cristianos, de la cual habla a menudo san Pablo.

“... Los comienzos son siempre difíciles” (v. 48). Esta idea volverá muchas veces en la RB. Es una reflexión sacada de la experiencia. Los comienzos piden, en todos los planos, un mayor consumo de energías. Eso hay que saberlo. Más adelante, vendrán otras dificultades, a veces más pesadas de llevar, pero no serán las mismas de las del comienzo, de donde todo va a depender.

“... El camino de la salvación” (v. 48). Para Benito sólo hay una perspectiva, la de la salvación. La vida monástica que él instituye es un camino propuesto en función de la salvación. De ahí a pensar que cualquier otro camino no es el de la salvación, sólo hay un paso... ¡demasiado fácilmente franqueado en ciertas épocas! La Iglesia nos enseña hoy a mirar con mayor amplitud.

“A medida que se progresa en la conversión y en la fe” (v. 49). Esta frase está también cargada de sentido. Es inútil detenerse demasiado en la palabra latina “conversationis”, objeto de vastos estudios. Se puede, sin riesgo importante de error, traducirla por “conversión”, que designa el esfuerzo del hombre que torna hacia el Señor y modifica en consecuencia su conducta. La conversión es una obra que no acaba nunca, en la cual se “progresa”. Al mismo tiempo que ella, la fe también “progresa”, es decir, la confianza cada vez más total en Dios.

“El corazón dilatado... lleno de una inefable dulzura de caridad” (v. 49). Benito entreabre aquí muy brevemente una visión sobre la experiencia mística. Al final del capítulo VII en particular, hará lo mismo, también brevemente, y mencionando más directamente al Espíritu Santo. Por los Diálogos de san Gregorio, sabemos que él mismo ha experimentado gracias extraordinarias de unión con Dios. Como todos los grandes místicos, habla poco y permanece discreto sobre este tema. No hace de esto el fin de su regla. Sin embargo, dice bastante, como para hacer comprender que, sin buscar gracias raras, el monje es normalmente conducido a hacer una verdadera experiencia espiritual. Es éste el testimonio de aquel que ha verificado en sí mismo las promesas de Cristo en san Juan. Es en este sentido que la vida benedictina puede llamarse también una vida “contemplativa”.

“... Se corre por el camino de los mandamientos”. Este gozo da el impulso y el dinamismo necesarios: el de los preceptos del Señor. Una de las tradiciones monásticas más antiguas y tradicionales es justamente esta búsqueda del cumplimiento más íntegramente posible de los “mandamientos del Señor”. Ninguna gracia o luz, por más fuertes que sean, pueden dispensar de este camino.

“No apartándonos jamás de su enseñanza” (v. 50). Benito vuelve a esto, porque esta disposición es verdaderamente el criterio último de la autenticidad de un camino cristiano. Retoma asimismo la primera recomendación de la exhortación del prólogo.

“... Perseverando hasta la muerte en la práctica de su doctrina”. Una vez más el cuidado práctico de una escucha de la Palabra que sea al mismo tiempo conversión de vida por los actos. La Regla no tiene otro fin que ayudar a esta conversión práctica.

“... Hasta la muerte en el monasterio”: primera mención precisa del medio que va a ser ofrecido por la Regla, la estabilidad en una comunidad viva en un lugar preciso.

“... Participando de los sufrimientos de Cristo”. El prólogo que se abría por una evocación de Cristo, termina de igual modo. Al comienzo se trataba de Cristo Rey, aquí de Cristo crucificado. Es todo el misterio de Cristo y de su Pascua. Por eso es que agrega:

“... A fin de tener un lugar en su Reino”. La unión buscada con Cristo no se cumplirá plenamente sino en la otra vida. Es la perspectiva final de la vida monástica como de toda vida cristiana.

 


[1] Théologie de la vie monastique, Aubier 1961, p. 60; cf. pp. 102. 112-113.

[2] Ibid., pp. 158-159.

[3] Ibid., p. 388. 395. 398.

[4] Ibid., pp. 415. 417.

[5] Ibid., p. 425.

[6] «Théologie de la vie monastique d’après quelques grands moines contemporains», Revue Mabillon nº 204-205 (1961), p. 166.

[7] Ibid., p. 230.